Escritura creativa

miércoles, 13 de mayo de 2015

Abimelech y las setenta dagas.


Te despiertas con el mismo ánimo de todos los días, son esas ideas que no te permiten conciliar un sueño profundo y tranquilo. Lo peor de la situación es que te sabes heredero de un pueblo, descendiente directo del hombre que liberó a la gente de la opresión, por eso tu nombre es hijo de rey, que viene a ser, en una palabra, príncipe, pero qué tienes, cuál es tu poder: ninguno, nada, no tienes absolutamente nada. Tu destino no puede ser el de arrear ovejas como el más simple pastor de Siquén, tampoco serás, nunca, un hombre que se oculte tras las faldas de una mujer, como lo hizo el esposo de Sara cuando entraron al pueblo de Gerar y tu homónimo, que era un gran rey, le pidió perdón al Señor y le obsequió bienes a Abraham. Cuándo podrás disponer de algún bien. Tu padre te dejó como herencia una familia de setenta personas que están por encima de ti, a pesar de que tú deberías ser elegido como rey o profeta, siendo el primogénito de Gedeón. Cualquier hombre que se enorgulleciera de ser una persona cuerda, haría algo para ocupar el trono que se merece por derecho. ¿Has hecho algo para conseguirlo? No, por qué.

Es que acaso te gusta pasarte todo el día al lado de las ovejas viendo como la familia de tu madre se enriquece con el fruto de tu trabajo. Ellos sí que saben ejercer el poder, sobre todo sobre ti que no eres más que un mequetrefe que nunca llegará a ser nada ni nadie en la vida. No se te permitió ni sembrar la vid, ni cosechar el trigo, ni comerciar con animales ni telas, no se te permite hacer ningún tipo de negocio porque en la familia se te considera inepto para todo este tipo de actividades. Que si eres tonto para hacer cuentas, que si eres desordenado, que si te equivocas con la repartición, etc.
Qué es lo que hace falta para que tomes las riendas de tu reino, hasta cuando soportarás la humillación que te han hecho, serás la oveja tonta que seguirá las ordenes de los demás, nunca tendrás opinión propia y lo más lamentable: jamás sabrá la historia que existió un primogénito de Gedeón, que pudiendo conquistar un reino, se dedicó a recorrer los campos como un pobre pastor.

Mira tus manos, son tan fuertes que podrías matar a un toro cogiéndolo del cuello. Para qué te sirve tu moreno cuerpo vigoroso y resistente, tu fina barba de pelo suave y tus hermosos ojos verdes que parecen esmeraldas. A tu lado cualquier rey se ve pequeño, serás un pobre fracasado hasta el fin de tus días, morirás de viejo, olvidado de Dios por tu falta de fe, no conocerás mujer digna y te revolcarás con las mozas más pervertidas y sucias, quieres acaso ser un perro, te gusta la idea de denigrarte al nivel de los animales. Tú, sí, tú, ese heredero despojado arrastrándose por el suelo como un reptil o el peor de los pecadores. Acaso estás esperando que una voz divina te diga que serás el continuador de la labor de tu padre, estás completamente sólo, nadie te hablará, mucho menos el creador.

Deberías escuchar lo que dice la gente de Siquén, ellos no quieren a tu familia porque saben que Gedeón destruyó a su dios Baal y sus descendientes controlan la política y la economía, pero tú podrías reivindicarlo, podrías fraguar un plan para convencer a la gente de que tú eres el indicado para dirigir al pueblo, para administrar su riqueza y guiarlos por el camino del progreso. Proclámate como segundo rey y serás Abimelech II, emperador y gobernante de los pueblos de Cannán, serás querido, respetado y perpetrado por la historia.

¿Te has sorprendido a ti mismo con la idea de matar a tus familiares? No. No te preocupes, eso es sólo un poco de odio, es normal en el humano odiar, otra cosa sería la sed de venganza que te llevaría a matar. Acaso, también, esa idea te ha asaltado, no lo puedo creer, que no serías capaz, por qué, acaso no se lo merecen todos ellos. Ayer te la pasaste todo el día mirando las montañas, tus ojos no se separaron ni un segundo de la montaña de Efraín, no viste a Débora, era imposible porque ella sólo podía hablar con los antepasados de tu padre y quién sabe si de verdad existió.

