Escritura creativa

viernes, 12 de agosto de 2016

Deseo de superación

Deseo de superación

Llevaba veinte minutos con la mirada fija en su estilográfica Tibaldi plateada de imitación. Ya no le molestaba el chorro frío del aire acondicionado ni las voces de sus compañeros ni las órdenes del jefe, estaba decidido a cambiar su vida. Al ver la inscripción que había en la tapa de su pluma, su sentido común le hizo una pregunta que lo sumió en un laberinto de conceptos filosóficos, dudas e interrogantes. ¿Te das cuenta del tiempo que has perdido aquí? ¡Llevas quince años en este trabajo! Lo dice la inscripción, mírala: “A Rodrigo Gómez Palacios en su decimoquinto aniversario”.

Era cierto, había pasado una década y media reduciendo su camino a la jubilación, ordenando papeles, archivando documentos y haciendo copias fotostáticas. Su trabajo era tan rutinario que las actividades habituales se habían integrado al plan de cada día, sin cambiar en absoluto, durante todo ese tiempo. El desayuno, la comida y las cenas eran parte de la lista de actividades mecánicas que ejecutaba con precisión día a día. Recordó su infancia y su adolescencia, le dolió reconocer que nunca había tenido ningún éxito y que sus pocos amigos lo superaron en destreza física y capacidad intelectual. Aunque ninguno de ellos llegó a destacar en los estudios, se habían acomodado bien en las empresas privadas y tenían un buen trabajo, remunerado y con perspectivas de ascenso. Él era el único que, con gran esfuerzo, se había acomodado en un organismo público y no trabajaba en su área, era un simple funcionario de categoría media.

“Tienes que reconocer que eres un fracasado—le recriminó una voz que surgía de algún lugar indeterminado de la oficina—. Nunca alcanzaste los objetivos que te pusiste y siempre aceptaste las limosnas que se te ofrecieron durante tu vida de estudiante universitario. No tuviste el valor de buscar un empleo relacionado con tu carrera y, gracias a tus pocos enchufes, te metiste a trabajar para el gobierno. No te casaste nunca porque el miedo al rechazo te dominó siempre. Hasta tu vecina Teresita la boba te rechazó cuando su madre estaba dispuesta a cederte su mano. Nunca has conocido a ninguna mujer en tus pocos viajes y la ocasión en que sentiste amor de verdad tu conciencia te ordenó que prescindieras de llevar a cabo tu decisión por tratarse de una mujer de mala reputación y mayor que tú. Debes terminar con todo esto”.

Así fue como Rodrigo decidió cambiar. Después de valorar su vida y, sobre todo, luchar con la idea de la no existencia. Comprendió que de seguir por el camino que iba, nunca tendría nada y su vida sería tan inútil como la de un mueble olvidado por causa de sus patas rotas. El miedo a perecer le producía escalofríos y cuando se veía sentado ocho horas en una oficina, sin ninguna tarea que lo estimulara de verdad, una fuerza enorme lo impulsaba a renunciar. Al mirar su carta de dimisión se detenía, la guardaba de nuevo en su gaveta y por las noches, antes de dormirse, lo oprimía la angustia de saber que si renunciaba se quedaría sin dinero y eso acarrearía otros problemas consecuentes, pero si permanecía en su trabajo la rutina lo consumiría y al final su existencia no tendría ningún significado, habría pasado por el mundo sin dejar huella y sin disfrutarla de verdad. Decidido a que lo echaran del empleo, empezó a cometer errores en los tramites que tenía a su cargo, faltaba a menudo y no saludaba al jefe. Lo que no sabía es que la cadena en la que se encontraba había asegurado un movimiento imposible de detener. Cuando Rodrigo cometía errores, sus compañeros de puestos inmediatos superiores enmendaban las fallas justificando las acciones de Rodrigo como una consecuencia de su distracción, enfermedad u otra cosa que le impidiera hacer bien su trabajo. Rodrigo fue más allá, le urgía que lo echaran porque las noches cada vez se hacían más largas y el insomnio comenzaba a provocarle una temblorina en las manos. En una ocasión el señor Fernández, jefe del departamento de catástrofes y seguros de vivienda, dejó sobre su escritorio unos documentos importantes con un fajo de dinero y se fue al baño. Rodrigo llamó a Lupita para que le llevara un café al jefe y en el momento en que apareció la señora con una bandeja, la azucarera y la taza de porcelana china humeante, Rodrigo le arrebató la bandeja, levanto en todo lo alto su brazo y dejó caer lentamente un chorro de la bebida caliente. Nadie lo podía creer y el jefe, que ya iba en camino a la oficina al ver la escena despidió a Rodrigo sin ningún miramiento.

Rodrigo no tenía más que un par de chaquetas, papeles inútiles y unas fotos enmarcadas en su oficina, por eso no se llevó nada. Cogió la indemnización que le dieron, avanzó por el corredor poniendo atención en todos los cubículos, que eran casetas de acrílico transparente semejantes a grandes peceras, y sin despedirse de nadie avanzó por el pasillo como si fuera atravesando un túnel lleno de humo gris y salió. En la calle hacía bastante calor y el cielo estaba despejado, se quitó su americana y volteó a los lados para decidir adonde ir. Por lo común, después de su jornada, siempre iba hacía la Alameda y luego subía hasta La Zona Rosa, tomaba el metro y se iba a su casa. Esta ocasión decidió girar hacia la derecha y lentamente caminó en dirección del Zócalo. Se sintió muy alegre y le pareció que los rayos del sol iban convirtiendo en sudor todos los recuerdos que tenía de ese largo período laboral.
 Cuando llegó a la Catedral metropolitana, no tenía la más mínima sensación de haber perdido quince años en una oficina rancia. Rebozaba de gusto y sonrió, miró el campanario de la imponente catedral, que, por haber sido construida durante doscientos cincuenta y dos años, era gótica, plateresca, barroca, estípite y neoclásica; y le pareció oír una campanada en la parte más alta. Los tañidos lo sacudieron y su cuerpo se libró de la escoria que lo apresaba en su rutina diaria. Tengo que encontrarle un sentido a mi vida—se dijo con firmeza—. Caminó mucho y vio las ruinas del Templo Mayor, se dirigió a la calle de la moneda. Imaginó, en lugar de la gran iglesia cosmopolita, un gran templo azteca. La enorme pirámide de los sacrificios —susurró—. ¿Cuántas cosas habrán visto las piedras de tezontle y el tepetate que se emplearon para construir casas después de la conquista? ¿Y esas magníficas construcciones de piedra caliza? ¡Quién pudiera desvelar los secretos de esas piedras! Iba pensando en algunos pasajes de la historia. Anduvo por la calle Corregidora, luego Jesús María y en Manzanares, al llegar al número veinticinco se detuvo. No sabía por qué una fuerza misteriosa lo atraía. Había una puerta de madera, que más bien eran unas tablas clavadas y sujetadas con alambres, estaba entornada y tenía la pintura descascarada. 
A Rodrigo le pareció oír la voz del viento soplando como si se tratara de un fuelle, pero cuando puso más atención oyó unas palabras. ¡Entra! ¡Entra aquí! —susurraba una voz femenina con acento indígena—. La curiosidad lo obligó a empujar la puerta y, al hacerlo, lo cubrió la oscuridad de un pequeño vestíbulo. Entró y vio un patio en el que sólo permanecía de pie un lavadero viejo. Había a la derecha e izquierda muchas habitaciones sin techo y la hierba crecía por todos los rincones. Curioseó un poco tratando de hallar a la mujer que lo había llamado, pero no encontró nada. Miró las gárgolas que le recordaron, de forma inexplicable, los muros del fuerte de San Juan de Ulúa. Todos los muros estaban hechos de un montón de piedras diferentes: caliza, tezontle, braza y cantera. Tuvo el presentimiento de que esa vivienda se había construido durante varios siglos. Era como si hubieran cogido una Tlatkiuak chantli (casa de ricos) y la hubieran ido reformando con materiales más resistentes y caros. No había puertas y sólo los marcos improvisados de madera de pino se sostenían con dificultad. Decidió irse y cuando se dirigió a la salida se topó con una joven. Le impresionaron sus enormes ojos y su piel cobriza, despedía un aroma tibio de canela, ocote y yerbabuena, su pelo era negrísimo y llevaba dos trenzas. Era muy delgada y solo tenía puesto un vestido de percal con las mangas cortas y muy anchas, unos bordados en el escote y cintas rosas y amarillas. Parece chiapaneca—se dijo a si mismo Rodrigo sin comprender si se trataba de una alucinación—. Sí—contestó ella con una voz melodiosa que delataba la influencia del maya—, viví mucho tiempo en el sureste, pero nací en esta ciudad.

—¿Cómo te llamas?
—Siuatlahtoani.
—¿Qué significa?
—Mi nombre es Zenaida, pero cuando nací mi madre quería ponerme ese nombre náhuatl que significa reina.
—¿Vives aquí?
—Sí, vivo con mi padre y algunas personas más, pero hoy se han ausentado. Volverán pronto. Mi madre falleció y mi padre puede ser que venga mañana por la mañana.
—Bueno, pues me da gusto conocerte. Ahora tengo que irme porque necesito hacer unas cosas con urgencia.
—¿Por qué no te quedas a tomar un café?
—Pero, si aquí no hay nada. Esta es una casa abandonada y ni siquiera hay techo. Sólo hay un enorme patio vacío y esas habitaciones derruidas.
—No. Te equivocas. Ahí—dijo señalando hacía la puerta—hay un cuarto pequeño con una estufa y una mesita. Vamos, te prepararé algo.
—Bueno, pero después me iré. ¿Está claro?
—Sí.

Entraron a una pequeña habitación y Zenaida encendió la luz. Rodrigo notó que había una mesita y tres sillas, las paredes tenían un recubrimiento de cal, la estufa era muy pequeña y el piso era frío por las losas. Bajo la luz amarilla del foco, la belleza de la joven era misteriosa, pues en ocasiones parecía que su rostro era de una mujer mayor, sin embargo, cuando sus ojos se cruzaban con los de ella, Rodrigo tenía una sensación agradable por la frescura del néctar que ella despedía en su sudor. Cuando empezó a sorber el café caliente su cuerpo se llenó de vigor, era el efecto de la miel, la canela, el cacao y la cafeína. Ella comenzó a cantar, Rodrigo reconoció las melodías y parpadeaba nervioso cuando Zenaida lo miraba fijamente y repetía las frases de amor o hacía algún falsete. Juraría que tu voz es la de Guadalupe Pineda—le dijo bajando un poco la mirada—. Ella le contestó que por alguna razón las voces de Eugenia León y la de Lila Downs eran las que mejor le salían. Conversaron mucho tiempo, Zenaida no paraba de hablar y le contaba a su anfitrión todo lo que se le ocurría, desde sus labores habituales como la preparación de la comida o las faenas de la casa, hasta las cosas que sabía del barrio y los vecinos. Se hizo de noche y salieron al patio a ver las estrellas. Mira—dijo Zenaida señalando un puntito rojo en el cielo—, es Venus, la estrella que hoy desaparece. —¿Cómo sabes eso? —Hoy es veinticinco de mayo y Venus se dirige al inframundo, visitará a los nueve demonios y volverá triunfante el seis de junio. Mientras tanto tendrás que quedarte aquí.
Zenaida habló para sí misma y no puso atención a las palabras de Rodrigo que con sorpresa descubrió que se estaba enamorando de esa misteriosa mujer. Ella volteó y sonrió, lo cogió de la mano y lo llevó a un cuarto donde había una cama de cuencos atados con cuerdas y sobre él una especie de colchón suave y muy cómodo. Se desnudaron sin decir nada y se recostaron. Rodrigo se abrazó al cuerpo tibio que se le ofrecía, se apretaba a ella con mucho deseo, pero no experimentaba ningún instinto sexual. Era más bien la necesidad de sentir la carne firme que le constataba la existencia, la esencia de la vida. Te necesito así, para siempre—dijo Rodrigo. No es la hora—contestó ella sonriente—, deberás irme conquistando poco a poco, pero seré tuya para siempre y nunca te dejaré. Se sumieron en un sueño profundo. Los brazos de Rodrigo no cedieron en fuerza y toda la noche permaneció con ese delicado cuerpo adherido a su pecho. Sudó y vio demonios, presenció la lucha de un astro femenino convocada por los demonios. Gritó y lloró de alegría al ver las pericias de una guerrera tan ágil.

