Escritura creativa

viernes, 3 de junio de 2016

El crítico

El crítico.

Estudió la carrera de letras porque había sido rechazado en la facultad de ingeniería. Toda la vida había luchado contra la voluntad de su padre, quien le impuso el arduo trabajo de dominar las matemáticas. Sergio lo logró con mucha dificultad y sus notas fueron muy bajas, pero suficientes para aprobar los cursos. Cuando llegó a la universidad no soportó la presión de los profesores de las ciencias exactas y habló con su padre para decirle que era inútil seguir por ese ilusorio camino y que tendría que buscarse un mejor heredero para ser el director de su empresa. El padre muy enfadado le dijo que no quería verlo más y lo echó de la casa con una pequeña sustentación que le era entregada cada fin de mes. “Si no quieres estudiar ingeniería —le reprochó—, búscate la vida como puedas”.

De esa forma Sergio empezó a dedicarse a lo que siempre había querido: la literatura. Se leyó a todos los escritores famosos que encontró, se puso retos y emprendió una cuidadosa búsqueda entre los críticos literarios para amalgamar su estilo de análisis. Encontró a Bajtín y descubrió la polifonía en las novelas de Dostoievski y lo carnavalesco, Shklovski le abrió los ojos con los conceptos de estética, leyó a Barthes, Engels y a muchos filósofos. Terminó su carrera presentando una tesis escrita con el mismo método que Vargas Llosa había empleado para su historia de un deicidio. Obtuvo un título honorífico y se fue a buscar empleo. Por desgracia, los lugares donde podía trabajar escribiendo artículos periodísticos o de crítica literaria estaban cerrados y nadie lo quiso aceptar en ninguna institución educativa pública o privada. Vivía con dificultades y sólo unos allegados, viejos amigos de juergas bohemias, le ofrecían trabajillos ocasionales y lo invitaban a comer para que no se muriera de hambre. Sergio habría podido pedirle a su padre dinero, pero el orgullo era mucho más fuerte que su necesidad. Además, como él mismo se decía, para tranquilizarse y encontrar fuerzas para sobrevivir el sufrimiento lo forjaría para ser en el futuro un respetable crítico literario y, por qué no, el autor de unos libros como Hambre de Knut Hamsun o Ante la ley de Franz Kafka.

La suerte quiso que encontrara trabajo como ayudante en un taller de escritura donde laboraban licenciados en filosofía y letras que tenían la particularidad de haber estudiado mucho y publicado poco. Por alguna razón, los miembros de esa asociación tenían un carácter muy parecido y compatibilizaban a la perfección. Les gustaba mucho tomar café, fumar y hacer citas memorables, el único defecto, a parte del egocentrismo, era que sentían un poco de rencor al encontrar entre sus concursantes personas con verdadero talento que nunca habían estudiado literatura y sólo iban al taller con la ilusión de poder escribir sus cuentos y soñar con convertirse algún día en escritores.
 Sergio enseñaba a escribir cuentos, tenía cien modelos de las mejores historias cortas de la historia, consultaba su libro de Vladimir Propp y les revelaba a sus alumnos los secretos de los cuentos populares rusos, además les hablaba de Ray Bradbury y Steven King quienes decían que la labor del escritor es ejercitarse diariamente describiendo personas, objetos, situaciones, etc. Todos sus alumnos participaban en los concursos, que el mismo taller organizaba y, por lo regular, todos ganaban con votaciones unánimes de los miembros del jurado. En el taller estaban orgullosos del trabajo realizado por todos sus miembros y el paso de los años les había dado la experiencia suficiente para reconocer un escrito triunfador con la sola lectura del título. Se celebraron muchos concursos en los que se invitó a organizaciones importantes, editoriales y librerías de renombre. Todo habría salido bien y el taller se habría mantenido por muchos años laborando, si no hubiera sido por la digresión de criterios que surgió un día que habló Sergio sobre los métodos de evaluación en los certámenes y un visitante notó que había algo raro a la hora de hacer las críticas.

—Discúlpeme —interrumpió un hombre de aspecto muy modesto—, ¿puedo preguntarle algo?
— Sí —contestó Sergio—. ¿Qué quiere saber? Dígamelo.
—Pues, mire, he leído lo que está escrito en la reseña que ha hecho el jurado y no corresponde a la historia y si corresponde está demasiado ensalzada.
—¿Cómo se atreve a decir eso? ¿No sabe que en nuestras reuniones leemos con mucha atención cada uno de los textos y hacemos un consenso arduo para llegar a una resolución?
—Sí, señor Sergio, no lo dudo, pero si me permite dar mi humilde opinión le diré que este cuento, premiado y ensalzado por el jurado, está escrito por mí y lo hice de acuerdo a las instrucciones que he recibido en el taller, pero lo ha leído un vecino mío que frecuenta una cafetería en la Plaza Cataluña y como él es escritor renombrado, me ha dicho que esto no sirve para nada y, que, si me han enseñado a escribir así, mejor debería dejar de asistir a mis clases.
Sergio se enfadó mucho y abandonó el estrado disculpándose por no poder continuar con su disertación. Entró en el cubículo donde estaban tomando café los otros miembros del taller y les comentó a sus compañeros el incidente, ellos lo único que dijeron fue que no se preocupara, que siguiera dando sus clases, que proseguirían formando escritores aficionados y que les darían los premios a quienes se los merecieran. Sergio se fue a su casa y trató de olvidar el mal rato. Comió algo y se puso a ver el fútbol. Olvidó muy pronto lo que había acontecido y volvió a sus labores habituales.

 Lo que no sabía en aquel momento era que le habían disparado la alarma que lo llevaría a realizar un cambio total de actitud en su trabajo. Pues como él y sus compañeros nunca habían publicado nada y siempre se habían remitido a los criterios, frases y opiniones de los críticos famosos a quienes tomaban como dioses, ya no se cuestionaban nada y se habían encerrado en un círculo vicioso en el que ya eran más dogmáticos que los miembros de la secta más conservadora. La exagerada cantidad de incapacitados para la escritura que asistía a los cursos los había obligado a contentarse con alguna que otra narración bien escrita para darle el primer lugar y recuperar el dinero de la premiación obligando al ganador a hacer una pequeña donación y matricularse de nuevo en los cursos. Hacía mucho que se les había formado el hábito de hacer apuestas en cada concurso, echando los dados y sacando cartas para determinar a los triunfadores gracias a un golpe de suerte. La ludopatía resulto ser más fuerte que el sentido común y, en muchas ocasiones, se tuvo que sacrificar la calidad por la cruda e irresistible orden de un naipe o seis puntos en un dado.

Recostado con sus dos gatos, Teodoro Adorno y Svetan Todorov, Sergio oyó una voz que le sonó como su la de su conciencia, pero un poco más ronca, incluso les preguntó a los mininos quién estaba hablando, pero los dos morroños se encogieron de patas y pusieron cara de asombro.
—No te hagas el tonto, soy yo—repitió la voz.
—¿Quién eres? No te pudo reconocer.
—Soy tú, pero cinco años más joven. El mismo que entró a trabajar en ese tallercito donde lo único que has hecho es aprender a jugar a los dados, las cartas y al dominó.
—¿Qué es lo que quieres?
—Sólo quería preguntarte si recuerdas estas palabras: “…le diré que este cuento premiado está escrito por mí y lo hice de acuerdo a las instrucciones que he recibido en el taller, pero lo ha leído un vecino mío que en ocasiones frecuenta una cafetería en la Plaza Cataluña y conversa conmigo. Pues, él, que es un escritor renombrado, me ha dicho que este relato no sirve para nada y, que, si me han enseñado a narrar así, mejor debería dejar de asistir a mis clases”.
—Sí, claro que las recuerdo. Las ha dicho uno de los tontos que ganó el premio esta semana en nuestro taller. ¿Cuál es el problema?
—En realidad ninguno, pero me ha quedado el deseo de saber quién es ese famoso escritor que le ha recomendado a este alumno que deje de asistir a clases.
—Y ¿para qué necesitarías saberlo?
—Pues, para nada, pero ya ves cómo es la curiosidad. Primero te dice una cosa, luego te hace preguntas, después te acosa con su persistencia y, al final, se pone tan pesada que no te deja ni dormir para que la satisfagas. Lo que ahora me temo es que ya no podrás estar tranquilo hasta que vayas a ver quién es ese escritor que habló con tu alumno.