Quieres decir que es una tontería intentar matar a setenta personas, creo que exageras porque si se tiene un buen plan puedes ejecutar miles, si así lo deseas. Qué plan, pues uno en el que tengas colaboradores. No has aprendido nada de la historia de tu pueblo, sabes perfectamente que Dios siempre los ha castigado porque desobedecen sus órdenes, que qué hacen, pues se degradan, se pervierten, se entregan al placer y la lujuria, se olvidan de escuchar los designios de su creador. Tú también tienes experiencia en las guerras y has visto morir infieles, tu padre no te permitió levantar la espada contra el enemigo, pero sentiste el sabor de la sangre derramada por mandato del cielo.

Y si fueras a preguntarles a los habitantes de la ciudad qué prefieren, ser gobernados por setenta usurpadores o por el auténtico hijo primogénito de Gedeón. Seguro que ya sabes cuál será la respuesta, verdad que sí. Y después qué, no sabes, acaso, que una vez que te elijan a ti, tendrás que eliminarlos, cómo, pues como lo soñaste: pásalos a cuchillo a todos, se lo merecen por privarte de tu reino. Pareces tan incauto, en ocasiones que me parece que estoy perdiendo el tiempo contigo. ¿Qué dices? No voy a poder, me da miedo, son acaso esas  palabras dignas de un emperador, un líder debe ser férreo, con carácter y decisión.

Entonces, qué piensas del plan. Te parece bien que preguntemos a los habitantes de Siquén si quieren que  los gobiernes tú, será cosa de niños convencerlos, sobre todo si te apoyas en su dios. Diles que quieres reivindicar al dios Baal y que tu familia completa lo impide porque lo repudia y argumenta siempre con el hecho heroico, entre comillas, de tu padre. Imagínate lo ridículos que se verán cuando pregunten, qué desea usted, señor o señora, que lo gobierne toda nuestra purrela o que Abimelech lo haga, !Bah! Ellos dirán, con qué descaro vienen a preguntarme eso, si es bien sabido por todos que Abimelech ya nos ha prometido el oro y el moro. ¡Vaya pregunta! Por supuesto, queremos que sea Abimelech.

Te ríes, veo que te ha gustado la idea, verdad que sí. Ya tienes otro semblante, te ha vuelto esa sonrisa alegre que hacía mucho no se dibujaba en tus labios. Incluso, te has puesto más guapo, varonil e irresistible. Imagínate cuántas mujeres tendrás, cuánto oro, cuánta tierra y hombres bajo tu mando. Serás respetado y querido, tus hijos serán dueños de esta tierra, tu descendencia creará un imperio como el de Egipto, pero en lugar de faraones afeminados, tendrás hombres rudos y atractivos en el trono.

Pero, no sería mejor actuar de una vez, los sueños si se pueden realizar pronto, no deben dejarse pendientes. Hazlo ya y mañana tendrás un reino. Lo primero que vas a hacer es convencer a los hombres ricos de Siquén, diles que estás dispuesto a darles un estatus privilegiado, no se podrán resistir; en segundo lugar, proponte como general en mando del ejército y así podrás avanzar con tus fuerzas hacía Tirsa, primero, luego Sucot y, al final, Penuel, de esa forma lograrás poner un muro que impida la salida hacia el Norte y podrás comenzar la invasión hacía el Sur. Quizá con una campaña bien planeada llegues a ser el Gobernador, que digo, más bien Poseedor de todas las ciudades que hay desde el Mar Grande hasta el Mar de la Sal. Tomarás por esposas a las hijas de los reyes de Ramá y del Rabbá de los Amonitas, tus hijos nacerán hasta en Engadi, dominarás las costas del mar desde Asquelón hasta Jope.