Se levantó rebosante, alegre y con hambre. ¿Cómo dormiste? —le preguntó Zenaida, mientras le ofrecía el panorama tostado de su cuerpo desnudo—. Bien, mi amor, me siento como si me hubiera liberado de una atadura. Es increíble, miró su cuerpo notó que su palidez habitual había sido sustituida por un tono cobrizo. Salió al patio y sintió la explosión de los rayos del sol en su sangre. Zenaida lo cogió de la mano y lo condujo al fondo del patio. Había un hombre barbado y viejo en una silla, llevaba un uniforme de soldado del siglo XVI, a su lado tenía unos libros de aspecto muy viejo y con cubiertas de cuero. Hola, Rodrigo, soy Bernal, ¿Qué tal estás? Bien—contestó, sin sorprenderse de que el anciano lo llamara por su nombre. Siéntate—ordenó—, ahora Zina nos traerá unos tamales y atole. Necesitas ver algo. Ve a esa parte del cuarto y busca en el piso. —No encuentro nada—le reprochó Rodrigo—. No, así no, escarba un poco la arena. —¡Ah! Es un espejo—Rodrigo sintió el intenso reflejo del sol en su cara—. Pero no lo puedo levantar. —No, no es para que lo levantes y lo traigas, sino para que trates de mirar dentro de él. Observa con atención, cierra los ojos y concéntrate.
Rodrigo, al final, logró ver lo que había en el espejo. No era su reflejo sino sucesos. Veía a la gente pasar frente a él como si se encontrara detrás de la ventanilla de un camarote. Aparecieron unos soldados con peto de metal, calzones bombachos y arcabuces. Caminaban acompañados de muchos nativos semidesnudos. Había enfrentamientos y corría mucha sangre. Luego, silencio y después una tormenta que duró mucho tiempo. Vio a dos hombres a los que les quemaban los pies. Luego varios viajes y finalmente la reconstrucción de la ciudad. Desaparecía la gran pirámide y en su lugar estaba una enorme catedral. Ya no estaba el lago ni los canales por los que circulaban las chalupas. Vio crecer una gran urbe, lo admiró la cantidad de gente que llegó a la gran capital. Vio revolucionarios y muchas cosas más.

Rodrigo, Rodrigo, ven aquí—era la voz de Zina que ya había puesto en la mesa unas teleras con tamales de dulce y mole y en una jarra humeaba el atole. —Bueno—dijo el viejo Bernal—. ¿Qué viste? Todo, Don Bernal—exclamó Rodrigo con la mirada iluminada—, lo he visto todo. La Conquista, la fundación de la Nueva España, la Revolución, las intervenciones extranjeras. Absolutamente todo, desde el principio hasta hoy. —Pues, entonces, escúchame con atención. Mira, hay rumores por ahí, incluso se publicó en algún sitio, que cuando Cortés quería invadir la ciudad de México pidió que le prepararan un temazcal para relajarse con el vapor y salir con nuevos bríos. “Es como si te sumergieras en el vientre de la madre y volvieras para redescubrir tu entorno”— decía el conquistador Hernán—. Cuando Cortés entró en baño de terracota, se sentó y se dejó llevar por sus pensamientos, ya estaba razonando sobre su estrategia de ataque a la gran Tenochtitlán, cuando sintió unas manos pequeñas que lo desconcentraron. Abrió los ojos y vio a doña Marina. Conversaron unos minutos y, al final, dicen que fue la Malinche quien le dio las ideas para el triunfo de la avanzada militar. Ahora, dime, ¿qué secretos le reveló la Malinche a Cortés? —No lo sé, don Bernal, creo haber visto eso, pero no le puse atención, no sabía que me lo iba usted a preguntar.

Terminaron de desayunar y después de media hora de sobremesa, Bernal llamó a Rodrigo para que se tomara un baño. Entra ahí. Rodrigo le obedeció y sintió un vapor suave y aromático, provenía de unas piedras que había en el centro. Es un sauna, se dijo Rodrigo. Se desnudó y se sentó. No había mucha luz porque el chorro de sol que entraba por la pequeña puerta no era suficiente para ver dentro de la cúpula de barro. Cerró los ojos y pensó en cosas agradables. Vio un bosque al pie de una montaña donde había un estanque, olía a azufre y el agua estaba muy caliente. Se acercó Zenaida cubierta de barro seco y negro. Sonrió y se quedó a un paso de él. Rodrigo la rodeo con los brazos y le fue quitando el endurecido recubrimiento negro. Sus manos sentían las carnes firmes de Zina y se excitó. Ella se le colgó del cuello y lo apretó con las piernas. Se estrecharon y se besaron mucho tiempo. Rodrigo abrió los ojos y notó la hermosa sonrisa de diente alineados y carnosos labios. Te quiero Zina—dijo Rodrigo sintiendo el calor interior del vientre estrecho de su compañera—, ya no podré vivir sin ti. Salieron desnudos y Bernal le pidió a Rodrigo que le contara lo que había pasado dentro. Rodrigo guardó silencio y Bernal dijo: “¿Ya lo ves? Allí dentro no se puede pensar cuando se tiene una mujer al lado”. ¿Eso quiere decir—preguntó Rodrigo— que Cortés no pensó nada? Exacto, mi querido amigo. La historia es así. Yo mismo escribí mis memorias en la vejez. Es probable que haya alterado todo, pues una cosa es escribir los sucesos cuando acontecen y, otra, cuando han pasado unas décadas. Lo que quiero decirte con esto es que somos unos primates. Con el grado de evolución que tenemos ahora no sabemos nada de la divinidad y la vida y la muerte, pero tú podrás verlo todo porque viajarás al futuro. Pero eso será más tarde. Ahora me voy a echar una siesta. Adiós. Bernal se fue caminando despacio y desapareció en un rincón de su pequeño cuarto. El aire se llenó de una bruma salina y espesa. Los pájaros empezaron a cantar y los caparazones de tortuga sonaron huecos como calaveras, los tambores resonaron en lo alto del cielo y el grito de un caracol, acompañado de los cascabeles, sacudió las nubes. El agua cayó dispersa en forma de rocío, el arcoíris unió el patio de un lado a otro y un águila se paró frente a él, dejó una serpiente muerta y emprendió de nuevo el vuelo.

—¡Que maravilla! ¿Te gusta?
Rodrigo volteó y vio a un hombre sentado en una gran silla. Tenía un espeso bigote y su pose era la de un pensador. Tenía las piernas cruzadas y sostenía unos códices en sus manos.
—¿Qué cosa? ¿A qué se refiere?
Este es Carlos—dijo Zenaida.
—No hablo de lo que te mostró Bernal, sino del águila. Tráeme esa serpiente, por favor.
Rodrigo fue por la serpiente y se la entregó al hombre. Zenaida se dio la vuelta y se sentó al pie de la silla mientras Carlos le acariciaba la cabeza con cariño.
—Ella habría podido ser Aura, ¿Sabes a qué me refiero?
—No. No había oído ese nombre nunca.
—Mejor, así nada te preocupará mientras conversamos. Acércate. Párate ahí y escucha. Esta silla en la que estoy sentado, es muy incómoda, no sirve para descansar, no te permite relajarte y te interrumpe el sueño, ¿sabes por qué? Pues porque es para gobernar. Durante muchos años estuvo ocupada por el águila que acabas de ver, pero un día los reptiles se la quitaron y desde entonces la lucha ha sido constante. A mí, por ejemplo, se me ha permitido ocuparla, sólo en este patio porque estamos fuera del tiempo y del espacio, aquí se ve el futuro y el pasado, no hay presente. No te espantes, no me malinterpretes, mejor dime, ¿cuáles son las características de estos bichos?
—Son feos y venenosos.
—Sí, tienes razón, pero además son imparciales, inmorales y desconocen los principios. Nunca perdonan, carecen de espíritu y nunca han visto el cielo, desconocen las alturas, sus instintos son más fuertes que la razón. Mira, cuando uno de estos animales ocupa esta silla se convierte en un lagarto enorme, toma forma humana y es como un psicópata, un asesino en serie. Imagínate a un necrófilo que goza con el olor de la sangre y la carne putrefacta que es capaz de comerse a sus críos y no siente el más mínimo remordimiento al masticarlos, incluso puede reírse. Estamos en el periodo de lucha en el inframundo. Si estuviera Miguel el León de aquella Portilla, te lo explicaría muy bien, pero ahora no está y, Ramón el barcelonés, su compañero, ha salido por unas horas. En resumen, estamos a la espera del triunfo de los hermanos gemelos Hunahpu e Ixbalanqué, quienes han sido engañados toda la vida, es decir, los últimos tiempos porque en el norte se ha fraguado el exterminio de nuestra raza, pero cuando los malditos: Patán, Quicxic, Quicré y Quiquixcrac, sean sometidos por el espíritu de Tzacab y Tapeu, que son la tormenta de fuego y el dios del cielo, esta silla será ocupada por Quetzalcoatl o Kukulkán. Reinará de nuevo la paz y los malditos serán erradicados. Está escrito en el papel amate de la corteza de las higueras y en las mismas piedras. Así que nadie podrá negar la ley universal. Quedan sólo tres reptiles y su tiempo está contado. Tú verás ese final, pero estarás viejo y habrás librado muchas guerras. Me dijo Zenaida que le tenías miedo a la muerte, pero llevas dos noches deseándola. Tus temores eran infundados, ¿sabes por qué?
—No, Don Carlos, no lo sé. Todavía siento pavor al imaginarme que todo desaparecerá, que el alma y mi libre albedrío se evaporarán como si fuera agua hervida.
—Mira, Rodrigo, en la actualidad nuestro grado de evolución es el de un primate inteligente. La era de la tecnología lo ha demostrado, pero ¿te has preguntado qué hay más allá, ahí afuera y más lejos todavía? Seguro que esa duda es la que te produce pánico y es normal. A mi alguna vez me pasó lo mismo, pero mientras lo pensaba apareció Ixca. Soy Cienfuegos—me dijo con su cara quemada por el sol y su pelo de púas—. Luego, me llevó por un laberinto fascinante en el que vi la esencia del mexicano, así como lo dijo Octavio. Después vimos el cielo y la eternidad. Comprendí que hay un organismo en evolución constante que no empieza ni termina, sólo es el todo y ya. Nosotros somos parte de ese movimiento, tu eres materia y energía y en el momento de la muerte te transformas en algo cuántico, creces, te conviertes en un ente enorme capaz de viajar a cualquier confín de lo que llamamos espacio o universo. Lo que ahora vemos como realidad es pura abstracción, sueño distorsionado. La verdad está allá. Dentro de tres mil años, el hombre será otro, ¿no crees? Yo lo he visto, en esa época no hay economía, ni poder, ni violencia, ni religión, ni dirigentes absurdos apegados a sus placeres. ¿Lo puedes imaginar?
—Es espeluznante. No me alcanza la imaginación para materializarlo.
—Y ni falta te hace. Ahora, sólo tienes que luchar contra el mal. Esa aberración secundaria que existe sólo si hay bien. Sin lo correcto no existe la destrucción y la maldad, pero todo es necesario para el desarrollo. No hay Cristo sin Judas, no hay Dios sin Diablo. Esos reptiles contra los que luchamos destruyen todo lo que se reconoce como bueno. La educación, los buenos modales, la conciencia, la justicia, la solidaridad. Su única labor es destruir y sus métodos son cada vez más malévolos. Sin embargo, es suficiente que se les tapen los ojos y se desorientan, la música del poder y el dominio los hipnotiza y padecen brutalmente durante su cambio de piel. Si ahora temes algo, es porque ves las cosas desde el punto de vista molecular, pero tu mente es energía, pasa al nivel atómico, el grado de sub partículas, donde hay plasma. Cuando tu organismo cambie de fase, serás energía transformable para ese sistema eterno. Ixca me llevó hace poco a conocer otras fuentes del ser, es decir, de razonamiento. Honestamente, me sentí dios, mi propio dios.  Me vi escrito en el Chilam Balam, en el Popol Vuh, en la Biblia, aquí. Ahora, ya lo sabes. Este plano es abstracto, hay un más allá y luego otro y otro. Es como un pasillo de espejos donde un plano va a otro y este a otro y otro, y así hasta volver al lugar de inicio.

Carlos se levantó y dejó la víbora muerta en la silla. Esperó un momento y dijo: “¿Lo ves? Ahí está la prueba de que el trono pierde su fuerza y significado cuando eres inepto, inútil para gobernar”. En seguida se acomodó el pelo, respiró y con paso ligero y seguro se fue sin decir nada más, pero el aire trajo unas notas de Quetzal que se podían interpretar de la siguiente forma: “Nadie nos escuchará ahora, nadie nos leerá ahora, vivimos para ser descubiertos después, en el futuro. No tenemos ningún valor, al menos en este plano temporal en el que nos encontramos aquí”.
Zenaida se levantó y cogió la culebra inerte. La sacudió un poco, la colgó de un gancho y le quitó la piel. Es la hora de comer—exclamó dando una orden—. Rodrigo la cogió por la cintura y se fue con ella.