Sergio no hizo caso de lo que había oído y siguió con sus actividades normales. No notó ninguna alteración en su rutina, hasta que se vio una mañana paseando cerca de la Plaza Cataluña buscando una cara en particular. Entonces se dio cuenta de que la maldita conciencia lo había estado atosigando durante las noches, le había quitado el sueño y lo había obligado a levantarse, después de una mala noche, a recorrer las cafeterías para descubrir quién era el escritorzuelo que había hecho una mala crítica de su trabajo. No era exactamente así, pero el que le dijeran que el cuento de uno de sus alumnos era malo, le había herido un poco. Buscó entre los clientes a alguien que se distinguiera en la forma de comer su cruasán con café, su forma de mirar y, sobre todo, su actitud ante las páginas de un diario o un cuadernillo de notas. No tuvo que buscar mucho porque apareció la aplanada cara de su alumno sonriéndole. El dueño de ese rostro de tipo chino estaba acompañado de un hombre de unos cincuenta años que llevaba un pañuelo de seda enrollado en el cuello, camisa de color carmesí y pantalones blancos que cumplía con todas las características de intelectual refinado.

—Hola, señor Sergio. ¡Qué sorpresa!
—Hola Huang, ¿qué tal estás?
—Bien, mire, este es el escritor del que le hablé —dijo el hombre con acento andaluz—, se llama Ebrody Sca Lanté.
—Encantado— exclamó el escritor extendiendo la mano derecha y señalando con la izquierda un sitio libre para que se sentara Sergio—. ¿Toma algo?
—Sí, un café con un cruasán por favor. Ah, ¿está leyendo el país? Entonces, otro para mí.
—Oiga, Sergio, mi amigo Juan me ha hablado mucho de usted. Dice que es un buen profesor, que el cuento se le da muy bien y que haría bien en escribir. Sin embargo, tengo la impresión de que en su taller no se dedican a escribir en serio.
—Quizás sea porque desconozca el funcionamiento de nuestras clases, las tareas con las que ayudamos a los alumnos a superarse y los demás trabajos que hemos premiado.
—¿Sabe? Le voy a confesar una cosa. Yo mismo he participado con un nombre falso en los certámenes de su escuelita y estoy muy decepcionado. No entiendo cómo pueden pasar por alto algunos buenos trabajos. Para que esté al tanto le diré que en el concurso de novela entré con la historia, copiada con puntos y comas, de Tiempos de codicia de Mario Sueñas y ocupé el penúltimo lugar. Al principio, creí que se habían dado cuenta los del jurado y por cortesía no me habían llamado la atención, pero me arriesgué escribiendo citas de ese autor tan famoso y todas pasaron desapercibidas, luego mandé cartas haciendo observaciones y análisis de las pocas obras que valían la pena, incluso en los comentarios y en los foros hablé de las aportaciones reveladoras de los escritores noveles, subrayé el empleo de las voces en los relatos, las bien logradas estructuras de las novelas, la importancia del tiempo en algunas obras. Hice un trabajo titánico y al final ganó un desconocido que se había copiado la serie de “Los muertos rotantes”, en partículas los capítulos tres, cuatro y cinco de la segunda temporada. ¿Qué me puede decir al respecto?
—¿Cómo se atreve a decir eso? ¿No sabe que en nuestras reuniones leemos con mucha atención cada uno de los textos y hacemos un gran consenso para llegar a una resolución? —Entonces, por alguna razón de las extrañas reglas del espacio real y la ficción, Sergio oyó que su voz interior, esa que le había hablado de la curiosidad, le decía las siguientes palabras: “Oye, cabrón, eso ya lo dijiste y siempre lo repites cuando te enfadas”.
—¿Lo ha escuchado? —preguntó el escritor acomodándose su hermoso pañuelo en el cuello y sin dirigirle la mirada.
—¿Qué es todo esto? ¡Explíqueme! ¿Cómo sabe usted, quién me habla por dentro?
—No se ponga así, señor Sergio, ¿ha leído el cuento de Enoch Soames? Seguro que sí, pero esto no va de eso. Aunque los temas siempre se repiten y los escritores renacen en otros, un poco cambiados y con otra apariencia, y yo podría ser Max Beerbohm pero…No lo soy, no se preocupe,  lo único que le pido es que vaya a su trabajo y busque en su página de Internet lo que le he comentado ahora.

Sergio se despidió de su alumno y del escritor y se fue apresurado a las oficinas del taller. Entró en el cubículo donde estaban tomando café los otros miembros del taller y les comentó a sus compañeros el incidente, pero esta vez los vio diferentes cuando le dijeron que no se preocupara, que siguiera dando sus clases, que proseguirían formando escritores aficionados y que les darían los premios a quien se los mereciera. Sergio reaccionó de forma violenta y les dijo que eran unos zánganos, que habían dejado de trabajar hacía mucho tiempo y que les iba a demostrar que todo lo despreciable de su trabajo. Abrió los foros de las participaciones de los certámenes, les leyó en voz alta las críticas de algunos usuarios y apuntó sus nombres, luego abrió la base de datos y revisó sus correos, con pasos seguros y certeras búsquedas, que era ejecutadas como por arte de magia o por la dirección de un ser experto en informática, fueron saliendo los perfiles falsos, las cuentas duplicadas, las votaciones manipuladas con un programa especial, incluso las palabras de ellos mismos se habían transformado en otras. El único que reaccionaba ante el caos era él porque sus compañeros permanecían apacibles e indiferentes.
—Pero ¿qué les pasa?  —preguntaron los dos Sergios, el esbelto con peinado de brillantina de hacía cinco años y el gordo, desaliñado y refunfuñón de ahora.
—Nada, ¿qué habría de pasarnos? —balbucearon sus colegas, mientras se retorcían por causa de un hábito añejo, las barbas de chivo. Las mujeres, secretarias y profesoras, se levantaban los sostenes masajeándose las tetas como si se dispusieran a salir de allí.
—¡¿Cómo es posible que hayamos llegado a este grado de indiferencia y hastío?! ¡No es posible seguir así! —sus compañeros lo miraron con indiferencia y agitaron las manos como si quisieran matar unas moscas o se santiguaran.

Sergio se fue enfurecido y se olvidó de regresar al trabajo. Luego se le vio conversando con dos hombres, uno de aspecto refinado y otro de cara muy redonda. Había cambiado y su apariencia era la de aquel Sergio que varios años atrás se había peinado el pelo con gomina, se ponía trajes de pana y citaba las frases de sus escritores preferidos. Un poco después comenzó a escribir un libro al que le dedicó muchos años de trabajo y le puso el título de “Gato escamado” al culminarlo lo firmó con el seudónimo de Guizazo Lam Pelusa.


La gente comenta la historia de Sergio porque se reconcilió con su padre, se puso a estudiar cosas de provecho y se casó con una extranjera muy guapa. Tuvo hijos mulatos de ojos verdes y pelo liso que destacaron en el fútbol profesional. Se retiró no muy mayor y con las buenas arcas que heredó de su padre se permitió vivir de forma holgada y leer a sus escritores preferidos.

miércoles, 25 de mayo de 2016

La congregación de las tigresas blancas

¿Hace mucho que conocías a Casandra? —le pregunté a Martín, quien era cliente distinguido en la casa de citas de doña Leonor o la Emperatriz Dorada, como le decían en el barrio. Bueno, a decir verdad—contestó con su aspecto apacible de siempre—, llevaba visitándola más de dos años. Pero, ¿cómo la conociste? —le interrumpí precipitado por la curiosidad—. Fue a través de José Hermilo, él fue quien me llevó por primera vez. Todavía recuerdo cómo hice mi primera visita al Templo Plateado.
 Eran más o menos las siete de la tarde y me recibió doña Leonor. Iba con una bata de imitación seda de color rojo con unos dragones, no se veía mal y hasta creí que ella era una de las chicas que prestaban los servicios allí. Cuando le pregunté a Hermilo si era una de las trabajadoras, se rió como loco. Luego, doña Leonor me dio las gracias por el cumplido, me clavó sus penetrantes ojos verdes como si quisiera hipnotizarme o descubrir algo en mi cabeza y me pidió que la esperara un momento. 