Todo, absolutamente todo será tuyo. Tu andar se ha vuelto más ligero, es casi como un baile, no te detengas, vayamos ya a hablar con la gente, no te olvides de contratar mercenarios para la gran empresa. Cómo que cuál empresa. No me vengas con esas cosas en este momento decisivo. Al principio, contratarás setenta mercenarios que sepan manejar la daga, irá uno por cada familiar tuyo, tú te cerciorarás de que no quede ninguno vivo, si hay que rematarlos hazlo tu mismo para que no quede riesgo de una venganza contra ti. Los asesinos a sueldo más fiables son los nómadas hambrientos, ve directamente a las montañas de Mt Ebal y Mte Garizim, allí encontrarás vagabundos diestros e inmisericordes con sangre fría que por unas monedas de plata harán lo que les pidas. “¿Y el dinero?” ¿Cómo dices? No serás tan iluso como para no pedirles monedas de plata a tus futuros allegados. Por qué siempre tengo que recordartelo todo yo, será que le tienes miedo a tu conciencia, pero eso no importa, con un poco de sentido común y mi ayuda la vencerás igual que a tus víctimas.

Bueno, ha ido todo a pedir de boca, no te parece que fue muy fácil despertarles la codicia a esos mercaderes haraganes, pero si con verles la enorme barriga y los ojos de vacas gordas ya te das cuenta de que lo único que quieren es seguir engordando y tener tranquilidad en su casa. Un poco de astucia, mi querido amigo, logra lo que la necedad no consigue en años. No me gustó uno de los hombres con los que estuviste, cómo se llamaba. Abraham, sí, es ese. Al parecer tiene cordura y es astuto, en cierto grado, tendrás que cuidarte de él porque podría revelar tu secreto, guárdalo en la memoria y resérvale un buen filo a su garganta para que no pueda actuar cuando lo intente. Y ahora, haremos un pequeño viaje a las montañas para que veas, por un lado, tu futura propiedad y, por otro, que hables con los criminales que te hacen falta.

Una vez que te has deleitado con tus sueños, ha llegado la hora de entrar en acción. Pregunta por los hombres con peor reputación de este sitio y habla con ellos con determinación, tendrán que reunirse contigo el día que cites a tu familia. Les darás la señal para que entren y degüellen a todos los presentes. Es primordial que no falte ninguno de tus consanguíneos, entiendes bien que de no cumplirlo como te lo digo correrás un gran riesgo.

Pues, ya están reunidos tus parientes, debes aparentar que los estimas, muestra tu cara más cordial y noble, no tiembles, no tartamudees, en el momento en que tu voz tiemble, finge toser, cuando tus manos pierdan la fuerza y se agiten solas, apriétate las piernas y deja que se sequen tus manos sudorosas en tu túnica. En cuanto empiece a correr la sangre te repondrás, es tu naturaleza, eres un lobo que han domesticado inútilmente y le han puesto una piel de oveja, pero pronto verás tus verdaderas cualidades.  Míralos, pobres inocentes, te creen todo lo que dices y ahora es el mejor momento para hacer la señal. Levanta la mano derecha y da el grito para empezar la matanza. Ves como caen, mira como se revuelcan ensangrentados, ahí está una de tus hermanas, ha quedado viva, coge la daga y remátala. No te lo dije, ya empiezas a disfrutar de la sangre, de tu propia sangre derramada y sigues vivo, eso quiere decir que eres inmortal. Continúa, siente ese placer que te provoca el olor de la carne sacrificada, deja que tus oídos se dejen acariciar con el cántico de las lamentaciones, acuchilla, mata, más fuerte, más profundo, más poder.