—¿Te gusta la sopa?
—Sí, es magnífica, pero no puedo entender por qué siendo un bicho tan venenoso y repugnante, sabe tan bien. Incluso es reconfortante dentro del cuerpo.
—Eso es porque ha perdido su fuerza y sus restos te alimentan.
—¿Y eso significa algo?
—Sí. Eso quiere decir que has vencido y que te tienes que marchar.
—Pero, no puedo hacerlo. Te necesito, deseo con toda el alma tenerte junto a mí. Sin ti voy a morirme de tristeza.
—No, Rodrigo, no es la hora todavía. Yo estaré contigo en el momento preciso, pero ahora tienes otras cosas que hacer. Hoy pasarás la noche en mis brazos y me fecundarás. Es para guardar tu recuerdo. Para que se quede tu carne en mí. Has estado está tarde en mi vientre y es justo que dejes tu semilla. Te necesito para procrear justicia, para revivir a mi pueblo. Eres un guerrero águila nacido en la resurrección de Venus. Nos esperan cambios revolucionarios y tu guiarás a tu pueblo.  Ahora no eres más que un simple oficinista, un pordiosero, un mecánico, un profesor desempleado, una mujer violada, un cadáver.  No te conoce nadie, pero dentro de cien años hablarán de ti. Eso ya te lo dijo Carlos.  Existimos para el futuro, hacemos el cambio para el futuro, protestamos y morimos para el futuro. Querido Bernal, tú has renacido con tu crónica, eres más real de lo que fuiste en tu tiempo. Carlos, eres eterno junto con Octavio y Sor Juana, con la Malinche y Moctezuma. Has sobrepasado las dimensiones del tiempo.

Zenaida hizo la cama, puso un incensario con hierba seca y resina. Le dio hongos alucinógenos a Rodrigo, se desnudó y se embadurnó el cuerpo con aceite de piñones, Rodrigo sintió la saciedad plena. Probo todas las carnosidades de la naturaleza y alcanzó las más grandes alturas. Su placer fue tan pleno que se quedó dormido mucho, mucho tiempo.
Cuando despertó llevaba veinte minutos con la mirada fija en su estilográfica Tibaldi plateada de imitación. Ya no le molestaba el chorro frío del aire acondicionado ni las voces de sus compañeros ni las órdenes del jefe, estaba decidido a cambiar su vida y la del país. Al ver la inscripción que había en la tapa de su pluma, su sentido común le hizo una pregunta que lo sumió en un laberinto de conceptos filosóficos. ¿Te das cuenta del tiempo que has perdido aquí? ¡Llevas quince años en este trabajo! Lo dice la inscripción, mírala: “A Rodrigo Gómez Palacios en su decimoquinto aniversario”. Se levantó, cogió su saco y avanzó por el corredor poniendo atención en todos los cubículos, que eran casetas de acrílico transparente semejantes a grandes peceras, y sin despedirse de nadie avanzó por el pasillo como si fuera atravesando un túnel lleno de humo gris y salió. En la calle hacía bastante calor y el cielo estaba despejado. Volteó a los lados para decidir adonde ir. Por lo común, después de su jornada, siempre iba hacía la Alameda y luego subía hasta La Zona Rosa, tomaba el metro y se iba a su casa. Se sintió muy alegre y le pareció que los rayos del sol le hacían explotar la sangre. Emprendió la marcha.




domingo, 7 de agosto de 2016

La venganza de Haraka Paa

Escuchó los gritos de unos cazadores que se aproximaban a su choza. A penas tuvo tiempo de vestirse y colocarse en la cabeza su viejo penacho de plumas de avestruz. Cuando se abrió la endeble puerta, ante él apareció un grupo de negros sosteniendo a un hombre. ¿Qué es eso? —preguntó al ver unos trapos de color beige manchados de sangre y una rala melena rubia—. ¿Es eso lo único que han podido cazar? No—le respondieron los hombres poniendo los ojos de rana, estirando los labios con gesto digno y señalando al amasijo que tenían en vilo—. Lo que pasa, es que es un mznungu (hombre blanco) que fue atacado por un león y lo traemos para que lo cures. ¡Está bien! —gritó enfadado el brujo. Al instante, lo colocaron sobre un lecho de paja y con rapidez salieron porque estaba prohibido permanecer en la casa del sacerdote sin la autorización del consejo de guerreros de la tribu.

El zahorí comenzó a remover los trozos de tela que se habían pegado a la carne del desafortunado cazador. Con paciencia fue dejando los trozos colgantes de pellejo libres de la tela y con un pequeño estropajo humedecido con una esencia de hierbas, comenzó a limpiar las heridas, acomodó los trozos de carne en su sitio y les puso encima una capa de grasa de serpiente y los cubrió con una venda de pelos de coco. Cubrió con una manta al desdichado. ¡Tiene que dormir y recuperarse! —gritó el escuálido negro cuando estuvo frente a todos los habitantes que con gran curiosidad deseaban saber cuál sería el destino del desconocido.
Esa noche no hubo bailes ni cánticos, se suspendieron las fiestas religiosas y se anunció el amri ya kuttoto kan je (toque de queda) hasta nuevo aviso. Pasaron tres días en los cuales, el brujo permaneció fumando bangi (marihuana), haciendo oraciones e invocando a los espíritus del más allá, hasta que escuchó un leve gemido humano y vio dos ojos azules como el cielo. Wo bin ich? —susurró el alemán—. No hubo respuesta. El negro y esquelético brujo se acercó y miro la cara del ser extraño que pronunciaba esas palabras tan raras. ¡Cállate—gritó poniéndose los dedos en los labios—y espera a que el espíritu del león te deje libre! En seguida, fue por agua y se la dio de beber al hombre que, al sentir su sed satisfecha se volvió a quedar dormido para despertar al día siguiente. Las cosas fueron mejorando y el visitante pronto vio cauterizadas sus heridas, se acostumbró a la comida de lugar y comenzó a caminar con lentitud porque no podía doblar las rodillas.

Durante el tiempo de su recuperación, el enfermo, había tenido la oportunidad de aprender palabras en swahili, de la misma forma, el brujo retuvo en su cabeza expresiones útiles como: Was möchten Sie zum frühstück, Wie wir in Deutsch sagen…? y muchas más. La memorización de las mismas frases en el idioma local por parte del hombre blanco facilitó la comunicación entre los dos sujetos y le proporcionó a Franz el respeto y cariño de todos los habitantes de clan. Cuando por fin salió de la choza y lo vio la multitud de curiosos que se habían reunido enfrente de la cabaña del brujo por orden de los jefes, Franz lloró de alegría. Al verlos desnudos y hambrientos sintió un compromiso moral. Su dicha era tal que gritaban y bailaban gustosos como si fueran niños, así que decidió corresponder a la hospitalidad de sus salvadores. Se giró hacia su amigo, lo cogió por los huesudos hombros, miró sus hundidas y amoratadas cuencas y al ver dos pequeños luceros intermitentes dijo:

 “Amigo, en agradecimiento a tus esfuerzos para salvarme la vida, prometo ante tu pueblo que les traeré el progreso, la riqueza y la comodidad”.

 Nadie entendió hasta el final el mensaje porque los conocimientos del hechicero no le permitían traducir por completo las palabras de Löwe o simba como llamaban al extranjero, pero con un abrazo se selló el pacto de amistad y el acuerdo de colaboración mutua.
Franz tenía algunos conocimientos de ingeniería y con la ayuda de los nativos construyó una cisterna para almacenar agua en los tiempos de lluvia. Levantó una casa de dos plantas hecha de adobe y maderas finas para su amigo y les enseñó a hacer tabiques para que ellos se construyeran mejores viviendas, luego empezó a sembrar algunos cereales, extrajo el jugo de las cañas de azúcar y repartió bebidas en las fiestas. Llegó un momento en que no quedó ni una sola choza, las calles tenían adoquín, estaban iluminadas por farolas de aceite de coco y había letrinas públicas para evitar los contagios y propagación de enfermedades.

La gente prosperó mucho y Franz decidió que había llegado el momento de volver a la civilización. Warlok, el brujo, le puso como condición que le enseñara el alemán antes de irse. Durante seis meses se dedicaron al estudio del idioma y cuando el apreciado Warlok ya podía comunicarse con soltura, Franz le dijo que se iba, pero que le mandaría desde su tierra unos cacharros electrónicos y libros para que pudiera aprender más secretos en su profesión. De esa forma los dos amigos mantuvieron una excelente comunicación a distancia. El brujo hizo reformas en su casa y vivía como el más importante de los reyes. En su salón había pieles de león y antílopes, sus muebles eran muy hermosos y su cama enorme con jardín y piscina. Tenía en el tejado una rejilla de celdillas que le proporcionaba la energía eléctrica necesaria para alimentar un aire acondicionado, una televisión de plasma y una conexión satelital de Internet. Todos los días entraba al chat y practicaba el alemán con su querido amigo. Se sentía feliz y la gente lo quería mucho porque gracias al alemán que había salvado, su pueblo prosperaba.
Un día Warlok kubwa (el gran brujo) leyó una noticia que lo desconcertó muchísimo.

“Una mujer nigeriana fue asesinada el día de ayer en Madrid. La policía encontró en un basurero su cuerpo desnudo, el cual mostraba heridas causadas por arma blanca. Según las investigaciones, no hay indicios del arma y del asesino. La mujer que fue identificada después por una de sus compañeras, la cual laboraba con ella en un prostíbulo en el que atendían a más de veinte clientes al día, quien confirmó la identidad de Haraka Paa (Gacela rápida) procedente de Tanzania y con antepasados en Nigeria”.

Warlok se quedó muy pensativo porque la noticia le despertó algunos recuerdos de su antigua vida cuando carecía de un lujoso mercedes, una casa de dos plantas, tres esposas, joyas, ropa de marca y poder político. Siguió leyendo todas las notas relacionadas con la chica asesinada. Supo que la joven de veintidós años había abandonado a su familia para ganar dinero en Europa, que antes de irse había visitado a un brujo vudú y había prometido ser obediente para que su familia no sufriera o muriera por su causa. Se enteró de que había trabajado sin descanso y que se acostaba a diario con los hombres que la visitaban; y que un día sus apoderados se habían cansado de ella y la habían eliminado por no tener sus papeles en regla. Después de haber leído todos los artículos relacionados con el cruel homicidio, Warlok buscó en su ordenador los escáneres de las tablas de ébano en las que estaban grabadas las normas de conducta de las tribus y se deprimió al comprender que el ritual de Haraka Paa, había sido completamente erróneo y en contra de las normas de su pueblo.

Se ha hecho todo sin respetar los mandamientos de Mungu mkuu (Dios supremo). En primer lugar, la ley decía que una mujer debía adquirir experiencia sexual acostándose con un gran número de hombres, pero debía ser complaciente y recibir de ellos sólo su aprobación al haber obtenido placer, ella no debía en ningún caso aceptar gratificaciones materiales; en segundo lugar, en el momento en que estuviera lista para la unión conyugal, debía volver al seno materno y buscar entre sus vecinos y amigos al hombre que la esposaría para vivir con él hasta el fin de sus días; en último lugar, para la celebración de la diosa de la fertilidad “Mungu Wa uzazi” Haraka Paa era demasiado vieja, pues para el rito, del comienzo de la primavera, se requería una joven virgen a la cual penetraban los guerreros del clan y luego se le desprendía la piel para danzar con el cuero durante toda la noche. Con cara de pocos amigos, el brujo salió a dar una vuelta para meditar y tranquilizarse, tenía tan mal aspecto que nadie lo quiso saludar. Warlok miró su pueblo y se decepcionó al notar que los jóvenes bailaban como monos al ritmo de una música incomprensible, que llevaban unas cadenas enormes en el pescuezo y usaban zapatillas deportivas en lugar de llevar las modestas viatu (sandalias), además no había rastro alguno de los doti (taparrabos) porque los habían cambiado por vaqueros negros y licras. Volvió a su casa y se duchó, se perfumó, se cubrió con sus costosas sábanas de seda, se tomó un whisky gran reserva y se durmió.