Me senté en un sofá y me quedé viendo la decoración. Todo era de China. Los farolitos de papel, el incienso, los cuadros, los jarrones y la vajilla. Había trajes de artes marciales y un montón de cosas de oriente porque el salón era muy amplio. Bueno, tú conocías la casa por fuera. Adentro había seis habitaciones y en el jardín de atrás descansan las muchachas. Allí meditaban y recibían sus lecciones de la secta. Luego me mostraron a seis chicas que llevaban un peinado sujetado con unos palillos como se ve en los cuadros orientales. Tenían la apariencia de adolescentes y le pregunté a la Emperatriz Dorada si no sería un delito acostarse con niñas, pero ella me dijo que ya eran mayores y que gracias a la filosofía de Hsi Lai se conservaban jóvenes. Les ordenó que se quitaran la bata de seda y quedaron todas semi desnudas frente a mí. Ninguna de ellas me miró y se quedaron como estatuas de piedra. La que me atrajo con una fuerza muy extraña fue Casandra. Le dije a la dueña que quería estar con esa joven de color almendra y ojos de color azabache. “¿Tendrás que pasar la prueba de iniciación —dijo doña Leonor—, si no estás capacitado y cometes una imprudencia jamás volverás aquí, está claro?”

Yo le dije que estaba de acuerdo y entonces me dieron una cucharada de lo que decían, era chocolate, después supe que era opio con azúcar. Mientras el narcótico me hacía efecto, la Emperatriz Dorada me dijo que las chicas estaban dedicadas a la iniciación espiritual, que la energía sexual del acto era muy importante para ellas, que era la fuerza que las integraba al universo y que las hacía rejuvenecer. Le creí todo lo que me dijo, aunque en mi interior la voz del sentido común me decía que eran puras patrañas, sin embargo, estaba obsesionado ya con la chica, incluso me la imaginé en la cama haciéndome el amor como una geisha, pero doña Leonor me dijo que sólo podría estar con ella unido sexualmente si era lo suficientemente adecuado para ello. Además, me advirtió que si lo lograba tendría derecho a poseerla una vez por semana y que debía cambiar mis hábitos y mi dieta. El sermón duró más de media hora y cuando lo había comprendido todo me hicieron pasar a una habitación de la segunda planta. Allí había una decoración con tonos azules, cigüeñas y había un olor dulce de cuerpo lácteo, no se sentía el incienso y había una energía especial en el aíre, era como una ola tibia de energía. Entró Casandra y me pidió que me duchara. 
Cinco minutos después, salí y me recostó en una cama de madera que no tenía colchón, sólo tenía una gruesa colchoneta. Esperé que ella empezara su rito. Me cubrió la cara con una sábana para que no la viera, me ató las manos con una cinta de seda y comenzó a acariciarme. No pude evitar una erección, pensé que pronto se montaría encima de mí, pero se limitó a acariciarme y me llevó a un grado extremo de excitación. Cuando finalmente terminé, ella entró en trance y dándose un masaje en la cara y el cuerpo con mi leche se puso a cantar una melodía en chino. Se vistió y se fue. Me quedé muy desconcertado porque el placer había sido tanto que no lamenté el no haberla poseído, además ella se transformó al recibir mi esperma, tuve la impresión de que había rejuvenecido gracias a los impulsos de mi vientre. Antes de salir, le pagué por los servicios a doña Leonor y esperé a Francisco que venía muy contento porque había copulado con una chica con la que mantenía relaciones cuando Casandra estaba ocupada. Desde ese día comencé a seguir las instrucciones que me daban en el Templo Plateado. 
No tenía permiso de hablar sobre el sitio y si quería llevar a alguien primero tenía que pedir la autorización de la dueña. Me fui acostumbrando a las visitas y la compañía de Casandra se convirtió en el único objetivo de mi vida. Ella sólo hablaba conmigo para darme instrucciones y me transmitía todos sus mensajes a través de sus caricias y miradas previas. Me lo había advertido doña Leonor, estaba prohibido hablarles porque eso entorpecía el buen desarrollo de las chicas. Unos meses después de mi primera visita pude por fin unirme a Casandra. Fue una experiencia muy rara. Primero, no me dejó terminar dentro de ella, después se dedicó más a la felación que a follar y durante la penetración no experimenté más que la tortura de una extrema provocación y la espera, por último, su trance duró más de lo acostumbrado y esta vez sí noté los cambios en su piel y su cara. ¿Cuántos años tiene? —le pregunté a doña Leonor—. Cuarenta—contestó con orgullo—, es sorprendente, ¿verdad? —Me quedé frío al saber que la joven adolescente con quien ya mantenía una relación simbiótica, fuera una mujer madura. Estuve dándole vueltas a la cabeza todo un mes y no pude comprender nada. Busqué especialistas en cultura china y un acupunturista que había estado en Pekín me habló por primera vez de la secta de las tigresas blancas de la antigüedad.

“Es una filosofía muy antigua, ¿sabe? Se remonta al año 2500 a.c. y el objetivo es recobrar la juventud a través de la energía sexual que les transmite el hombre en el momento de eyacular, sólo que ellas provocan el flujo de energía con ayuda de las felaciones. Según decían en la antigüedad la hembra de tigre blanca es representante de yin, lo contrario o complementario del yan, y necesita más de cien copulaciones para quedar preñada. Además, por su aspecto es muy sensual, incita al hombre hasta volverlo loco de pasión. Se supone que las sectas de ese tipo no existen y es imposible encontrar representantes que sean en realidad tigresas blancas, sin embargo, hay quien ha intentado encontrarlas. ¿Conoce a Valerie Tasso? ¿No? Pues, esa escritora de libros eróticos se hizo a la tarea de encontrarlas y sólo pudo contactar a una escritora americana de origen oriental de nombre Jade Lee que tiene unos libros con los títulos de tigresas blancas y no sé qué más. Sin embargo, la representante que cuenta todo sobre la primera tigresa blanca, es Hsi Lai, una cortesana de la antigua China que conocía todos los secretos de la fuente de la juventud. Una de las técnicas de sugestión que aplican es la de volver a sentirse adolescentes y experimentar la curiosidad de la primera vez, eso las ayuda a retardar el envejecimiento, hay quien dice que muchas ancianas de setenta años siguen reglando, pero se supone que biológicamente es imposible. Las etapas son tres: la restauración, en la que tienen durante tres años el mayor número de felaciones; luego la conservación, en la que obtienen la energía vital chin; y, por último, el refinamiento, que llega después de nueve años de constantes prácticas. Los niveles superiores hablan de una relación más complicada porque la tigresa puede tener un mecenas con el que puede tener relaciones sexuales una vez a la semana, es llamado dragón de jade, éste hombre puede presenciar las relaciones de la tigresa oculto para que no lo vean, la única condición es que no debe ni masturbarse ni eyacular para mantener la energía suficiente en su próximo encuentro sexual. ¿Pero por qué precisamente la felación? —le pregunté al pequeño hombre con traje de seda, cara de ratón y larguísima coleta—. Mire, la saliva lleva muchos nutrientes y al chupar, la mujer extrae el líquido seminal, llamada lágrima de dragón, la cual lleva muchos nutrientes, luego con el semen hay como una germinación de la mujer completa quien se convierte en un enorme óvulo que espera que la preñe el esperma, sin embargo, eso es imposible, pero la piel se restablece al cien por ciento porque queda inyectada de nueva materia joven. ¿Entiende? Y, por último, está la conexión de la mujer excitada con el momento de la eyaculación que sería el hilo que une a la mujer con el origen de la vida. Lo que respecta a la preparación física, se requiere que la tigresa sea elástica, que medite sobre su cuerpo y se pueda hacer un cunnilingus si fuera necesario. Las prácticas sexuales de las tigresas están reguladas por normas muy estrictas, pero se les permite tener orgias y relaciones heterosexuales. Querido amigo—dijo para terminar su explicación—, si usted ha encontrado una secta de tigresas blancas, disfrútela y goce hasta que pueda hacerlo porque llegará el momento en que le chupen toda la energía y de un día para otro se verá usted como una momia. ¿Qué significa, eso? —inquirí—. Eso significa que, si no logra convertirse en el dragón de jade de su amada, ella lo devorará. Le pagué por la consulta y me fui muy desconcertado”.