¡Qué placer! Cuánto lo hemos disfrutado, ves esa alfombra de cuerpos inertes, son tu pasado, son tu escoria que tenías que quitarte de encima. ¡Eres libre, libre! ¡Libre y Rey! ¡Viva el nuevo Rey!
Este silencio sepulcral te sabe a gloria, ya puedes contar los cuerpos revísales el rostro, no sea que alguno se haya escabullido o hayan matado a un mercenario y lo cambiaran por uno de tus familiares. Resultaste más apto de lo que yo pensaba. Has estado formidable. Bueno, son setenta cuerpos, no hay duda, los hemos aniquilado a todos. Cuando veas a Jebuseo dile que será uno de tus colaboradores y te servirá de guardia personal junto con los soldados de los hijos de Jaimor. Parece mentira que te haya salido todo tan barato y tan bien pensado. Fueron unas cuantas monedas de plata por cada muerte y tus aliados quedaron encantados. Viste a Jebuseo asestando golpes con el cuchillo, arrancaba casi la cabeza de sus víctimas, será un buen compañero y protector, sólo habrá que asegurarse de tenerle bien puesta la cadena cuando duermas, no vaya a ser que le haya quedado sed de tu sangre. Te asusta la idea, lo siento, pero las cosas son así y no me sorprendería verte derramando la sangre de tus hijos, pues ya has sentido el sabor del fratricidio, no sería raro que te deleitaras con el parricidio. Ya veremos que nos depara el futuro, por ahora nos corresponde ocupar nuestro trono.

Han pasado casi tres años desde que te hice poseedor del trono, gobiernas bien, has desperdigado a tus hijos por todas partes. ¿Tienes poder acaso sobre tus súbditos? No te has enterado de que hay, por allí, una cancioncita que dice:

Fueron una vez los árboles a ungir rey sobre ellos y dijeron al olivo:”Reina sobre nosotros”
El olivo contestó: “¿Habré de renunciar a mi aceite, que tanto aprecian en mi dioses y hombres para ir a mecerme sobre los árboles?”.
Entonces los árboles fueron a ver a la higuera:”Ven, tú, a reinar sobre nosotros”.
La higuera les contestó: “¿Voy a renunciar a mi dulzura y a mi sabroso fruto, para ir a mecerme sobre los árboles?
Los árboles dijeron a la vid: “Ven, tú, a reinar sobre nosotros”
La vid les contestó: “¿Voy a renunciar a mi mosto, que alegra a dioses y hombres, para ir a mecerme sobre los árboles?
Todos los árboles dijeron a la zarza: “Ven, tú, a reinar sobre nosotros”
La zarza contestó a los árboles: “Si queréis en verdad ungirme rey sobre vosotros, venid a cobijaros a mi sombra. Y si no, salga fuego de la zarza que devore los cedros del Líbano”.

No me vas a salir ahora con la excusa de que no te has enterado, pero si lleva más de un año cantándose por ahí, incitando a las personas a revelarse contra ti. ¿Podrías, decirme qué significado tiene la letra de la melodía? En primer lugar, la discordia que ha aparecido entre tú y tus vasallos, los señores de Siquén, que, por cierto, se quieren rebelar contra ti. Y todo por esa estúpida canción, y en segundo lugar, que por tu falta de empeño y exceso de confianza dejaste pasar un detalle. Sabes perfectamente que me refiero a Jotán, al cual ni tus inútiles mercenarios ni tú mismo, lograste encontrar en su escondrijo. Tenías que haberlo mandado matar en cuanto enseñó la cara y empezó a meter las narices en tus asuntos.

Ahora, se dedica a hacerles emboscadas a tus socios y clientes, va a arruinar tu actividad comercial, tus socios no te lo perdonarán nunca y saltarán sobre ti en cuanto muestres el primer titubeo. Tu hermanito se ha aliado con Gaal y Ebed, han entrado en el templo de tu dios, se han burlado de él bailando entre sus uvas pisoteadas, entonando canciones que hablan mal de ti. Si quieres quédate con los brazos cruzados, pero que no se diga que no te avisé a tiempo.
Eso pensaba exactamente, te da miedo perder lo que tienes. Por qué te has contentado con tampoco, pues si has podido dominar esta tierra, bien podrías aspirar a conquistar un imperio como el egipcio. Imagínate nada más qué rey serías uniendo todas las tierras que tienes con las de Egipto. No suena tan mal, vete a ti mismo, hecho todo un faraón, sentado en un trono de oro, gobernando el mundo. Serías más importante que cualquier dios en nuestro planeta. Tendría a tu mando miles de soldados, tus pasos por la Tierra sería estruendosos, amenazantes. Pero, no vayas tan lejos, primero, resuelve tus problemitas inmediatos. Reúne a tu ejército y ve a matar a esos rebeldes, hazles pagar su osadía llenando de sal la ciudad para que permanezcan en las calles como pescados secos. Dale las gracias a Zebul, que te ha prevenido a tiempo de la conspiración que se ha fraguado en tu contra, dale un hueso para que se calme y en cuanto tengas oportunidad manda a tu servidor Jebuseo para que lo degüelle.