Tuvo, al principio, un sueño tranquilo, pero cuando entró en la fase más profunda de la modorra se vio dentro de una habitación sucia y pequeña que olía a sudor, perfume barato y esperma. Estaba acostado y desnudo, se miró el miembro y notó una gran erección, pero de pronto apareció Haraka y con sólo oír su voz, su tallo se marchitó de inmediato. ¡¿Pero qué te ha pasado, hija mía!?—preguntó preocupado al verla ensangrentada—. ¡Mira nada más en qué estado tan lamentable te encuentras! Haraka se sentó a su lado y le pidió que se calmara, luego, le contó la siguiente historia:

Hace tiempo, querido Warlok, unos hombres blancos me prometieron una vida muy cómoda en una gran ciudad. Antes de abandonar a mi familia me pidieron que jurara ante un sacerdote vudú que sería modosa y cumpliría con todas las ordenes que me dieran. Como puedes imaginar lo hice y emprendí el viaje, sin embargo, al llegar a la tierra prometida, me empezaron a meter un polvo blanco por la nariz. Cada vez que aspiraba esa sustancia me ponía como loca, perdía el control. Luego me ponían una ropa transparente e iba a servir a muchos hombres en la cama, pero, por más que me esmerara, nunca me dieron el reconocimiento para que pudiera casarme. Muchas veces me quedé sin comer y cuando exigía un bocado, me castigaban encerrándome en un cuarto oscuro o haciéndome trabajar doble jornada. Nunca quise escaparme, aunque tuve la oportunidad, porque sabía que si lo hacía matarían a alguno de mis familiares. Por último, me resigné y seguí haciendo las cosas como se me pedía, pero en una ocasión me dijeron que ya me encontraba en pésimas condiciones y que los hombres no me deseaban en absoluto por mis carnes magulladas, por lo que tenía que regresarme a casa. Me puse feliz y le di las gracias a Mungu mkuu por haber escuchado mis ruegos. Cogí mis cosas para marcharme, las cuales no eran muchas, y vino Marco, uno de los hombres que por lo regular nos custodiaban, y me pidió que lo esperara un minuto, después regresó con un cuchillo y se lanzó sobre mí. Sentí un dolor intenso en el vientre, en la espalda, en el corazón y vi como mi alma se separaba del cuerpo. Presencié el momento en que Marco y Peter me desnudaron y me arrastraron por las escaleras para echarme en un contenedor de basura. En cuanto se marcharon me vi rodeada de muchas mujeres negras que se lamentaban de su suerte, todas, decían, habían padecido la misma desgracia que yo y, que todo ese sufrimiento, había servido sólo para enriquecer a los dueños de una mafia de tráfico humano que las había usado como material desechable. ¡Tienes que ayudarnos, Warlok! Tú eres el único que tiene el poder suficiente para que podamos vengarnos y encontrar la paz en el Peponi (Paraíso). ¡No nos dejes desamparadas! ¡No nos dejes vagando por estás calles frías de hormigón y asfalto!

Warlok se despertó alarmado, le parecía que seguía a su lado el cuerpo ensangrentado, y ya en grado de descomposición, de Haraka Paa. Podía sentir su respiración y sus ojos penetrantes que no se separaban de él, lo ponían muy nervioso. ¡Está bien, está bien, Haraka! Lo haré—exclamó muy irritado—. Buscaré un medio para que tú y todas las mujeres que han sido condenadas encuentren la paz en el paraíso. Ella hizo un movimiento afirmativo con la cabeza sosteniéndose un ojo para que no se le saliera, le dio las gracias al viejo brujo, pero no desapareció. El nigromante la miró un instante y le dijo que buscaría una salida al problema meditando. Encendió un enorme cigarro de marihuana de primera calidad, le dio unas bocanadas y esperó a que surtiera efecto. Haraka Paa también fumó y se recostó enrollándose como un perro fiel al lado al lado del brujo, éste sintió de pronto que su cabeza se convertía en una mesa de billar en la que sus ideas chocaban unas contra otras haciendo sonidos huecos cada vez que algún pensamiento descabellado era descartado.

 ¡Zaz! ¡Zaz!—Era Warlok que se daba golpes en la frente porque lo había comprendido todo—. Era necesario que las mujeres muertas se aparecieran en todos los burdeles y en los momentos más excitantes de la relación sexual espantaran a los clientes. Le dio las instrucciones a Haraka Paa, quien lo había visto todo y estaba muy contenta por la genialidad del viejo brujo. Así, comenzó un período de horror en todas las ciudades donde había prostitución. El primer sitio que se quedó vacío fue Ámsterdam, luego Londres y París, después Berlín, Madrid, Lisboa, La Habana, Miami, Las Vegas, en fin, ya no había un sólo lugar en el que se pudiera comerciar el sexo con mujeres, pues los hombres habían escuchado tantas historias de horror, por causa de las cuales muchos se habían quedado impotentes, que lo último que se le podría ocurrir a un hombre era meterse en un prostíbulo.

Haraka Paa volvió muy agradecida a la casa de Warlok, quien se encontraba chateando con su amigo Franz en el momento en que ella entró por la ventana. Imagínate—le decía Franz a su viejo amigo africano—la sociedad ha entrado en crisis. Los hombres no son infieles ni de broma. Las familias se conservan por mucho tiempo unidas y nadie tiene amantes. Un sector de la economía se ha visto afectado porque nadie compra revistas de mujeres desnudas, nadie ve porno, nadie tiene amantes, no se consume droga ni alcohol. ¡¿Qué más va a pasar?!—En ese momento se escuchó un horrible grito. Era Haraka Paa que había reconocido al jefe de las mafias. Es él, es él—decía señalando con un dedo tembloroso al pequeño cuadrito de la pantalla del ordenador en el que se veía a un hombre un poco calvo y rubio con sonrisa de conejo—. !Eso no puede ser, Haraka! Este es mi amigo Franz. Gracias a él nuestro pueblo ha prosperado. Mira nada más qué grado de desarrollo tenemos aquí. Haraka no quiso hacerle caso a Warlok y lo amenazó con llamar a todas sus amigas para sembrar el terror en todo el continente. Warlok recapacitó un momento y llegó a la conclusión de que los grandes males en África habían sido ocasionados por los wannas, así que ordenó destruir todas las cosas que constataran la presencia del hombre blanco en la tierra negra. Se destruyeron las casas de adobe, se cambiaron los tractores por el estilo rudimentario de siembra, se quemó toda la ropa de marcas extranjeras y se volvió a usar el taparrabos. Se destruyeron los ordenadores y los móviles y se regresó a la cacería rudimentaria. Pasaron los años y nadie volvió a escuchar nada sobre la aparición de las negras fantasmas, pero por precaución no se volvió a abrir ningún burdel, ni se vendió droga, ni nada de las cosas que pudieran despertar la ira de las africanas ensangrentadas.

viernes, 5 de agosto de 2016

La vida de los pleonasmos

Salí para afuera de mi casa. Casi me atropella un coche y tuve que orillarme a la orilla de la acera para que no se repitiera el suceso. Luego vi que en el pabellón de en medio había algo que no coincidía con el panorama general. Era algo fuera de lo común en la gran metrópolis.
 En breve resumen, les diré que era una señora, con su hija mujer, pidiendo mendrugos de pan y monedas. Un funcionario público les decía que estaba prohibido por la ley pedir cosas completamente gratis en las calles. La mujer, aunque era ciega de los ojos, lloraba desconsolada. Los transeúntes, que pasaban por allí, hicieron un consenso general contra el policía, quien arrestó a la indigente pordiosera de inmediato. Lo anterior fue un ejemplo prototípico de la injusticia, aquí mismo, en México.

 Ahora les queda a ustedes emitir su juicio de valor porque eso sucedió ante una embajada extranjera y la mujer, sin poder resistir el hostigamiento, se adelantó hacía el frente y fue arrollada por un triller. Salió volando por los aires y exhaló su último suspiro. Murió por el golpe y de paro cardíaco. !Que infortunio tan desgraciado!

miércoles, 3 de agosto de 2016

Confesionario

Abro los ojos y veo esas dos manecillas severas, negras y afiladas que me piden que empiece a actuar. Como no he recibido la respuesta que esperaba, tendré que ir a provocar la muerte colectiva. ¡No, no, no soy un terrorista! Las sectas, con su fanatismo y esas tonterías de destrozar gente haciéndola volar por los aires por causa de unos principios religiosos o ideológicos, no me atraen en lo más mínimo. Mis conceptos son otros. Esto lo hago por mi sentido humano de justicia.

¿Alguno de ustedes ha perdido alguna facultad física o mental? Es decir, se ha tenido que resignar a no oír, a no caminar, a no ver. ¿Sí? Entonces, me pueden entender a la perfección. Miren, si un hombre pierde la capacidad de ver, su mundo se convierte en un infierno total. En primer lugar, siente que ha sido castigado por algún pecado, lo cual lo llena de resentimiento contra los demás; en segundo lugar, la pérdida de su valioso sentido de la vista lo hunde con una rapidez vertiginosa en un abismo del que no puede salir; en tercer lugar, si no tiene la voluntad suficiente para continuar, se irá dejando llevar por la apatía, la vejez y la degradación; por último, se convertirá en un peso para su familia y el estado.

¿Se han puesto a calcular cuál es el gasto económico y moral de un minusválido circunstancial? ¿Que qué significa circunstancial? Bueno, con eso quiero decir que hay personas que nacen con algún defecto físico y son minusválidos por origen, esas personas perciben el mundo a su manera y, a pesar de que saben cuáles son sus defectos, no los entienden por completo porque no pueden comparase, de forma objetiva, con los así llamados hombres normales. Por lo tanto, un invidente natal tomará la vida como la siente y no tendrá ni idea de lo que es pasarse una hora frente a un maravilloso cuadro de Nicolás Poussin u otro pintor que sea de su agrado, pero no lo lamentará en absoluto y tratará de sentir con la boca, los oídos o los dedos, otras sensaciones que le ofrezca el mundo. Sin embargo, el inválido “circunstancial” se lamentará de no poder seguir apreciando ese maravilloso cuadro del artista francés que le encantaba y se preguntará, de forma absurda, por qué de los seis mil millones de personas que existen, tenía que ser él quien tuviera que padecer ese mal. Con todo esto quiero decirles que la mejor forma de curarle el sufrimiento a ese tipo de personas es con la eutanasia asistida.

No soporto ver a esos pobres seres aferrados a una pequeña grieta en la roca para no caer en el abismo. Se agarran con todas sus fuerzas a algo inútil y, con su actitud, no saben que se llevan una cantidad enorme de dinero del presupuesto anual de un país, que generan una gran dosis de dolor y que el mundo que los rodea es tan gris como ellos mismos con sus lamentaciones. Estoy joven y he decidido que, si llego a encontrarme en una situación tan paupérrima, lo primero que haré será soltarme y dejarme caer por el acantilado. Con esa simple decisión liberaría al gobierno de una jugosa pensión que podría ser empleada en la formación de científicos y mis familiares y seres queridos descansarían y podrían gozar de la vida sin tener que llevar a cuestas un esqueleto cubierto de pellejos que es más parecido a una momia que a una persona. Está también, el pobre empleado que todos los días tiene que ser testigo de las rabietas y el empeoramiento de la salud de sus ancianos raquíticos. Cuando se es joven, hay un deseo intenso de seguir por el camino que se nos presenta en la vida, pero los que ya están de salida se encogen, se enrollan como orugas y es difícil arrastrarlos para que lleguen al final, se empeñan en no alcanzar a la meta.
Hace unos meses pedí la ayuda de los representantes del estado y no me hicieron caso, se burlaron de mi plan económico. Les conté sobre los días rutinarios en los asilos de ancianos donde trabajo y el sufrimiento de los vejetes desahuciados. Se me ignoró y en lugar de proporcionarme un medio para resolver el problema, me enviaron al psiquiatra. Allí, en el manicomio, tuve que fingir todo el tiempo y decir que mis ideas eran descabelladas y que compartía la filosofía absurda de mantener parásitos en un refugio de orugas arrugadas y desecadas. Me mandaron a mi casa y, días después, volví a mis actividades de siempre.

Pensé que mientras la tecnología no logre vencer el envejecimiento con métodos bio-robóticos o genéticos, lo más propio sería eliminar a los que estorban y sufren en contra de su voluntad. Fue entonces cuando empecé mi plan de liberación, tenía que reunir las armas suficientes y encontrar el momento más oportuno para realizarlo.
Sería de noche, inmovilizaría a los pocos enfermeros que hicieran la guardia nocturna y empezaría con la liquidación de los ancianos. No se salvaría casi nadie, quedarían sólo aquellos que pudieran valerse por sí mismos; aunque fuera por poco tiempo. Tenía que ejecutar con un sable a doscientos noventa vejetes. Me pondría una máscara de la diosa de la muerte y un traje negro de artes marciales, no les diría nada, simple y sencillamente oirían el grito de la grulla dejando caer su ala blanca sobre ellos para remontarlos en el gélido filo de mi sable y siguieran por la senda roja de una nueva vida hacia el sol, acompañados de su música espiritual relajante.
A la hora de la verdad, no pude enviar más que una treintena de lisiados, fue por el exceso de tiempo que empleé en cada paciente, además algunos incautos que al despertar se aterraron al verme frente a ellos gritaron como dementes, llamaron la atención de los vecinos. Acudió la policía y me detuvieron, me amenazaron con dispararme si no me detenía, con toda el alma deseaba continuar, pero no calculé bien mis fuerzas e hice una pausa precisamente cuando ellos irrumpieron en el asilo, así que me cogieron con facilidad, sólo pude deshacerme de la máscara y el traje negro que ya era de color violeta. La sangre desbordaba por el piso formando un hermoso camino de vida espiritual muy superior, así que mis zapatillas se coloraron de un tono marrón y después se formó una costra. No opuse resistencia, quería que mi mensaje llegara a la prensa y que más partidarios de mi filosofía cogieran la estafeta después de mi arresto. Por ahora nadie ha respondido a mi llamado, pero habrá quien ponga atención a mis súplicas de justicia. Se me recordará siempre y se rendirán honores en mi nombre, lo sé bien. Por fortuna, sé que no cumpliré cadena perpetua en la cárcel, tampoco me ejecutarán, sólo me iré colgando de un hermoso pañuelo de seda azul, el cual me guiará por las nubes hasta un jardín de cerezos con unos arbustos bien recortados y un riachuelo de corriente suave, transparente y musical. Entonces los pájaros ejecutarán su himno a mi vuelo, su memorial llamado a abandonar la tierra y se extenderá con sus hermosas alas por todos los confines del universo.