Pasaron unos meses y seguí dependiendo de mis encuentros con Casandra, pero noté una mañana que mi cuerpo había perdido vitalidad y que tenía menos peso que cuando era adolescente. Traté de no aparecerme por el Templo Plateado, pero por las noches una fuerza misteriosa me obligaba a volver una y otra vez. Empecé a buscar un antídoto para contrarrestar la fuerza que me estaba arrastrando al precipicio. Leí tratados de filosofía china, las teorías de Confucio y todo lo que caía en mis manos que tuviera relación con la cultura china. De esa forma cayó en mis manos un libro de Yashunari Kawabata, “La casa de las bellas durmientes”, en ese escrito se hablaba de unos hombres ancianos que iban a dormir con mujeres jóvenes vírgenes para rejuvenecerse y gozar de la tibieza de sus cuerpos mientras estas dormían y de allí me surgió la idea de salvación. El principio era muy sencillo, pues si por un lado Casandra me estaba exprimiendo toda la energía sin concederme el papel de su dragón de jade, entonces yo podía recuperar la fuerza vital perdida acostándome con pequeñas doncellas que me proporcionaran la vitalidad que necesitaba. 
Fue por esa razón que comencé a buscar chicas adolescentes a las que engatusaba y drogaba para que se durmieran y yo pudiera sacar la energía que me salvaría. El sistema dio resultado, me sentí con vitalidad, recobré peso y consistencia, pero Casandra lo notó y agrandó el canal de succión, entonces tuve que buscar con desesperación la clorofila vital, sin embargo, no fue posible. Me resigné al final irremediable que me esperaba.

Un día Casandra me dijo que ya no me necesitaba. Al principio me puse feliz y me juré a mí mismo no volver a ver jamás a doña Leonor. Lo malo es que no lo pude soportar, me había acostumbrado tanto a mi amante que ya no podía vivir sin ella y comprendí que al final esa era la forma en que había decidido matarme. Con la abstinencia el martirio me llevaría a la muerte. No podía dejar de pensar en ella y fui a hablar con doña Leonor. Le dije que si no me permitía seguir con Casandra le quemaría la casa. Ella se negó a escucharme y entonces para realizar mi plan comencé a rondar todos los días el Templo Plateado para saber cuándo sería más fácil actuar. Fui descubriendo algunas anomalías, pues salían de ahí muchos hombres y nunca vi a ninguna mujer salir a la calle, ni siquiera doña Leonor salía y se me hizo muy raro. Luego me di cuenta de que entraban muchos travestis a la casa, también hombres maduros y hasta algunos con apariencia de ricachones o sacerdotes. Tentado por la curiosidad y un poco de celos por culpa de Casandra, me salté la barda del jardín y me subí con una escalera que estaba por allí arrumbada para ver lo que hacían en la segunda planta. Por una rendija que había entre las cortinas vi que un hombre estaba acostado en la misma cama de madera en la que siempre me unía a Casandra. Una chica con apariencia de hombre joven le puso una sábana para que no la viera acariciarlo y cuando se suponía que debía empezar a hacerle la felación, apareció de un biombo dorado un hombre de unos treinta años y empezó a acariciar al cliente, luego se subió sobre él y comenzó a subir y bajar la cadera como si fuera una mujer, en el momento de la eyaculación, la joven se acercó y puso la cara para que se le chorreara de semen. Descubrió la cara del cliente y este hizo la tradicional señal del dragón agradeciéndole el placer recibido. La chica pasó cerca de la ventana y vi su rostro. ¡Era Casandra!!No te puedes imaginar la impresión que me lleve! Estuve a punto de caerme de la escalera al darme cuenta de que era un macho. 
Bajé muy enfadado y salté la barda decidido a quemar ese maldito lugar. Mientras regaba la gasolina del bidón por todos lados pensaba en las veces que había creído que quien me tocaba era una joven y resultó que esos dos años había estado siendo masturbado, ultrajado y fornicado por travestis. No podía contenerme, le encendí fuego a la casa y vi cómo salían del interior los mustios disfrazados de geishas. Comencé a golpearlos y a la tal doña Leonor, que era un tipo con operaciones de cirugía plástica, le rompí la cara a puñetazos. Después cogí un palo que encontré tirado cerca de allí y cuando el tal Casandra salió, le di un golpe en la cabeza tan fuerte que lo mandé al otro mundo. Fue un arrebato de locura, estaba fuera de mí. No pude controlar mis impulsos y seguí golpeándolos a todos. Cuando se me acabaron las fuerzas me detuve y eché correr como loco.

Esa es señor juez, la versión de los hechos que me contó el mismo Martín. No sé cuánto pueda cambiar su destino, pero de lo que si estoy seguro es de que sufrió un engaño que lo llevó a cometer los crímenes de los que se le acusa. Si mató fue por ese ataque de furia que no pudo controlar y además el famoso Templo Plateado siempre fue un sitio que funcionó de forma clandestina. Era una fuente de contagio de enfermedades venéreas, de perversión y estafas. Habían inventado ese cuento chino de las tigresas blancas para atraer a los clientes y usarlos para su satisfacción. ¿Usted cómo habría reaccionado Sr. Juez?


domingo, 13 de marzo de 2016

Micro-fábulas.

Fábulas


Gato confiado.


Al volver de su campaña, el gato rey se encontró con la noticia de que la reina lo engañaba. De inmediato ordenó que ejecutaran al insolente amante de su esposa y para que ella escarmentara, metió la cabeza en formol y la puso en una repisa enfrente de la cama nupcial. Todas las noches, antes de dormirse, el soberano le recordaba a su cónyuge las consecuencias funestas de la infidelidad. Sucedió que un buen día el gato volvió de una importante visita a sus homólogos, se dirigió a su alcoba y al abrir la puerta vio que había una cantidad enorme de cabezas de gatos dentro de tarros de alcohol. Muy indignado mandó llamar a su mujer para exigirle una explicación. Ella le dijo que había aprendido la lección, que la infidelidad traía graves consecuencias y que sus amantes tenían que sufrirlas.


Moraleja: Cerciórate de que se te ha entendido correctamente, pues una mala interpretación de tus palabras puede acarrearte problemas desagradables.




El lince traductor.

Un día el águila fue a hablar con los conejos para someterlos. Como se podían comunicar sólo a través de un traductor, llamaron al lince que dominaba las dos lenguas. En el encuentro el ave rapaz, que era un pájaro inmisericorde y se disponía, en breve, a invadir y esclavizar a sus vecinos, resumió su discurso en diez puntos que fueron los siguientes:

1.Las montañas están tan sólo a unos kilómetros de aquí, pero para llegar a este sitio hemos tenido que evitar todos los árboles que habéis puesto para que no podamos encontraros. Os pedimos que los derribéis.

El lince tradujo: Las montañas están a unos kilómetros de aquí, por eso no representan ningún peligro, os pedimos que tiréis los árboles y gocéis de la luz del sol.

2.He venido aquí para informaros de que debéis someteros o comenzará la guerra.

El lince tradujo: He venido aquí con el fin de deciros que no os someteré con la guerra.