Mañana a primera hora irás con tu ejército a someter las fuerzas de Gaal y Ebed, que motivados por el deseo de venganza avanzarán contra ti. Cuando salgan de la ciudad arremete contra ellos sin misericordia, revive el momento de la noche de las setenta dagas, te sentirás mejor.
Mira como han quedado los pobres. Da la orden de que se busquen los cuerpos de Gaal, de Ebed y el de tu hermanito Jotán y rebózalos de sal, átalos a un palo y deja que se sequen, luego destázalos y dale su carne a los traidores.  Qué pasa, cómo que no está el cuerpo de Jotán. Pues que cojan a los otros dos y que hagan  con ellos lo que te he ordenado. Faltaba más.
Reúne varios soldados y diles que los compensarás con tierras si encuentran a Jotán. En este momento es el más peligroso de todos. Sabes bien que podría influir en el consejo de los señores de Migdal Siquén, si lo hace tendrás que matarlos a ellos también, sería una pena porque te son de mucho provecho, sin embargo, no escatimes, ni te dejes asaltar por la debilidad. Tu espíritu debe ser fuerte, inconmensurable y divino, si es que quieres gobernar.

¿Ves? si ya te lo había dicho yo, los magistrados de Migdal Siquen ya están en la cripta del templo Berit para contrarrestar tu avanzada, están enfadados por lo que has hecho y tiemblan como viles cobardes ante la amenaza que representas para ellos. Antes de que te ataquen los debes madrugar. Te doy la oportunidad de que expreses tu plan, qué harías para matarlos a todos juntos como ratas. ¡Bien!!Bien! no está nada mal la idea. No he perdido el tiempo convirtiéndote en un hombre decidido, inmisericorde y fuerte de espíritu. Pues, adelante, que sea lo que has decidido. Primero hay que ir al monte Salomón y cortar ramas. Esta vez no ordenes que lo haga ningún soldado, ve tú directamente a los olivos y corta tú mismo la rama más frondosa, predica con el ejemplo, eso hará que te estimen y te sigan.
Lo ves, todos han hecho lo mismo que tú. Es impresionante la forma en que se han quedado atrapados tus enemigos en su ratonera. Para este momento ya deben ser un montón de cenizas. Oh, mi señor Abimelech, ¡Qué grande eres! Te amaremos para siempre, respetado señor.

Por último, mi querido Abimelech, ve a Tebes y mata a toda la población porque ellos también te odian por haber quemado a las ratas de Migdal Siquén, haz lo mismo con ellos. Ese deseo que has desarrollado de comerte el mundo, las mujeres, la comida y el poder, no mermarán jamás tu espíritu, es posible que tu cuerpo se haya transformado, tres años de bonanza no podían dejar de ocultar la figura de aquel muchacho fuerte y joven de manos fuertes. No, eso de que te has debilitado no es verdad, ponte a trabajar un poco y verás como en un santiamén recuperas tu forma. Recuerda que la guerra también es un método bueno para recobrar la fortaleza física, porqué no entras en campaña junto con tus soldados, ponte un yelmo, coge la espada y arremete contra los incrédulos, traidores, cobardes e insurgentes que piensan vencerte con sus varas mágicas. Demuéstrales quién es el todo poderoso. 

Sólo, una cosa, no peques de imprudente porque…Si es verdad que yo puedo darte la fuerza y motivación para crear un imperio, no poseo el don de la cordura en momentos de lujuria, así que te queda la tarea a ti de ser razonable en el preciso memento en que se requiera. No me vayas a fallar, rodéate de tus soldados más fieles y acomete contra la ciudad.