Sé que les habría encantado que contara con detalles todo lo que hice. Seguro que disfrutarían si les describiera con detalle cómo volaron las cabezas. Fue un espectáculo inolvidable, eran como calabazas lanzadas al aire en un aura roja, rebotaban por el piso y rodaban cual cometas. Podría ser más explícito, pero se los dejo a la imaginación. Si no son unos deficientes “circunstanciales” lo podrán hacer con maravillosos resultados.



lunes, 25 de julio de 2016

La flor de la campana

Cruzan los cielos como danzantes espirales
 todos los viajeros cometas y estrellas fugaces
en fuegos pirotécnicos de las fiestas siderales
 propiciando ambientes para sublimes romances

                                                              Mortaliss.



La flor de la campana

 Siempre había sentido curiosidad por la belleza eslava. La causa de tal interés eran Pedro y Mariano, sus compañeros del trabajo, quienes habían estudiado en la desaparecida URSS y siempre comentaban las agradables experiencias que habían compartido con algunas mujeres de aquellas tierras. —¿Te acuerdas de Diana? —le preguntaba el uno al otro—. ¡Cómo no me voy a acordar sí estuvimos juntos en Kishiniov, en el campamento donde recolectamos frutas todo un mes, ¿qué no te acurdas? —¡Ah! !Pues, claro! Era por eso que andabas con los ojos de borrego ese verano del 88, ¿verdad? —comentaban riéndose con gesticulaciones y manoteos muy obscenos.
Así eran la mayor parte de las conversaciones entre sus dos compañeros del trabajo y cuando no era Anna, era Larisa, y sí no, entonces las Mashas, Lenas y Natashas.

 Era tanta la algarabía que armaban los dos amigos, que Andrés se prometió a sí mismo que un día se iría, sin avisarle a nadie, a San Petersburgo o Moscú y se casaría con una mujer muy guapa. “Para que aprendan”—se decía muy quedo como si estuviera apuñalándolos con sus palabras—. Empezó a tomar nota de las cosas que sus colegas comentaban con respecto a la forma de vida y la cultura moscovita, luego buscaba información en la embajada, en las guías de turistas y en los periódicos. Un día asaltado por la curiosidad les preguntó a sus amigos si la comida era rica. Ellos lo miraron con ojos de rana y le contestaron con una pregunta: “¿Qué no sabes que hay un restaurante ruso en el centro de la ciudad? ¿No? Pues te vamos a llevar para que conozcas la música, los bailes y las delicias rusas”.

 Un viernes se reunieron a la hora de la salida y se fueron al Acorazado Potemkin, que era como se llamaba el restaurante. Cuando llegaron estaba un grupo de músicos interpretando una pieza muy popular y comenzaron a cantar. El camarero los reconoció y con una amable sonrisa y un abrazo muy efusivo los invitó a que se sentaran en una mesa que se encontraba al lado de otra donde había una gran cantidad de rusos. —¿Ves qué popularidad tenemos aquí, Andrés? A ver si aprendes un poquito y te conquistas una muchacha para sentar cabeza, que ya te hace falta—. De nuevo se alegraron y al recibir su botella de vodka, el enorme platón con ensalada de pepinos, tomates y rebanadas de pan negro comenzaron a brindar. Andrés estaba encantado porque no sólo le gustaban las melodías, sino algunas de las muchachas que se levantaban a bailar y gritaban a coro cuando reconocían un acorde que les accionaba un detonador en la garganta y el corazón.
 Mira, nada más qué cara tienes Andrés, estás en babia, cierra la boca no se te vayan a meter las moscas—le decían entre risotadas y fuertes golpes en la espalda—. Andrés se sonrojó y les pidió con la mirada que lo dejaran tranquilo, sin embargo, sus amigos aprovecharon la ocasión para llamar a una conocida que no era muy guapa, pero podía comunicarse en español con gran soltura. ¿Cómo se llama este hombre tan serio con quien vienen? —les preguntó María analizando con curiosidad y deseo al invitado—. Es nuestro compañero Andrés, no conocía este magnífico lugar, ¿te lo puedes imaginar, Masha? —Ella sonrió y saludó a Andrés dándole un beso en la mejilla. Así comenzó una larga conversación en la que el agasajado supo que su nombre en ruso era casi igual y que terminaba en una i muy reducida, o sea Andrej o Andrey; que María tenía una tía en Moscú; que ésta le ayudaría si un día se decidiera a viajar a la capital rusa; que ella no tenía novio y que estaba dispuesta a darle unas clases del idioma si lo deseaba. Seis meses después, Andriusha, como le decía María, hablaba y escribía un poco en el idioma extranjero, tenía el dinero suficiente para hacer un viaje y permanecer dos semanas alojado en el piso de Anna la tía de María.

 Llegó en el mes de julio, la señora Annia lo recibió, le dijo que se iba a trabajar en su huerto en la casa de campo y que volvería dos semanas después, es decir, cuando él estuviera en vísperas de su regreso. Fue muy amable y le dio todas las instrucciones necesarias para que no tuviera ningún problema, luego se fue cargada de bolsas con retoños de tomates, pepinos, ajos y cebollas. Los primeros días Andrés se dedicó a ver las cosas interesantes de la ciudad y a probar los platillos de comida que le habían recomendado sus amigos, pocos platos le gustaron en realidad, pero lo poco que le satisfizo el paladar se le quedó grabado para siempre, fuera por su aspecto y sabor o la elaboración del guiso. Cosas como el borsh, las tortas de carne, los panecillos rellenos, el kvas (bebida fermentada de pan negro) y algunas ensaladas le parecieron manjares de dioses. En cuanto a los sitios de interés, lo impresionó La Plaza Roja y las iglesias del interior del Kremlin, La Cámara de armas y la catedral de San Basilio, la cual le pareció que estaba hecha de merengue, y el teatro Bolshoi. A parte de la arquitectura, le sorprendía que cada vez que veía a una mujer guapa, se le aparecía una mejor unos pasos más adelante, y luego, otra más bella y así sin parar. Nunca había visto tantas mujeres con los ojos claros y la piel blanca reunidas en tan poco espacio. Se quedaba boquiabierto en el metro y cuando paseaba en las calles daba la impresión de que estaba buscando con desesperación a alguien porque no dejaba de mover la cabeza de un lado para otro.

 Por la noche salió a dar una vuelta cerca del centro y descubrió un bar en el que había mucha gente. Entró y se sentó cerca de la barra. Pidió un tarro de cerveza y se puso a fisgonear a las personas. Pronto calló en la cuenta de que había muchas mujeres solas, muy bien vestidas, pero con gusto un poco vulgar, que se acercaban a los hombres para conversar. Andrés estaba mirando embelesado a una mujer morena de ojos azules cuando escuchó una voz muy potente y aguda a sus espaldas. Se volteó y vio a una chica de ojos grises con un flequillo rubio y cara gatuna muy agradable. ¿Estás solo? —le preguntó la mujer, más con la intención de proponerle su compañía que por lo que era evidente—. Sí, es la primera vez que vengo a Rusia y este lugar lo encontré por pura casualidad. “¿Cómo te llamas?” —le preguntó sin poder separar la vista de sus ojos—. Soy Sveta, ¿y tú? —Andrés—contestó sin atreverse a pronunciar su nombre en ruso.
 Estuvieron conversando media hora y luego se les unió Lera, una chica muy atractiva con enormes senos, pelo castaño y rostro de niña. Era de Moldavia y tenía una voz melosa y aguda pero no era muy comunicativa. Con la música, el ajetreo y las mujeres que lo acompañaban, Andrés se sintió muy relajado y feliz, bailó un poco con sus guapas acompañantes, quienes insistían todo el tiempo en que las abrazara o comprobara la firmeza de sus partes más eróticas. Se estaban divirtiendo mucho, Andrei se desinhibió tanto que, incluso, les contó a sus nuevas amigas chistes en ruso, muy tontos, que se había aprendido de memoria en las clases con Masha, más tarde se sorprendió cuando notó que estaba fumando unos cigarrillos muy fuertes de tabaco húngaro. Se disculpó y fue a orinar.

Cuando volvió, ya estaba algo borracho y, al mirar a sus conocidas que le sonreían con picardía y provocación, se repitió sus nombres, les miró las rechonchas piernas, pues las dos iban en minifalda, las acarició con la mirada y al acercarse las besó con efusividad. No opusieron ninguna resistencia, por el contrario, lo abrazaron y festejaron con caricias muy intensas su decisión. Él se tomó de un tirón la cerveza que tenía hasta la mitad y unos minutos después se sintió haciendo piruetas en el cielo como si fuera un ave, pero el vuelo intenso lo hacía sentir mareos y náuseas, estaba fuera de sí y sin fuerzas para caminar, rápidamente les dijo a sus dos novias que ya estaba demasiado ebrio y que era la hora de marcharse. En realidad, le estaba haciendo demasiado efecto la bebida y cuando oyó que las chicas le habían pedido un taxi se alegró mucho, les dijo la dirección a la que tenía que ir y se desconectó al sentir el golpetazo de aire tibio de la calle.

 “¡Despierte! ¡Despierte!” —Oyó esas palabras como si vinieran de un túnel y abrió los ojos—. “Menos mal que ha vuelto en sí, lleva tres días durmiendo cómo un lirón. ¿Se siente bien?”. Andrei sintió dolor en la cabeza y vio a una mujer de unos sesenta años de edad que lo escudriñaba con sus ojos de gata montés. Era Marina, la vecina de la señora Annia, que escuchó las voces de dos mujeres en el piso contiguo y se interesó, dos días después, un poco tarde, por el destino del supuesto inquilino extranjero de su amiga. Estaba acompañada de un policía y decidieron llamar a la ambulancia porque Andreí casi no podía hablar y parecía un muñeco de trapo al que tuvieron que acomodar en la cama para que se pudiera sentar apoyándose en la cabecera.
 Estuvo dos días en tratamiento. Le explicaron que había tenido mucha suerte y que había perdido el conocimiento por una sobredosis de escolopamina o belladona, lo cual lo había sumido en un profundo sueño del que despertó sólo después de haberle hecho el tratamiento intensivo de desintoxicación con lavativas y suero intravenoso.

 Un poco más y no lo habría contado, amigo mío—le comentó el doctor levantando la vista e interrumpiendo su activa e intensa escritura en unos papeles que llevaba cinco minutos rellenando, y luego siguió—, si las mujeres que conoció en el bar, porque creo que fue así como lo adormilaron, ¿verdad?, le hubieran agregado un poquitito más de polvo, usted no lo habría contado jamás, ¿sabe? !Tenga mucho cuidado! La próxima vez que vaya a los bares a conseguir prostitutas no deje sus bebidas al alcance de esas vampiresas. Por favor, cuídese.

 Cuando salió del hospital trató de recordar lo que le había pasado en el bar, pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles. Le pesaban mucho las palabras del doctor y la duda de no saber qué había hecho la noche en la que lo adormilaron. Volvió a su piso y descubrió que se había perdido su pasaporte, el dinero, sus cosas de valor y se alarmó. La señora Annia, quien le había llamado a la ambulancia y lo había visitado en el hospital, le recomendó que denunciara el robo y lo acompañó a la policía, luego Andrés se fue a su embajada para tramitar un nuevo pasaporte. Gracias a los sabios consejos y la buena voluntad del cónsul fue posible tramitar una visa y un pasaporte nuevo, además le proporcionaron una cantidad de dinero que obtuvieron, intercediendo por él en su empleo, dirigiéndose directamente al director de la empresa en la que laboraba él.

 Resolvió todo sin contratiempos y, cuando ya le faltaban sólo tres días para volver, su memoria se despertó. Vio claramente la imagen de una puerta grande de madera resguardada por un hombre muy alto de traje negro. Luego el interior con poca iluminación, la larga barra del bar y los bancos; después dos mujeres, una morena y otra rubia, con faldas cortas, largos escotes, peinadas con caireles y sonriéndole con picardía. ¡Eran ellas! Sí, lo sabía perfectamente porque oía un eco, unas palabras muy alejadas y pronunciadas con prisa. Sintió ese desfallecimiento que experimentó después de beberse la cerveza, al final se vio en la cama con mareos y sin fuerzas para incorporarse, ellas se iban con todas sus cosas y el taxista les servía de cargador. Largo rato discutió consigo mismo la posibilidad de vengarse, pero fue sólo la curiosidad la que lo guió de nuevo al antro. Reconoció todo, se fue a pedirle una cerveza al barman y buscó a sus dos amigas, no las encontró y pidió referencias de ellas. Le dijeron que Sveta y Lera iban de vez en cuando y que tenían fama de ladronas, que el dueño no las quería ver dentro del local y por eso se aparecían cuando el administrador y el dueño no estaban. Un poco decepcionado se regresó a su piso y se durmió profundamente.