3.En muchos sentidos hemos compartido la misma sangre, por eso tenéis que sacrificaros.

El lince tradujo: Compartiremos la misma sangre porque en muchos sentidos somos como hermanos.

4.Nuestros pueblos son adversarios, pero si os reproducís con más frecuencia y nos abastecéis de alimento, podréis andar por cualquier sitio con plena libertad.

El lince tradujo: Tendréis mucha libertad y podréis andar donde queráis, reproduciros y creced.

5.Lo que estábamos haciendo era erróneo, así nos condenábamos a la muerte, por eso queremos advertirles de nuestra implacable estrategia.

El lince tradujo: Lo que estábamos haciendo era erróneo, así nos condenábamos todos, por eso queremos compartirles nuestra nueva estrategia.

 6.Siempre he creído en la urgencia feroz, debéis entenderlo.

El lince tradujo: Nunca he creído en la urgencia feroz, debéis entenderlo.

7.Tengo esperanza porque sois innovadores y encontraréis la forma de satisfacernos.

El lince tradujo: Sois innovadores y encontraréis la forma de satisfaceros.

8.Desde las montañas hemos visto cómo, en momentos de crisis os habéis fortificado, pero ya no es necesario. Os someteréis, eso está claro.

El lince tradujo: Desde las montañas hemos visto cómo, en momentos de crisis os habéis fortificado, pero ya no es necesario. No os someteréis, eso está claro.

9.Desde hace mucho nos hemos enfrentado a enemigos invisibles, conozco la historia, pero me niego a verme atrapado en ella.
El lince tradujo: Desde hace mucho nos hemos enfrentado juntos a enemigos invisibles, conozco la historia, pero la niego para no vernos atrapados en ella.

10.He dejado claro que las águilas tenemos la capacidad y la intención de imponer los cambios, lo que no cambie se atañerá a vuestro pueblo.

El lince tradujo: He dejado claro que las águilas no tenemos la capacidad ni la intención de imponer los cambios. Lo que cambie dependerá de vuestro pueblo.

Terminada la participación del mandatario, se firmaron todos los acuerdos y un mes después entre linces y águilas se repartieron el botín. Los conejos tuvieron que reproducirse sin descanso para satisfacer la avaricia de los astutos felinos y las rapaces aves.


Moraleja: Si vas a realizar acuerdos, cerciórate de que quién te los comunique sea la persona adecuada y esté capacitada para hacerlo porque los errores serían fatales y los malos entendidos también.


El cánido indiscreto.

A su regreso del país vecino le preguntaron al chacal qué pensaba del oso, a lo que respondió que le parecía asombroso que en el encuentro que habían tenido, el importante plantígrado fuera precedido de los asesinos de su abuelo, seguido por los asesinos de su padre y rodeado por sus enemigos que pronto lo traicionarían. Por fortuna, estas palabras llegaron a los oídos del oso e impidieron que lo mataran, sin embargo, el chacal murió asesinado un mes después de su retorno porque si bien conocía la historia del país vecino, desconocía la propia e ignoraba que junto con él estaban los zorros y lobos que habían matado a su abuelo y padre, y que, además, al oír sus declaraciones optaron por liquidarlo, antes de que comprendiera quiénes eran sus allegados.


Moraleja: Cuando abras la boca fíjate bien ante quien hablas y cuida tus palabras, no sea que le despiertes malos pensamientos a tus interlocutores.



El rinoceronte presumido.

Había una vez un rinoceronte que estaba descontento con los búfagos que tenía que llevar a cuestas, aunque no eran pesados, le molestaban porque las hembras a las que quería conquistar en lugar de ponerle atención a él, le elogiaban todo el tiempo a sus pájaros. En una ocasión el paquidermo se hartó del insaciable apetito de las aves que, además, lo hostigaban chupándole la sangre de sus heridas cuando las tenía. Dispuesto a librarse de ellas las echó a todas y les dijo que ya no las necesitaba. Pasó el tiempo y el pobre animal se llenó de garrapatas, escarabajos y demás bichos que se daban la gran vida con la piel desprotegida del pobre cuadrúpedo. Recapacitó y fue en busca de sus colaboradoras, pero éstas ya no quisieron volver y se tuvo que resignar a llevar una existencia paupérrima y degradante. Murió pronto porque contrajo infecciones muy fuertes y ni siquiera los chacales o los buitres tuvieron el valor de acercarse a su cadáver.


Moraleja: No desprecies el cuidado que te brindan tus allegados y perdona las faltas que puedan tener, pues tal vez tu condición no sería la misma si ellos te faltaran.


La rémora asceta.

Un día un tiburón cazó un gran pez y se lo regaló a su sirviente, éste sorprendido por el regalo le dijo a su amo que no podía aceptarlo porque era demasiado para él y no se lo podría comer. Entonces el escualo le preguntó a su lastre que si no tenía amigos. ¡Por supuesto que los tengo! —respondió la pequeña y fiel rémora. Entonces, ¿por qué no compartes con ellos lo que te he dado? Yo comparto con mis amigos lo que tengo, por eso me quieren y respetan en cambio tú sólo vives a mis costillas. Apenada se fue la rémora a repartir lo que le habían regalado.

Moraleja: Por más modesto, servil y fiel que seas, no olvides que tienes relaciones con seres más ambicioso y emprendedores que podrían recriminar tu conducta, aunque esta sea buena.


León desconfiado.

Se encontraba el león en su campaña contra los lobos cuando cayó enfermo. Su médico de cabecera había probado por todos los medios curarlo lo más pronto posible, sin embargo, su consejo era que el rey de la selva permaneciera en reposo unos días mientras pasaba lo más grave de la enfermedad. Como el gran felino quería ponerse en pie y comenzar su ataque, mandó pedir otro doctor. Llegó un zorro que había presentado sus credenciales como el mejor especialista de la región y le dio de tomar un jarabe que según decía la astuta alimaña, era milagroso. Una vez que el león probó el mejunje se durmió y no volvió a despertar. Sin su mando el ejército perdió las batallas y al final de la guerra, se tuvo que pagar una enorme compensación a los enemigos. El doctor personal del león se lamentaba porque sabía que si se le hubiera hecho caso, las cosas habrían ido en otra dirección.


Moraleja: No desconfíes de los consejos de los que te son fieles y desean lo mejor para ti. Cuando desees hacer algo importante cuídate de quien te ofrezca una mejor solución que la de tus amigos de confianza.


La elección errónea.

 Un día, se presentaron al puesto de dirigentes el lobo y la hiena. El primero, fue crudo y realista, desde el principio dijo que era probable que se tuvieran que sacrificar las ovejas y llevar una vida austera para poder sobrevivir bajo las difíciles condiciones que les acaecían. Ante el temor de que fueran más agredidos de lo que se esperaba, los ovinos apoyaron a la hiena, quien durante la campaña había hecho bromas y muchas promesas, además su conducta había sido más la de un payaso que la de un futuro líder; así la amarillenta carroñera obtuvo el triunfo. En cuanto tomó el cargo, empezó a sacrificar carneros y realizó negocios clandestinos vendiéndoles carne y lana a los enemigos de sus opositores. Con el paso del tiempo se implantó una dictadura y jamás hubo nuevas elecciones.

 Moraleja: Más vale un lobo sincero, que una hiena hipócrita.



Infidelidad arriesgada.

Un día, el loro cansado de sus relaciones rutinarias con su pareja, decidió seducir a la cacatúa. Ésta aceptó y unos días después, por la falta de discreción de la emplumada gárrula, la cotorra se enteró de la infidelidad de su marido. ¡Eres un imbécil! —le gritó enfadada. No sólo has manchado mi prestigio, sino que has puesto en boca de todos, el problema de tu impotencia sexual. Ahora, ¿podrías decirme cómo me voy a quitar de encima a los vecinos que están en brama y no dejan de perseguirme?

Moraleja: Si vas a engañar a tu pareja, fíjate con quién lo haces y prevé las consecuencias, no sea que pierdas a tu pareja y tu reputación.