Cada vez siento más la convicción de que eres el hombre más indicado para suplantar a los emperadores, a los faraones, es tuyo el Mundo entero. Hago una reverencia ante ti señor de las armas, el poder y la gloria. Los filos de tus espadas han cercenado las cabezas, los cuchillos han desollado los cuerpos y la sangre se ha filtrado en la tierra para que nazca tu pueblo fiel, por cada gota derramada obtendrás, de los hombres, un servidor y, de las mujeres, una esclava, concubina, amante deseosa esperando brindarte su placer. ¿Recuerdas a la subyugada negra que te hizo sentir los más soñados deseos y placeres del amor? Cuántas más se acostarán contigo y te brindarán los deleites más exclusivos del erotismo.
Antes de realizar tus sueños has escarmentar a los cobardes que se han ocultado dentro de la torre, la ves, sí es esa que se ve tan débil, tan mal edificada. Creo que hasta de una patada podrías derribarla, serías un coloso si lo hicieras. Bien, ahí vamos, tu cuerpo de guardias personales hace temblar los muros, vez esa mujer que grita, dale una lección, hazla sufrir hasta que te implore perdón. Sácale los ojos y échala de tus tierras. De esa forma aprenderá a no ofenderte. Oye, ese que está allí no es acaso Jotán, el parecido es enorme. Alcánzalo, cógelo y mátalo  con tus manos. Viene hacia aquí, peor para él, detente y espera. Él ya no tiene escapatoria. Pero, qué burradas dice, cuál poder de dios y venganza divina. El único poderoso e invencible eres tú !Nadie te quitará jamás lo que te pertenece…! Pero, que hace esa mujer! cuidado, quítate! ! Hazte a un lado, por amor de Dios!

Si serás imbécil, te avisé a tiempo que te hicieras a un lado. Te ha descalabrado esa mujer demente. Menudo golpe que has recibido. Me parece que de esta penosa y ridícula situación ya no podrás salir.
La culpa la tengo yo por confiar en ti. Siempre has sido el mismo. Distraído, lento, indeciso, con los reflejos más torpes que los de un pato. Lo siento pero te queda poco tiempo, pídele a Jebuseo que te aseste el golpe mortal. Que no se diga en la historia que pereciste víctima de una mujer, o de tu soberbia, aquí aclaro que no he tenido que ver nada con eso, yo me lavo las manos.

 La gente sabrá que fue tu distracción, tu falta de sentido común, siempre fuiste un hombre desordenado, iluso y confiado, además de poco previsor.

Te dejo, no tengo nada más que hacer aquí. Espero encontrar a algún otro hombre que no termine muerto de forma tan ridícula.

Adiós.




 








lunes, 4 de mayo de 2015

Las trescientas vasijas sagradas de Gedeón. (Cuento apócrifo)

Lo vi a través de la tupida lluvia de semillas de trigo, con dificultad distinguí  su silueta encorvada entre las cascarillas que se desprendían de cada grano y salían volando como polillas. Pasó dos o tres veces frente a mí llamándome la atención, pero en cuanto dejaba de esparcir los cereales y trataba de buscarlo sólo encontraba una nubecita de polvo dorado que confirmaba su existencia, sin embargo él no estaba por ningún lado. Este juego se prolongó más de una hora y al final pensé que era una alucinación provocada por el fuerte sol de mediodía. En cuanto el trigo estuvo limpio lo metí en un costal y me dispuse a llevarlo al granero donde estaba mi padre. Al momento de echarme el saco al hombro golpeé al escuálido hombre que me había estado rondando mientras trabajaba.

-Eh, ten cuidado, mira lo que has hecho,-me dijo muy enfadado. Le pedí disculpas y le pregunté quién era y qué quería.

-Soy Gabriel y vengo a buscar ayuda para cumplir una misión.- ¿Y yo qué tengo que ver con eso?- le inquirí.