 El tiempo se le pasó muy rápido y supo que sus vacaciones se habían terminado cuando oyó que alguien abría la puerta e inundaba con gritos el espacio silencioso que había mantenido hasta ese momento. Andriusha, Andriusha, perdona que no haya venido a cuidarte cuando estuviste enfermo —le decía la gruesa y rubicunda mujer— y que no haya velado por ti cuando estuviste enfermo, pero mi casa de campo está a trecientos kilómetros y no siempre hay trenes. ¿Cómo estás, hijo mío? ¿Qué le voy a decir a Masha?!¡Oh, dios mío, dios mío! Pasadas las emociones del encuentro Andrei y la señora Annia cenaron, tomaron un poquito de vino para encaminar al huésped, como era la costumbre rusa en vísperas de un viaje largo, y desearse buena suerte en todas sus empresas. A las dos de la madrugada llegó el taxi y se llevó a Andrei con una maleta de mano y sus documentos. No tuvo ningún problema en el aeropuerto y entró al avión a las cinco menos diez.
Se sentó en el lugar que le correspondía cerca de la ventana. Entrecerró los ojos y trató de dormirse un rato. Despertó cuando el avión llevaba media hora de vuelo. A su lado estaba una mujer muy atractiva leyendo un libro en inglés. Andrei se levantó para ir al baño y pidió permiso en ruso para cerciorarse de que su compañera no era americana o inglesa. Como el lugar del corredor estaba vacío no le fue difícil salir al pasillo. Volvió del servicio, se sentó y permaneció un momento callado mirando el amanecer anaranjado a través de su ventana.
 La mujer seguía leyendo. ¡Qué hermosa es! —pensaba Andrés—cualquiera estaría dispuesto a dar lo que fuera por tener una esposa así. Estuvo dándole vueltas a esta idea, se imaginó que él podría conquistarla y ofrecerle una vida tranquila y llena de amor, fantaseó con la idea de mantener una fuerte contienda con el hombre con el que ella estuviera comprometida, salía triunfador, vencía con descomunal esfuerzo al tipo atractivo, rico y fuerte, ganándose el amor de ese portento de mujer joven que lo tenía embelesado. Miró el libro que ella leía y se dio cuenta de que era la novela “If tomorrow comes” de Sidney Sheldon de la cual no sabía nada, por eso le preguntó si era interesante. No lo sé todavía—contestó con una voz muy dulce—, es que más la compré para practicar mi inglés que por la misma obra, además estaba de oferta, mire costó sólo 350 rublos. ¿Y habla usted español? —inquirió temiendo que sus raquíticos y escasos conocimientos de ruso e inglés le impidieran comunicarse—. Sí, tengo unos parientes en la embajada de Rusia en Argentina, estudié unos años en Buenos Aires, pero voy a trabajar en México y después viajaré a Los Ángeles para desarrollar un nuevo sistema de distribución de partes y piezas hidráulicas de una empresa rusa. — Y… ¿le gusta su trabajo? —Sí, claro, soy ingeniero y mi especialidad es la mecánica y la hidráulica, además, está es una gran oportunidad para mí. ¿Y usted? —Pues, yo sólo soy un abogado en derecho fiscal, trabajo con declaraciones de impuestos, contratos y esas cosas, ya sabe...
 De esa forma Andrés conoció a Anastasia Chejova o simplemente Nastia, como ella le pidió que la llamara cuando empezaron a tutearse. Le pidió su número de teléfono y quedó de invitarla al restaurante ruso para que no sintiera la nostalgia de su tierra. Ella le agradeció mucho su amabilidad y también escribió sus datos. Se despidieron con un abrazo y se fueron cada quien por su lado.

 Cuando Andrés volvió a la oficina, un lunes por la mañana, se sorprendió mucho al no encontrar a Carlos y Alfonso, pensó que no habían ido a trabajar y se fue a su oficina. No encontró su ordenador y su mesa, que había cambiado mucho, estaba llena de carpetas amarillas y en su silla estaba sentado un hombre calvo con cara muy sería. No lo quiso importunar y se fue a la oficina del jefe. No lo encontró tampoco y dejó el recado de que se sentía muy mal y que volvería al trabajo al día siguiente. En su casa comenzó a atar cabos e intentó de disipar las dudas que lo mantenían tenso. Primero, sacó de la gaveta del escritorio su pasaporte, leyó con mucha atención su nombre, Andrés Pérez Ruíz, vio su foto y hojeó el documento hasta encontrar la visa que le habían pegado en una hoja de en medio. Confirmó que había estado en Rusia dos semanas, estaba el sello del registro de pasaportes tanto de su país como del otro. Después buscó sus documentos del trabajo, leyó el contrato y verificó las fechas, todo estaba en orden. Se tranquilizó y comenzó a ver la tele.
Por la tarde salió sin prisa a comer algo, llegó a la pequeña cafetería donde siempre se comía algo ligero para no cargar el estómago por las noches. Pidió un bocadillo de jamón con queso y una cerveza oscura. Permaneció meditando sobre su viaje y su deseo frustrado de tomar venganza contra las dos golfas que lo habían adormecido. Reconoció que seguía un poco raro y que no se había recuperado del todo. Cerró los ojos y decidió imaginar algún sitio de los que había visitado. Recordó una terraza en la que se había sentado para ver a los paseantes en una calle no muy lejana al Kremlin, abrió los ojos y tuvo la impresión de que estaba recibiendo los rayos del sol directamente en la cara, las mujeres llevaban puestos unos vestidos blancos con flores rojas y amarillas en forma de bigotes de Dalí, escuchó cómo la gente se comunicaba en ruso y sonrió alegre porque les entendía muy bien todo lo que decían. De pronto apareció la imagen de Anastasia Chejova, vestida también con un hermoso vestido de flores invertidas semejantes a pequeñas campanitas. Decidió que la llamaría al día siguiente para invitarla a cenar, por arte de magia desapareció la imagen que tenía ante sus ojos y empezaron a moverse los hombres trajeados y las mujeres de pelo negro clavando sus tacones en la acera. Pidió la cuenta y se fue a su casa.

 Al salir del ascensor le asaltó una pequeña duda que lo dejó frío. Se había preguntado si él era él en realidad, o su yo verdadero, se había quedado en Moscú, se lo preguntó varias veces y la única respuesta que obtuvo fue el silencio húmedo de su edificio. Entró a su casa y se quitó el jersey y los zapatos, se aproximó al espejo y se empezó a tocar para comprobar que sentía cosquillas y dolor. No pasa nada—dijo en voz alta—. Voy a llamar a Masha para pedirle que me traduzca el reporte médico que me dieron en el hospital ruso y me explique si los medicamentos que tomé o la escolopamina que me dieron esas brujas me afectó el coco y ahora estoy mal de la cabeza. A la mañana siguiente, se fue a mediodía a buscar el restaurante Potemkin. No estaba, dio tres vueltas contando los pasos exactos, pero en lugar del célebre lugar encontró una oficina de seguros. Se fue a llamar a María y una grabación con voz de robot le dijo que el número no existía. Le dio una fuerte patada a una farola que tenía cerca. Enfadado decidió llamar a Nastia para pedirle ayuda, pero no se decidió. Estaba demasiado desconcertado y no sabría qué decir. Volvió a su piso y comenzó a buscar todas las referencias que había sobre él. Estaba su acta de nacimiento, sus certificados de secundaria y bachillerato, su título profesional. Miró sus fotos y fue ordenándolas para ver cómo había evolucionado los últimos años. Tenía el pelo más corto, había perdido la cara inocente que tenía el primer año de su trabajo en la oficina. Había ganado unos cuantos kilos y sus músculos habían cobrado mayores dimensiones. Antes de acostarse preparó su traje y planchó una camisa, lustró sus zapatos y eligió una corbata nueva muy bonita que nunca se había puesto. Mañana será un gran día—se dijo sonriendo y poniendo las manos en una posición como si estuviera abrazando a alguien—. Nastia será mi mujer, lo juro. ¿Cómo se llamarán mis hijos? —pensó—. Bueno, todos serán Pérez Chejov. Logró conciliar el sueño muy tarde y tuvo pesadillas. A la mañana siguiente ya no encontró su oficina, ni siquiera el edificio y se regresó preocupado a su casa. Empezó a comunicarse con sus familiares, pero tenía cortado el teléfono, fue a ver a los vecinos y nadie lo reconoció. Por último, volvió a mirarse en el espejo y no pudo recordar su nombre. Se quedó inmóvil viendo cómo se desvanecía en forma de humo y apareció ante él una calle empedrada, pasaron unas chicas rubias que le sonrieron con coquetería y le guiñaron el ojo, él las siguió con la mirada y escuchó una canción que lo alegró mucho.

jueves, 21 de julio de 2016

El Nobel

Empezó a escribir su gran novela, tenía un proyecto muy ambicioso que, según pensaba, le traería la gloria. Terminó el primer capítulo y lo colgó en la red para saber qué tanto impacto tenía en el área de la narrativa. Buscó blogs, talleres de escritura, páginas de cultura y se dio cuenta de que podía obtener un poco de popularidad ganando seguidores, aplausos o manitas like. Entró a varios sitios y se hizo muy popular, recibía comentarios para su obra como respuesta a sus amables peticiones de apoyo. Con la gran cantidad de visitas que hacía a los sitios donde se le iba valorando cada vez más, no le quedaba mucho tiempo para continuar con su obra, sin embargo, gracias a las observaciones de sus admiradores pudo corregir y terminar el primer capítulo de su trabajo.

 Un día entró a un concurso en el que era muy importante obtener votaciones a través de Internet para ganar el primer premio, así que colgó su obra; se dirigió a todos los contactos que tenía y se puso a llevar el conteo minuto a minuto. Por desgracia, había gente que obtenía votos en grandes cantidades y eso lo desanimaba mucho. Buscó miles de formas para adelantar en su clasificación y, por fortuna, descubrió que había una manera de votar desde diferentes ordenadores y perfiles en diversas páginas, blogs y todo tipo de redes sociales, no obstante, eso no era suficiente para llevarlo a los primeros sitios y se pasaba las noches en blanco tratando de idear alguna estratagema que le permitiera elevar su popularidad.
 Un buen día, un golpe de suerte lo llevó hasta la página de un ingeniero en informática que explicaba la forma de saltarse las normas de seguridad de las páginas y obtener cifras estratosféricas de votos con sólo oprimir constantemente una tecla. Ni tardo ni perezoso se puso a concursar en cuanto certamen encontraba, seguía con escrupulosidad los consejos del programador y lograba ponerse a la cabeza de los certámenes con rapidez. Así, ganó su primer galardón. Después, con la experiencia que había adquirido, pudo anexar comentarios a su obra con la ayuda de seudónimos y nombres falsos, de tal forma que los grandes críticos de inmediato pusieron atención en esa oleada de halagos que hacían referencia a la obra de un gran escritor por quien todo mundo votaba en la red. Salieron artículos en las revistas y periódicos que ensalzaban el escrito, fue tanto el impulso que tomó aquella primera parte de la novela que ya ni siquiera fue necesario terminarla, pues leer las críticas y comentarios ocupaba tanto tiempo que dos años eran insuficientes para abarcarlo todo, además cada día aparecía algo nuevo referente a la magnífica obra.

 En una ocasión su candidatura apareció en la academia sueca y el jurado lo eligió para condecorarlo con la medalla de Alfred Nobel. Lo llamaron y le pidieron que preparara su discurso para el momento de la premiación. Llegó el mes de octubre y se anunció el ganador en la categoría de literatura. El mundo lo festejó con agrado y desde miles de ordenadores se empezaron a descargar los comentarios, críticas y ensayos relacionados con el gran manuscrito del maestro de la narrativa. Un mes después salió el primer capítulo de la novela acompañado de catorce tomos con todo lo referente al magistral  trabajo que tenía un principio tan destacado. Desde entonces no hay nadie que ignore la importancia de ese gran clásico que seguirá dando mucho de qué hablar.

martes, 19 de julio de 2016

El Justiciero Solitario

Soy el Justiciero Solitario. Siempre he tratado de seguir mis principios y lo haré hasta que me llegue el momento del final, el cual no está muy lejos, además he de aclarar que es una cuestión de ética. Para que me entiendan mejor les diré que si leemos la definición de bondad en algún libro o diccionario, veremos que la bondad es hacerle un bien a alguien, o sea liberarlos de su mal. ¿La eutanasia se podría considerar una cosa buena? Pues…, desde mi punto de vista, lo es, porque si una persona no puede gozar de la vida a causa de los dolores que le infringe una enfermedad terminal y, la existencia deja de representar algo para dicho sujeto, entonces la mejor opción es liberarlo, ofrecerle lo que tanto necesita pues, tal vez, no tenga la fuerza para realizarlo él mismo.