La amante poco comprensiva.


Un mono asaltado por la ira, decidió separarse de su esposa. En cuanto obtuvo la libertad se fue a ver a su amante para proponerle que se casara con él. A lo que la mona le contestó:

“Si piensas que soy tan estúpida para irme a vivir con un mono imbécil que habla mal de su mujer, que no respeta a sus compañeros del trabajo, que roba, engaña y, que además, es un fracaso en la cama, estás muy equivocado. Ya puedes irte a buscar otra tonta que te aguante. !Una vez a la semana está bien, pero casados sería una tortura!”.


Moraleja: Antes de dejar lo que tienes por algo más prometedor, comprueba que tu decisión es la correcta, no sea que te quedes sin nada.







Monos swinger.

Era costumbre en ese grupo de primates intercambiar a las esposas para mediar los conflictos. Cada vez que había una discusión que generaba violencia, los monos, en lugar de partirse la cara a golpes iban por su mujer y se la entregaban al contrincante. Había un macaco muy astuto que había tenido la mala suerte de casarse con una mona fea, así que buscó a un chango que tuviera una esposa muy guapa para hacer un intercambio. Lo encontró y empezó a discutir con él hasta que los humos se calentaron, entonces el audaz macaco se fue por su esposa, pero cuando llegó, el otro, que ya había visto a la fea mona que le traían, decidió hacer las paces para no darle a su guapa mujer. Pasaron los días y el mono desesperado porque no encontraba con quien discutir para acostarse con otra hembra, chocó con un cocodrilo y empezó a discutir. Cuando la discusión iba a pasar a mayores el mono le contó la tradición del intercambio de esposas en esa región. El cocodrilo estuvo de acuerdo, pero al hacer el cambalache, la hembra de cocodrilo se lo comió y a su mona se la devoró el cocodrilo.

Moraleja: Fíjate bien con quién pactas y no te dejes llevar por tu deseo porque las conductas engañosas te pueden llevar a la perdición.



Contrincante traidor.

Dos gallos intercambiaban sus gallinas cada vez que tenían alguna rencilla, de esa manera solventaban las asperezas que surgían entre ellos. Con el tiempo, esa costumbre se hizo tan habitual que ya ni siquiera hacía falta enfadarse entre ellos para gozar de las compañeras del otro, pero un día uno de los gallos enfermó y se dio cuenta de que su compañero seguía acostándose con las gallinas propias y las ajenas. Enfurecido por el abuso, cuando sanó fue a ver a su vecino y le prohibió que volviera a tocar a sus gallinas. Desde entonces los dos gallos no se hablan.


Moraleja: Nunca te olvides de los principios de urbanidad, pues al olvidarlos cuando se tiene cierta comodidad podemos provocar la ira de otros.



La falsa cocinera que aprendió a preparar.

La gallina sabía que ninguno de los animales de la granja la ayudaría a preparar las crepas, por eso iba directamente a los corrales, estanques y chiqueros y pedía ayuda, al obtener la respuesta negativa sonreía satisfecha y volvía a su gallinero para ponerse a descansar. Cuando los curiosos, después de media hora, iban a preguntarle por las crepas, ella decía que ya se las había comido. Sucedió que un día la cerdita se ofreció a ayudarle, pero cuando estaban cocinando se dio cuenta de que la gallina desconocía por completo la receta, así que se marchó, pero la gallina, entretenida como estaba, no se percató de la llegada de los demás animales que ni faltos ni perezosos empezaron a comerse las crepas, no les gustaron para nada y se retiraron criticando a la cocinera. Desde ese día la gallina se prometió a sí misma preparar bien, lo logró pronto, pero ya nadie quiso probar su comida.


Moraleja: Es malo hacer juicios a priori porque las circunstancias podrían cambiar, sin embargo, los juicios anticipados pueden servir de obstáculo para apreciar las cosas.



Las ovejas acomedidas.

Unas ovejas bien organizadas, que vivían con prosperidad, se dieron cuenta de que en el país vecino había muchos conflictos entre los roedores por causa de un conejo inmisericorde que los maltrataba y humillaba. El gobierno ovino creó una política de apoyo, se construyeron refugios y se destinaron algunas parcelas de hortalizas para que los roedores pudieran emigrar, vivir y criar a sus gazapos en condiciones mejores. Poco a poco comenzaron a llegar los lagomorfos. Al principio su conducta era modesta, pero dos años después, reclamaban muchos derechos y no dejaban de reproducirse. El líder ovino decidió ir a hablar con el gobernador vecino y le planteó su problema. El conejo mayor dijo que él no se hacía cargo de los apátridas y exiliados y que ese era su problema, pues era el carnero quien había ofrecido los refugios a los disidentes. No hubo más remedio que reunir a los consejeros cuadrúpedos para tomar una decisión. El plan fue llamar a los zorros para que a discreción se comieran a los conejos. Todo salió a pedir de boca, pero los carneros tuvieron que aceptar que de vez en cuando las alimañas se llevaran algunos de sus corderos. “Bueno, no hay mal que por bien no venga” —se decían los carneros.

Moraleja: Ayudar es bueno ya lo dice el dicho: Haz un bien y no veas a quien. Cuando ayudes cerciórate de que la forma, en la medida de lo posible, sea la más correcta y menos perjudicial para ti.


Juicio al impostor.


Un guepardo fue llevado a juicio porque las hienas no estaban de acuerdo en que se hubiera asociado con el león para que ellas no le pudieran quitar sus presas. 

—Mire, señor juez, nosotros tenemos que correr a gran velocidad para atrapar a las gacelas. Cuando conseguimos coger a nuestra presa, llegan estas señoras apestosas y nos quitan el alimento porque se unen en jauría y nos atacan cuando estamos recuperándonos del esfuerzo que hemos tenido que hacer.

—Bien. Le entiendo perfectamente —dijo el mono que hacía de juez—, pero, ¿para qué se asoció con el león teniendo más allegados de su propia clase, es decir, sus compañeros guepardos?

—Es que los felinos tenemos el defecto de ser muy independientes, señor juez, y nos cuesta trabajo ponernos de acuerdo entre nosotros.

—Pues, lamento decirle que es usted culpable de su propia desgracia, puesto que lo normal sería que se asociara con sus compañeros al igual que lo hacen las hienas entre sí. 

—Pero, las hienas son traidoras, aprovechadas y nefastas, señor juez.

—Con todo y eso — dijo el primate sonriendo—, son solidarias entre ellas y por lo tanto no buscan tener ventaja asociándose con otros animales. Queda usted arrestado y si no quiere que lo condenen, rompa el acuerdo con el león y convenza a sus compañeros de unirse con usted.

El guepardo rompió el acuerdo con el rey de la selva, pero no pudo convencer a sus compañeros de cazar juntos, así que tuvo que seguir cogiendo presas en solitario y soportar que las hienas le quitaran su comida.

Moraleja: Cuando emprendas un plan, analiza bien todos los puntos porque si algo falla y te ves en una dificultad, es posible que hasta los más injustos aparenten ser más endebles que tú.



La astuta catarinita.

Un talentoso poeta pulgón se enamoró tanto de una catarina que empezó a escribirle versos. Cuando ya tenía un romancero preparado y corregido se lustró las alas, se limpió las patas y se arregló para impresionar a su amada. Se fue a verla y durante su trayecto le fue comunicando a sus compañeros ápteros que iba en pos de la más bella hembra de la naturaleza. Hubo quien trató de persuadirlo de su objetivo, pero tan enamorado estaba que el deseo y la pasión lo cegaban.

 “No entienden nada de amor, queridos amigos, cuando se tiene un corazón de poeta, éste lo dicta todo y ella es la dueña del mío”—decía el insecto levantando las alas y restregándose las patas. 