 Muchas personas se van rodeando de condiciones imposibles de soportar y terminan envueltos en un infierno que los hace ponerse de mal humor, incluso, germina en ellos el sentimiento del mal, éste les obliga a cometer locuras como asesinar a sus hijos, quemarlos, o descuartizar a su esposa, lo ideal sería que lo incitara al suicidio, pero eso pasa pocas veces. Estoy convencido de que la mejor manera de evitar todo ese tipo de cosas sería ofreciéndoles unas nuevas condiciones para que se salgan de su claustro infernal y conozcan la vida sin martirios y de forma plena. Parece muy sencillo hacerlo, ¿Pero lo es en realidad? Seguramente que todos me contestarán que no lo es y tienen razón. Un golpeador de mujeres, por citar algún ejemplo burdo, podría obtener un buen empleo, dedicarse a practicar algún deporte y salir de vacaciones a la playa con sus hijos, además de realizar todos sus sueños gracias a su solvencia económica, pero aun dándole todo eso, el hombre sentirá la necesidad de seguir golpeando a su mujer porque el problema está enraizado, es decir, que hay que buscar los antecedentes de su conducta en la infancia. Hay que volver al momento en que su padre lo empezó a golpear y humillar, al instante en que lo violaron y le dieron una paliza para destrozarle su integridad psíquica, sólo de esa forma se podría impedir que creciera odiando a la gente y dejara de buscar la venganza por lo sufrido en los primeros años de su vida.

Creo que todos entendemos en un alto grado los problemas de los demás, pero nunca estamos dispuestos a perder nuestra energía, tiempo y dinero por una causa que consideramos, de antemano, ya perdida. Es por eso que nos encogemos de hombros y decimos que la persona no quiere cambiar. Se lo repetimos constantemente a los pordioseros: “!Hombre, tío, ponte a trabajar!” ¿Pero quién podría darle un empleo? Seguro que nadie. Así, en esa misma situación, está el drogadicto, el psicópata, el alcohólico y muchos seres endebles más.

 Podríamos pedirle al gobierno que pusiera manos en el asunto y resolviera el problema, pero entramos en política y esa disciplina ha demostrado que sirve sólo para complicar más las cosas y defender los derechos de los que tienen el poder. Lo vemos día a día en las películas, lo leemos en los diarios y lo sufrimos en la vida cotidiana. “No hay presupuesto—nos dirán con cara de payasos fingiendo pena—, mejor, ¿qué les parece si cambiamos un poco la ley y permitimos cosas como la tolerancia o la ayuda económica a los emigrantes y abolimos la pena de muerte? —Sí, sí, de acuerdo—respondemos con credulidad, pero lo único que logramos con eso es evitar que contraten psicólogos para determinar quién es pederasta y no debería trabajar como educador en un jardín de infancia o en una primaria, ellos mismos tendrían que pasar por una consulta y, tal vez, algunos políticos tendrían que dejar su puesto por problemas de conducta, tendencias a la violencia o demencia en primer grado. Voy a ir al grano porque me queda poco tiempo y no quiero que se queden sin saber el motivo de mi perorata. Hay cosas, que los otros nos hacen creer que son buenas, pero son mentiras que usan para controlarnos y someternos como ovejas mansas, es por eso que un día decidí hacer el bien. Sí, sí, ríanse, piensen en mí como en un tío loco que se siente el llanero solitario o un héroe justiciero de los cómics como Batman o El Capitán América. Eso no me importa, sé reírme y sé, también, compartir la alegría de los demás. No hay mejor cosa en el mundo que una sonrisa sincera como la de los niños.

 Empecé a ayudar a la gente hace mucho tiempo. El primer afortunado que recibió mi ayuda fue mi mismo padre. Tenía deudas por nuestra culpa, éramos una familia de siete personas contando a dos abuelos que vivían con nosotros, pero su sueldo no alcanzaba para nada, trabajaba de sol a sol en una fábrica, su sueño dorado era tener dinero para irse con las prostitutas, beber una copa de whisky y fumarse un puro, pero no conoció a ninguna puta, según sé, y nunca compró su botella de Chivas Regal cuando estaba en oferta y fumaba sólo de gorra. Su vida era un infierno. No nos levantaba la mano, pero discutía con mi madre, por cualquier fuga de dinero que había en la casa, mientras ella le decía que era un tacaño empedernido. A parte, estaban los celos y la incompatibilidad de caracteres en el matrimonio. Padre era delgado, pero bastante fuerte, un poco introvertido, honesto y muy serio, es decir, responsable. Mi madre, por el contrario, era parlanchina, locuaz, olvidadiza y optimista. A lo largo de unos años de convivencia mis padres tenían el infierno ideal, reñían a diario, mi madre lo celaba y él perdía todo deseo sexual por ella y le crecía la apatía. Mi padre estaba encadenado a la casa por unos eslabones llamados principios, atado sin poder coger unos cuantos billetes y comprar su botella de alcohol y la entrada al burdel. Mi madre tenía su autoestima por los suelos, sentía que su belleza se marchitaba y, que pudiendo ser la reina de un palacio, tenía que vivir con el más pobre de los plebeyos en una pocilga. Cuando cumplí los quince años encontré a mi padre solo, parado en un puente con las firmes intenciones de tirarse. Le pregunté qué le pasaba, no se sorprendió al verme y no me dijo nada, su mirada era impasible, parecía que ya estaba muerto antes de saltar. Me dijo que fuera bueno y que lo perdonara, que me tocaría a mí ser un aguamanil donde muchas personas lavarían sus desgracias y encontrarían la felicidad. “Frente a ti, las personas harán borrón y cuenta nueva—me dijo pidiéndome que lo empujara al precipicio—ayudarás a quien te lo pida y serás compensado por eso”.

Sí, lo empujé, no me arrepiento, papá me dijo que con ese empujón me convertía en el portador de las desgracias de los demás; que adquiriría los compromisos de las personas en cuanto las ayudara, pero que era mi sino, el destino que me había preparado el cielo. Vi en sus ojos el agradecimiento de la liberación, noté en su mirada las alas de los arcángeles y supe que descansaría en paz. Cuando nos comunicaron que padre había muerto yo estaba en la casa estudiando filosofía. !El tema de ese día era sobre el mal! ¿Sorprendente? Sí, creo que fueron las palabras de mi padre diciéndome: “Recuérdalo, hijo mío, harás valer la justicia y la bondad sobre todas las cosas, tendrás que cargar con el peso de las penas que te herede la gente a la que ayudarás”. Esas palabras siempre están presentes en todos mis actos. Soy consciente de que debo liberar de su carga a los débiles. Pronto llegará el momento en el que tenga que heredarle yo mismo mis penas, mi infierno, a alguien que lo merezca. Creo que será el inspector Johnson, Steven Johnson.  Él y yo llevamos varios años siguiéndonos el rastro, al parecer yo sé más de él, que él de mí. Eso se lo debo a mi capacidad de camuflarme, puesto que, cuando el inspector todavía no me conocía yo iba a la policía, le llevaba pizzas, les preguntaba a sus colegas por su vida personal, conocí a sus amigos y me relacioné con ellos, incluso le envié un regalo a su esposa, por el día de su cumpleaños, antes de que se divorciaran. He permanecido a su lado como una sombra y estoy seguro de que es el hombre más capacitado que podría elegir, sin embargo, no está convencido por completo, tendrá que combatir contra locos dementes como yo y nunca castigará a los, supuestamente, buenos hombres que deberían ser condenados.

 El paso por la vida es muy corto y hay que ponerse un objetivo. Ese fin debe ser conseguido a toda costa porque en caso contrario se pierde la vida en inutilidades. Johnson tiene un infierno cómodo. Le satisface su sueldo, su mujer no lo molesta porque no tienen hijos, carece de tiempo para las relaciones sentimentales, es apático en el sexo y le interesa más su trabajo que cualquier otra cosa. Lucha contra las injusticias y castiga a los malhechores. Lo único que lo atormenta es que, en realidad, habría querido tener una vida diferente. Si hubiera optado por las carreras de contaduría o abogacía, como era su deseo, ahora sería muy buen especialista en cualquiera de las dos, pero, por necesidad, se metió a trabajar de ayudante en una comisaría para colaborar en su casa con el sustento; luego, ya en departamento de homicidios, en un caso complicado dio una opinión y relucieron sus aptitudes de investigador, así que le fueron dando tareas, al principio muy sencillas, después más complejas. Como resultado, el gusano de la curiosidad le fue engrandeciendo la necesidad de saber más sobre las causas del crimen y terminó con un ayudante a su lado y como jefe del departamento de homicidios. 
Me cae muy bien y siento que es para mí como un primo o un amigo con el que convivo continuamente y riño, río, discrepo. La primera vez que me vio, fue cuando maté o, mejor dicho, ayudé a un estafador a librarse de su infierno. El amparado era un hombre que había creado unas condiciones muy favorables para vivir con lujo y confort. El único problema era que su esposa lo satisfacía cada vez menos y su amante lo chantajeaba, por lo que empezó a fallar en el trabajo y comenzó a endeudarse. Se llamaba Christopher Lee, no era muy alto, ni fuerte a pesar de practicar deportes, su carácter era un poco voluble y padecía a menudo de estreñimiento. Lo vi por primera vez en un café y al verme no pudo controlar su risa que, por franca, me pareció como un llamado de ayuda. Le pregunté a la camarera por el hombre y me proporcionó sus datos.
 “Es abogado, señor—me dijo con una sonrisa amarillenta—, trabaja cerca de aquí y viene por las tardes a almorzar”. Desde ese día comencé a seguirlo a discreción, pero mi uniforme de vaquero, con mis pistolitas de juguete y mi sombrero me impedían esconderme por eso siempre me hacía el loco, fingía que estaba jugando a los indios y vaqueros. Un día, cansado de verme cerca de él a menudo, me enfrentó con algunas preguntas tontas y le dije que no se preocupara, que le quería hacer una consulta jurídica. Lee no quiso atenderme y me tomó como un payaso. Me recomendó que fuera al psiquiatra y se marchó. 
A Lee no le habría sido difícil resolver su problema, pero tenía un fuerte compromiso moral con su esposa y una confrontación sentimental con su querida, las dos cosas juntas lo estaban hundiendo con rapidez, era como una barca a la que se le ha hecho un hueco al chocar contra una afilada roca. Empezó a beber y el alcohol entorpeció a Christopher. Una afortunada noche, cuando él iba saliendo de un bar, chocamos. Como siempre se burló de mí y yo le seguí el juego motivando su risa con frases ingeniosas, por desgracia para Lee, yo llevaba una pistola de verdad de bajo calibre y la saqué en el momento en que entramos en un callejón oscuro y solitario. En la oscuridad cambié mi tono de voz y le dije a mi protegido que por fin se liberaría de su martirio y de su estúpida amante. Sonrió por la incredulidad, pero los tiros le demostraron que era verdad, que todo iba en serio. No sufrió mucho y se fue feliz al otro mundo. Llamé en busca de ayuda a un hombre que vi, después de haberme deshecho de mi sombrero y mi canana con una pistola de juguete y balas de plástico.
 Minutos más tarde llegó Johnson, me encantó desde el primer momento y decidí que seríamos colegas. Él haría el papel de clérigo tratando de demostrar la santidad de los asesinados y yo como una especie de abogado del diablo demostrando su dependencia infernal y culpabilidad. Declaré lo mismo que el hombre al que había acudido, Steven Johnson nos creyó y lo empecé a seguir para saber si algún día podría servirme para liberarme de mi propio infierno. ¿Qué? ¿Qué les pasa, queridos amigos? ¿A caso pensaban que yo estaba exento de mi propio paraíso infiernal? Pues, no. Yo como todo ser humano, sin excepción, tengo las condiciones de mi averno y requeriré la ayuda de mi estimado amigo Johnson, de hecho, les he invitado el día de hoy para que presencien mi final. He santiguado a muchos fieles que siguieron al pie de la letra sus normas para caer en el más horripilante de los precipicios morales. Aclaro que he asesinado sólo a las personas que no tenían salida en su laberinto de tinieblas y la única solución era la muerte.
 A todos los que pudieron encontrar una salida los perdoné, incluso les di pistas para que encontraran la luz y el sentido de la vida. Únicamente me he ocupado de los casos irresolutos, así que no me juzguen injustamente. Sé cuáles son las consecuencias de mis actos y estoy dispuesto a pagar con mi propia vida. Esta tarde he cometido…, es decir, he asistido a mi última paciente. Es, bueno, era una mujer de mediana edad, siempre luchó contra sus demonios y nunca se pudo recuperar de los abusos de su padre. Fue derrotada por su carácter contradictorio, heredado de una de sus parientas esquizofrénicas lejanas, y por la lucha constante con los hombres que no podían satisfacerla. La he liquidado desnuda y despatarrada. Se encabritó cuando le dije que no me apetecía follármela de forma tradicional y comenzó a insultarme cuando me negué a salirme de la habitación. Le expliqué el motivo de su muerte, es decir, de su liberación, pero se rió de mí, me insultó, dijo que no había visto nunca en su vida un tipo más infantil y ridículo, que mi pene era de niño y yo me avergonzaba de mostrárselo a las mujeres porque al verlo les daba un ataque de risa. Le di toda la razón y le ayudé a encontrar palabras ingeniosas que la motivaran más en su burla. Logró carcajearse por el fino sarcasmo y cuando se privó por la falta de aire. Saqué, desabrochándome la bragueta, la pistolita hswn 1180 que es pequeñita y, como es dorada, ella creyó que era un encendedor. Se revive la imagen y veo como le disparo y cae tendida sobre la cama, su carne holgada y sus gordas piernas rebotan en el colchón. Aprieto el gatillo dos veces más para llamar la atención de las otras putas del burdel, llega corriendo el padrote al cual no tengo motivo para matar porque se merece su infierno, pero le meto dos plomos vengando a las mujeres que ha martirizado. Le ordeno a la matrona que llame a la policía. 
Me queda sólo una bala en el cargador y no sé qué hacer porque tengo dos personas que bien podrían merecérsela, la primera es la desagradable madame que se ha ido a llamar a Johnson, y la segunda, como podrán adivinar soy yo. Podría bajar y terminar con la maldita madama que apesta a tabaco y alcohol, pero eso me quitaría la posibilidad de amenazar a Steve con un tiro fallido y me apresarían. No quiero ir a la cárcel, ni ser sentenciado, tampoco soy partidario de contar públicamente mis actos de buena voluntad, ni quiero que una tipógrafa inútil tome mis declaraciones. Es mejor que venga mi héroe Steve Johnson y me ordene tirar el arma, que se prepare en el momento en que lo tenga en la mira y que dispare mientras yo desvío el cañón de mi dorada mini Veretta y acierto al techo. Él no fallará, me dará en el pecho o en la frente. Eso dependerá del tiempo que tenga para apuntar. Le daré todo el tiempo del mundo. ¡Chissst!!Chisst! Ahí viene.