Llegó a una planta donde estaba la mariquita ocupada en su aseo. ¿Qué diantres haces aquí, pequeñín? —preguntó la mariquita feliz de encontrar, sin esfuerzo alguno, su delicioso alimento. Quiero leerte mis poemas, encantadora dueña de mi corazón. Está bien —le contestó—, pero te pongo una condición. Si el verso me gusta, te daré un beso, pero si me causa desagrado, te daré un mordisco, ¿de acuerdo? De acuerdo— respondió el apasionado áfido sin pensarlo—. Está bien, empieza ya —gritó la mariquita.

Al terminar el primer poema la catarina le dio un fuerte mordisco al pulgón, éste, muy sorprendido por el fracaso, sacó sus más selectos poemas y prosiguió leyendo lo mejor que pudo. Después de cuatro dentelladas ya no tuvo fuerzas para continuar y murió devorado.


Moraleja: la naturaleza tiene sus reglas. Cuídate de enamorarte de tus enemigos naturales, pues corres el riesgo de que te maten o destruyan.



El poder de un gobernador.

Dos panteras no se ponían de acuerdo sobre el territorio en el que podían cazar con libertad, así que se fueron a ver al tigre que era el poseedor de todas las tierras.
Querido soberano — dijo la pantera más astuta—. Venimos a que nos des permiso para cazar en tus tierras.
¿En dónde deseas hacerlo, querida pantera? —preguntó el soberano con curiosidad.
Pues, me encantaría poder cazar en todo el territorio del sur, sin que nadie me limitara en mis actividades.
Está bien —respondió el tigre—. Entonces los consejeros pusieron el grito en el cielo y le reprocharon a su gobernante que le hiciera esa concesión a la pantera. A lo que el gran felino aclaró.
Sabed que yo soy el que concede y ellas las que piden, mi facultad de otorgar no pude ser tan pequeña como su petición porque yo soy el rey y ellos sólo unos súbditos.

La segunda pantera, que había callado por modestia, miró al tigre y este le preguntó:
“¿Y tú qué es lo que deseas, pantera?”
Ésta contestó que quería gobernar en el territorio del sur y que todos los que estuvieran en su territorio tendrían que pedirle permiso para apresar animales.
Te lo concedo, querida pantera, porque has sido más prudente que tu compañera. Ahora ella tendrá que supeditarse a tus órdenes, pero te aconsejo que seas prudente porque no traes de cuna el don de gobernar.

Moraleja: Antes de adelantarte a los acontecimientos, piensa bien cómo actuarás para que no te veas en una situación comprometida que te sea imposible cambiar.



Cuentos de perros y gatos.


No es país para viejos, ni para sus perros.

Había una mujer que vivía sola. Estaba muy amargada y tenía un carácter de los mil demonios. Como no tenía con quien ensañarse y desahogar su bilioso humor, toda sus ofensas y gritos eran para su perro. Paseaba dos veces al día y los vecinos lamentaban la existencia del animal que, a pesar de no entender el idioma, sentía el peso de las palabras de la vieja. Era común oír todo tipo de reproches, agresiones y humillaciones por parte de la vieja, sin embargo, nadie se atrevía a concientizarla porque quienes lo habían intentado eran víctimas de la violencia verbal de la mujer y padecían de su acoso verbal y desprecio. Resultó que un día falleció la anciana y su perro quedó libre. Unos vecinos lo adoptaron lamentándose de que el pobre can moriría sin alguien que lo alimentara. Ya ha sufrido mucho —comentaban—. Por desgracia, el chucho había acumulado tanto rencor contra su dueña y la gente que empezó a atacar todo lo que se movía, era agresivo, ladraba sin razón y corría detrás de los ancianos y niños pequeños para atacarlos. Tuvieron que sacrificarlo por el bien del vecindario. Así la ofensiva mujer y su perro desaparecieron, pero quedaron como ejemplo para las personas que cambiaron su conducta frente a sus mascotas. Ya lo dice el dicho: No hay mal que por bien no venga, no obstante, el que las cargó todas fue el pobre perro.


El gato rey.


Volvió de su campaña y se encontró con la noticia de que la reina lo engañaba con un hermoso minino soldado. Mandó que le cortaran la cabeza al insolente amante de su esposa y ordenó que la metieran en un tarro con alcohol y la colocaran en una cómoda que quedaba enfrente de su cama nupcial. Así, todas las noches el monarca prevenía a su cónyuge de los peligros de la infidelidad. Un día, el soberano llegó al castillo y se fue a su alcoba, pero la encontró llena de tarros con cabezas de gatas en formol.








lunes, 18 de enero de 2016

El escribiente Quijano


Magdaleno Escapulario era un hombre que escribía cartas en la Plaza de Santo Domingo. Había terminado el bachillerato en 1985, pero no había podido realizar su sueño dorado, que era terminar la carrera de derecho, porque su situación familiar lo obligó a buscar un trabajo emergente que le proporcionara algunas tortillas y frijoles para su familia. Como era el hijo mayor, y su padre se había ausentado de forma permanente al más allá dejando a su esposa viuda con cinco chamacos hambrientos, tuvo que irse a buscar una chamba. Se ofreció de cargador, pero lo vieron muy flaco y quebradizo; le negaron el puesto de vendedor porque lo encontraron demasiado inteligente y desconfiaron de él; le ofrecieron conducir un taxi, pero no sabía cómo hacerlo y lo echaron; no le dieron contrato ni sueldo cuando trabajó de profesor de secundaria y se fue sin exigir nada, por puro orgullo; no le quedó otra más que la de errar por el centro de la ciudad con una tablita colgada en el pescuezo con el letrerito de “Plomero- albañil, mil usos”. Tampoco logró mucho así porque la gente que iba por trabajadores no lo veía por causa de su delgadez y su rostro intelectual.

Un día Magdaleno se sentó en la fuente de La Corregidora y quedó exactamente bajo la mano derecha de la heroína Josefa Ortiz de Domínguez, quien parecía otorgarle un grado apuntando con un pliego enrollado que sostenía con fuerza, aquella que había rechazado todos los honores que se le ofrecieron en vida parecía tener el poder de concederlos ya muerta. Por azares del destino uno de los escribanos que ofrecía sus servicios de emisario y celestino, debajo de los portales de los apóstoles, tenía que abandonar para siempre su empleo, así que al ver la cara inteligente de Magdaleno se le acercó y le preguntó si escribía bien. Media hora después, Quijano, como empezaron a llamarlo sus vecinos de escritura rápida e indigesta, no por encontrarle parentesco con el gran soñador de Cervantes, sino porque les llamó la atención la larga y fina quijada del nuevo compañero, quien estaba sentado cómodamente frente a una enorme máquina de escribir con un bonche de hojas blancas y su anuncio de escribiente. No tardó mucho la gente en ponerle atención, pues si a un lado de la Catedral metropolitana pasaba desapercibido, aquí, rodeado de tantos edificios coloniales y agraciado por la mano de doña Josefa, Magdaleno, era un personaje salido de alguna novela clásica, fue por esa razón que llegaron tantas mujeres a pedirle que les escribiera cartas románticas a sus maridos braseros.

“Dígale que lo extrañamos un montón, que sus chamacos ya están bien grandotes y que, gracias a él, la Pancha ha enderezado el camino y ahora ya estudia en la secundaria; pero escríbaselo con palabras bonitas, que sienta que se lo digo yo misma, pa´ que se acuerde de mí”.

Se hizo famoso por su sensibilidad, pero como esta historia no es sobre sus aptitudes de escribano, sino de escritor profesional de guiones, pasaremos a la verdadera historia, ya que de seguir sentados en la dichosa plaza de Santo Domingo entorpeceríamos nuestra historia dándole trompicones a Juan José Arreola, o al mismo Herman Melville, por eso nos transportaremos al día en que Magdaleno se compró un televisor y una vídeo-casetera. Adquirió su aparato en la tienda de Salinas y Rocha, le dijeron que no le fallaría nunca, que tenía garantía de cinco años y que era lo mejorcito que había en el mercado. Una vez instalada la reproductora de vídeos, Magdaleno alias el Quijano metió un casete de la película 1984 y comenzó el visionado. Terminó de ver la película y se dio cuenta de que estaba basada en una novela homónima de George Orwell.