 Hola, Steve, ¿qué tal? Ja,ja,ja..No me esperabas aquí, ¿verdad? Ah, ¿no te sorprendes? Perdona que te haya hecho venir a esta hora, pero necesito confesarte algo. No, no es para atestiguar, eso ya lo he hecho dos veces, ¿recuerdas?!Espera! !No, no te muevas! ¡Si avanzas un paso más te disparo! ¿Que me calme, dices? Oye, ya nos conocemos y lo único que te pido es que me escuches. ¡Así está mejor! Seré breve. Te apunto sólo para que no te muevas mientras hablo, no voy a dispararte, tu mantén el arma lista por si cambio de opinión, ¿vale? Bien así está bien. Bueno, pues soy el asesino de Christopher Lee, de John Adams, de Louisa May y todos los que tienes en tu archivo de casos abiertos. No era tan difícil encontrarme, Steve, no te dejé muchos rastros porque tenía que cumplir mi misión, seguro que sabes cuál es, ¿no? Me sorprendes, Steve, eres muy perspicaz, es por eso que te escogí. Mira, no me culpes, esas personas tenían que morir para ser libres, yo sólo les ayudé a salir de su infierno en vida y les mostré la salida. Fui su mesías, su salvador. Ahora descansan en paz, ya no sufren. Ahora, ha llegado tu turno Steve, tú también debes salir de tu penumbra inmisericorde, prepárate, Steve, vas a morir…!Bang! ¡Bang! ¡Oh, dios, gracias al cielo…! ¡Aghggg! !Adiós, Steve!

Purgatorio

 Cuando te enfrentas a este tipo de locos no sabes qué hacer. Al principio se te aparece para desconcertarte, como lo hizo cuando fungió de testigo en el hallazgo de la víctima que él mismo había matado. Luego su constante rondar por la comisaría preguntando si puede ayudar en el caso de Lee, lo ves con su sombrero texano, sus pistolitas de juguete y su placa de sheriff robada a uno de sus nietos y te dices que está más loco que una cabra, pero que jamás le haría daño alguno a la gente por causa de su infantilismo. Prosigues con las investigaciones de los asesinatos y, aunque vas descubriendo al anciano cowboy con cada pista y en cada rastro, te dices a ti mismo que es imposible que una persona tan carente de maldad asesine a empresarios, obreros, borrachos perdidos, mujeres desconsoladas y enfermos mentales. Aplicas el método deductivo y no encuentras un móvil definido para los crímenes. Razonas todas las tardes, te pasas horas enteras cotejando las estrategias del homicida y no sabes por qué ha matado a hombres con un estatus económico, a borrachos perdidos, a mujeres fieles a su marido y ahora a una prostituta. Se te va metiendo el gusano de la curiosidad y lo investigas. Interrogas a sus conocidos que sólo critican su aspecto exterior y nunca han convivido con él de forma seria. Te da lástima que lo tomen por un payaso, sobre todo, cuando sabes que lee libros muy complejos de filosofía, de inmediato saltan como un resorte las palabras del dependiente de la librería: “Ah, se refiere al Justiciero Solitario. Sí, sí que viene por libros, que qué compra, pues no lo va a creer, pero se ha leído “Crimen y castigo”, “Los hermanos Karamazov”, “A puerta cerrada”, “El complejo de Sísifo” y un montón de libros sobre el bien y el mal, por cierto, él mismo dice que es el emisario de la libertad”. Después de esa noticia no sabes qué hacer porque tienes al sospechoso e intuyes la razón de sus crímenes, sin embargo, su aspecto exterior de niño con cuerpo de viejo te bloquea y descartas la posibilidad de que esté inmiscuido en los aberrantes actos de los cuales lo culpas. Empiezas a seguir sus pasos y algo dentro de ti te dice que estás haciendo el ridículo persiguiendo a un hombre inofensivo que a lo único que se dedica es a transportar costales de cemento y todo tipo de materiales de construcción. Lo ves sonriente con una paleta recubriendo con yeso los muros, te saluda con una sonrisa franca. 

Al final de la jornada te ocultas y lo persigues hasta su casa sólo para constatar que se pondrá a ver la tele o leerá alguno de sus libros de filosofía. Por un lado, comprendes que bien podría ser un criminal, pero si lo comparas con los dementes homicidas su cuadro psicológico no encaja y empiezas a romperte la cabeza buscando un fantasma. Por último, dejas todos los prejuicios a un lado y te pones a seguir sus huellas como un verdadero sabueso, olfateas todo, metes las narices en todos lados y descubres lo que está debajo del disfraz. Hay un hombre que se siente libertador, es un idealista tonto al que la economía ha quebrado. Está roto por el peso de las deudas y sus principios no le permiten soportar tal humillación. No culpa a nadie de su desgracia porque la comparten todos a su manera; todos somos víctimas de la mala administración pública y de la economía global. Aparecen día a día personas que no pueden satisfacer sus necesidades y, mucho menos, sus sueños. Te parece escuchar sus palabras cuando te decía que él era una víctima de la mala economía, que le había tocado el penúltimo escalón y que cuando bajara el peldaño que le faltaba se mataría sin remedio, que se quitaría el uniforme de vaquerito que se había inventado en el momento en que dejara de ser un pobre diablo pidiéndole limosnas a sus jefes y suplicándole a los banqueros que le perdonaran su deuda. Y, ahora, ya lo ves está ahí tendido, inerte, con sus botas viejas, su sombrero aplastado y su estrella de sheriff agujerada por el disparo que le diste. Al verlo así te remuerde un poco la conciencia y piensas que tal vez habría sido mejor que él acertara y siguiera matando gente muerta en vida. ¿Qué a que me refiero? Pues a sus palabras. A eso que decía el librero cuando me contó sobre sus conversaciones con el solitario justiciero. ——¿Sabe? —decía el encargado con acento cubano— ese hombre sería un buen profesor de filosofía en la Habana. Yo se lo propuse un día, pero me dijo que su misión la tenía que cumplir aquí. Un día me citó a Kierkegaard, dijo esa frase de que el tirano muere y su reino termina; el mártir muere y su reino comienza—. Después de escuchar algo así lo único que puede suceder es que empieces a atar cabos y sepas a la perfección lo que quería decir ese hombre. Te preguntas a ti mismo si no serían los mártires de su propio infierno esos seres asesinados que alcanzan la paz con una bala minúscula de pistola de “juguete”. Entonces lo sigues y cuando ya lo vas a capturar te llega una llamada para que acudas urgentemente a un prostíbulo donde el anciano te espera para morir. Comprendes que has sido usado como una pieza de su tablero de ajedrez y que te toca aceptar el mate haciendo el reporte judicial en el que sólo exhibes tu ineficiencia y tu falta de sentido común.

Conciencia.

Siempre estuve a su lado y traté de inculcarle los mejores principios, eso no quiere decir que tratara de imponérmele, más bien fui yo quien siempre tuve que recluirme a la soledad para meditar sobre las cosas que él me planteaba. El Justiciero Solitario, como lo llaman, era mi mejor interlocutor, conversé con él toda la vida, estuve presente hasta el último momento cuando me preguntó que qué pasaría si en lugar de fallar el tiro lo dirigiera al pecho de Johnson. Vino en nuestra ayuda el sentido común quien nos dijo que eso era absurdo y que el juego terminaba de esa forma, eran las reglas. Así que convencidos acordamos hacerlo de esa manera. Yo no tengo ninguna queja contra el al principio le ponía muchas trabas para que no hiciera lo que quería, pero de inmediato me echaba un rollo filosófico que me tranquilizaba. Luego empecé a mirar las cosas como él, hablé con todos los sentidos, el alma, la justicia y la fe. Todos me dijeron que hacía lo correcto, por esa razón pasé a segundo plano y en lugar de gritar cuando algo no me gustaba, me ponía a meditar sobre el bien y el mal y comprendía lo profundo de sus actos, así que con toda razón puedo decir que estoy tranquila y libre de remordimientos.



domingo, 17 de julio de 2016

El saltamontes Rodrigo Garza

¿Cuál es el recuerdo más amargo que tienes, abuelo? —con esta pregunta banal mi nieto me sorprendió cuando estaba dormitando en el salón mientras veíamos una película de aventuras de Indiana Johns—. No sé cómo contestarte a esa pregunta, hijo mío, pero déjame recordar…Ah, sí, recuerdo el caso de un jovencito, un amigo mío, porque si no lo sabes yo también fui joven, se llamaba Rodrigo, le decíamos el saltamontes, y practicaba conmigo las artes marciales. Era muy delgado, pero su entusiasmo y perseverancia le permitían vencer a sus contrincantes, que eran muchas veces, más pesados que él. Tenía la ilusión de que lo llevaran a competir al Japón. Entrenaba como ninguno de nosotros, su amor por el kempo era tan intenso como el amor que le tenía a su madre o a sí mismo. Un buen día llegaron las eliminatorias para elegir a los combatientes que irían a Tokio.
 Los aspirantes eran más de cincuenta y se elaboró el calendario para las confrontaciones en tres etapas. Rodrigo ganó con cierta facilidad sus primeros encuentros y pasó a las eliminatorias. Entre los mejores combatientes estaba Adolfo Suarez un pesista que se había decepcionado de los levantamientos de pesos y había encontrado mejores posibilidades en la lucha oriental. Se cruzaron los caminos de Adolfo, quien pesaba más de noventa kilos y medía un metro con ochenta y cinco, y Rodrigo que era muy flaquito, tan sólo un adolescente de quince años. Aún me preguntó por qué no se dividieron las categorías de peso y se dejó una división única. El caso es que Rodrigo peleó con Adolfo y le iba ganando en puntos por la rapidez, sin embargo, Adolfo logró cogerlo y lo levantó con facilidad, luego lo azotó contra el piso y se tumbó sobre él con gran fuerza. No te puedes imaginar el horror con el que todos los presentes vieron la escena, ni mucho menos, la reacción de los espectadores y los padres del pobre chico cuando vieron que había perdido el conocimiento. Adolfo estaba como una fiera y al ver que había ganado el encuentro se puso eufórico, tenía el puesto para irse a Japón y gritaba como loco.
¿Pero qué pasó con Rodrigo, abuelo? —preguntó Arielito con lágrimas en los ojos—. Pues se quedó en una silla de ruedas y tardó muchos años en volver a andar, nunca se recuperó del todo y sólo caminaba con una armazón de hierro que le ponían en la espalda. Entonces —me dijo Arielito abrazándome con mucha fuerza—, a Rodrigo le pasó lo mismo que a ti, ¿verdad? —Sí, Arielito, exactamente lo mismo, le pasó exactamente lo mismo, pero lo logramos superar gracias a la voluntad y la perseverancia.