Les pidió a sus amigos que le recomendaran buenos filmes, los miró todos y descubrió que en Hollywood la tendencia era crear largometrajes de novelas adaptadas para la pantalla, por esa razón se puso a investigar cuáles eran las características de cada género cinematográfico. Se puso a escribir novelas adecuadas para la ciencia ficción, la acción, las aventuras, los musicales, los melodramas, el terror e, incluso, de los dibujos animados. Viajó a Los Ángeles y se reunió con algunos directores del séptimo arte, no obtuvo nada de ellos, pero siguió escribiendo sentado en las aceras de las calles, hasta que un día se encontró con Quentin Tarantino y le mostró una de sus novelas, la cual llevaba integrado un guión literario para su inmediata filmación. El famoso realizador de películas de acción se quedó pensando un poco, luego llamó al estudio se puso en contacto con varios artistas y se llevó al desconocido escritor y guionista a Hollywood.

Durante el trayecto por la suntuosa calle de Beverly Hills, el abogado de Tarantino analizó junto con El Quijano, que ya sería el nombre oficial no solo del hombre, sino de la empresa que surgiría en cuanto los demás directores se dieran cuenta del éxito alcanzado por Quentin y le preguntaran de dónde había sacado el argumento, las condiciones de un contrato en el que se le ofrecía una suma de dinero y ganancias por las ventas en taquilla.
Efectivamente, la película fue un gran éxito y algunos directores como Woody Allen, Steven Spielberg y Martín Scorsese se acercaron con disimulo a Tarantino para saber cuáles eran las fuentes de su inspiración. Así fue como conocieron a El Quijano que para la noche del estreno se llevó una maleta llena con las novelas que había escrito durante tres años. Woody Allen le preguntó si tendría una comedia satírica y un poco paranoica entre su dechado de curiosidades y para asombro del famoso actor y director, el guionista sacó una comedia escrita precisamente para él. Woody la leyó con avidez y se le iluminaron los ojos, llamó a su doctor, en primera instancia, y en segunda, a su abogado, una hora más tarde firmaron un jugoso contrato, pero antes de todo eso, El Quijano abrió por completo su maleta para que los directores buscaran algo útil, así que cuando Allen firmó el acuerdo con El Quijano. Scorsese, James Cameron y George Lucas, miraban con curiosidad y hojeaban los escritos como si se encontraran en la liquidación de saldos en una librería. Todos cerraron acuerdos y firmaron gustosamente los contratos, así que de un día para otro el desconocido escribiente de la fuente de la Corregidora se convirtió en una de las articulaciones más importantes del monstruo de la industria cinematográfica americana.

Unos meses después, Quijano, la empresa, surtía pedidos para directores profesionales y amateurs que deseaban saltar al estrellato y sabían a la perfección que la única manera era haciendo una película basada en algún guión de El Quijano. De los primeros chavos que tenemos memoria están Iñarritu, Cuarón y Del Toro que encontraron entre los folletos más baratos sus grandes éxitos. La clave, según recuerdan, fue haber solicitado la ayuda del magnate quien, al saber que los noveles eran sus paisanos, les readaptó los guiones y les prometió el asesoramiento de sus clientes. Con los años, Quijano se convirtió en la empresa monopolista y única con todos los derechos para producir todo tipo de películas, desde los corto metrajes hasta las películas de tres horas, incluso las series de tres o cuatro temporadas las hacían allí. Como se puede deducir de lo anterior, El Quijano trabajaba como endemoniado, pues no había encontrado colaboradores que tuvieran el suficiente ingenio para mantener en alto la gran calidad de sus escritos y, por eso, tenía una oficina enorme llena de secretarias que escribían lo que el talentoso hombre les iba dictando. Quien hubiera presenciado la escena habría pensado que se trataba de un ajedrecista en un torneo promocional en el que se enfrentaba un gran maestro con veinte contrincantes a los cuales les iba dando jaque en pocas tiradas. El progreso y la riqueza fueron los únicos factores importantes de ese periodo de la vida de El Quijano, no le interesaban ni las mujeres, ni los viajes, ni el poder, lo único que deseaba era exprimir todas sus ideas para retirarse, sin embargo, su conciencia le presagiaba una retirada fatal, puesto que no había designado a su sucesor. Es que no lo hay, cabrona, ¿no lo entiendes? —le decía muy enfadado El Quijano a su conciencia, la cual con su apariencia de matrona de burdel se reía y lo provocaba para que se enfadara y perdiera la paciencia.
Por desgracia llegó muy pronto el día en que El Quijano no tuvo argumentos para contener a la matrona vulgar y lépera que le dijo:

 “Pero si ya te lo había dicho, guey, que no ibas a aguantar mucho así. Pero si quieres que te sea sincera, esos malditos vividores te han explotado, han usado tu obra para sacar lana hasta de los hoyos de las ratas. Me da gusto que te retires, la verdad”.

Magdaleno Escapulario, desprendido de todo título y fama, se presentó a la entrega de los premios Oscar con su apariencia de los primeros años. En lugar del tradicional frac llevaba su sudadera hecha de tela de jerga, unos vaqueros ralos de un olvidado color azul marino, unos tenis Nike de la época en que andaba buscando trabajo en la Catedral metropolitana enfrente del Palacio Nacional, tenía el pelo largo y sujeto con una cinta al estilo de los años setenta de la época Hippie. Su discurso fue el más conmovedor en toda la historia de la entrega de los hombrecitos dorados hecho con la figura del imponente Indio Fernández de joven. Hasta Marlon Brando desde la tumba reconoció que El Quijano había sido más elocuente y convincente que la joven señorita apache Sacheen Litlefeather que recibió o, mejor dicho, rechazo en nombre del gran actor el ambicionado premio cuando se declaró en contra del exterminio de los nativos americanos.
Las palabras de Magdaleno Escapulario fueron las siguientes:

“Queridos amigos, hace unos años yo era muy pobre y nadie me contrataba en ningún trabajo. Mi familia pasaba hambre y no podía darles ni siquiera un trozo de pan para que no sufrieran. Un día, por milagro, iluminación divina o, simple y sencillamente porque tenía que pasar así, se me ocurrió adelantarme a mi tiempo narrando lo que pasa, desde diferentes puntos de vista, en este mundo. En esa ocasión estaba sentado frente a una mujer que había perdido a todos sus hijos en el Río Bravo y le escribía cartas a su hija que trabajaba de sirvienta en una casa rica de Los Ángeles, no muy lejos de aquí. La mujer, me inspiró tantas historias que empecé a escribir sin detenerme, ella era como la voz de un pueblo al que le habían sucedido sólo tragedias. Tomé la decisión de venir para hablar con aquella encargada de limpieza que sufría los abusos de su patrón. Mi única intención era llevármela de vuelta a México, pero alguien abrió mi maleta y encontró las cosas que tenía impresas ahí y ya no pude desistir de venderlas. Por desgracia o por fortuna, esas historias enriquecieron al cine y me hicieron empresario, pero ha llegado el momento en que se me han acabado las historias y ya no estoy dispuesto a seguir adelante. Les pido perdón y, a la vez, los culpo de todas las desgracias que vivió esa mujer. Adiós”.

Era imposible pensar que un discurso tan parco y sin talento conmoviera y provocara tanta furia en el público americano. Los directores de cine comenzaron a pelearse entre ellos, el público abucheaba a Magdaleno, la policía rodeó la sala y se llevó a los más escandalosos, pero la trifulca no se pudo evitar. Las actrices salieron arañadas, con los vestidos rotos y despeinadas. Los periodistas hicieron su último agosto porque, después de aquella batalla absurda, el cine no se volvió a recuperar y hasta la fecha lo único que se ha visto en la pantalla son producciones independientes de directores y actores que sueñan con que un buen día vuelva a aparecer un nuevo mesías que cambie la página de la historia y empiece un esplendoroso período de cine que nos salve del aburrimiento.