-Pues, no lo sé todavía. Como me dijeron que tenía que buscar al hijo de Joás, he venido a ver si vive aquí.

-Pues seré yo a quien buscas porque mi padre es Joás de la tribu de manases.

-¿Tu nombre es Gedeón?

-Sí, soy yo, ¿Por qué?

-Ah, entonces todo está claro. Mira, vengo de parte del Señor que está muy enfadado con sus hijos de Israel porque se han olvidado por completo de él y le hacen culto a otro dios llamado Baal. Sé que tus hermanos han muerto en batalla y que ahora serás tú el siguiente guerrero.

-¿Cómo?-le interrumpí sobresaltado por el miedo, -Pero de qué manera voy a lograrlo, si ni siquiera sé usar la espada, ¿Cómo voy a ir a combatir contra los medianitas que tienen un ejército organizado?

-No te preocupes, Dios pondrá en tus manos a los nómadas y pecadores como si fueran un solo hombre. Los derrotarás fácilmente pero tendrás que seguir mis instrucciones.

-Esto parece más embuste que otra cosa, ¿Cómo puedes demostrar que eres enviado del creador?

-Pues, ya lo comprobarás. Lo primero que vamos a hacer es lo siguiente.- Hizo una pausa para tragar saliva, miró alrededor con atención y siguió,- Tú eres un muchacho inteligente e ingenioso por eso te voy a poner una tarea, si la pasas, mañana te comprobaré que vengo del reino celestial.

-Está bien, dime lo que tengo que hacer.

-Hay formas más prácticas de limpiar el trigo. ¿Podrías inventar, para mañana, algún instrumento que haga la labor más simple y te evite estar subiendo y bajando con tu palangana del banquillo? Piénsalo bien y mañana vendré a verte para ver qué has hecho, ¿está claro?

Así nos despedimos y me fui a ver a Joseph para traer unos encargos de la ciudad. Al pasar por el altar que mi padre había construido en memoria del dios Baal, lo encontré rezando y poniendo una ofrenda, ya que en unos días se celebraría su festividad y habría un gran barullo con bailes y música. Esperé a que terminara sus oraciones y ritos, luego le comunique que iría a la ciudad y me hizo el encargo de traer un poco de mechas y aceite rancio para encender los quinqués. Me dio unas cuantas monedas y me recomendó que tuviera cuidado de esconder bien el dinero y que no entablara conversación con ningún nómada, pues ya en varias ocasiones me habían engañado y despojado de mis pertenencias.
Encontré a Joseph preparando unas vasijas de calabaza recién fabricadas, las puso al sol para que se secaran y se endurecieran un poco. En cuanto me vio dejó su trabajo y vino a darme un abrazo y tres besos en las mejillas. Estaba muy contento porque su mujer estaba embarazada y tendría pronto un primogénito.

-Hola, Gedeón que la paz vaya contigo. En un momento nos vamos.

-Sí. No te apures mucho, tenemos tiempo de sobra, ¿Qué tal está Sara?

-Oh, muy bien, muy bien. Muy pronto ya seré padre.

-Me alegra mucho saberlo, que envidia me das.

-Pues, a ti te llegará tu momento, no desesperes, además con todos los problemas que nos causan los saqueadores, es mejor mantenerse soltero. Ya sabes que uno nunca está seguro aquí.

Durante el trayecto a la gran urbe pensé en contarle a mi amigo todo sobre el encuentro que había tenido con Gabriel, pero algo inmovilizó mi lengua y permanecí mudo toda la marcha, pude pronunciar palabras solo cuando estábamos atravesando las puertas de la ciudad. Fuimos primero a comprar unas pieles de oveja que Joseph necesitaba para arropar a su futuro bebé en los días fríos de invierno. Entramos a una tienda donde había un hombre de unos cincuenta años, era bajito y sus dientes se le habían ido desmoronando poco a poco, al reírse parecía que lanzaba un gritito agudo y burlón. Nos invitó a ver las pieles, al principio nos trajo unas muy viejas y nos dijo que costaban tres monedas de plata cada una. Decidimos salirnos sin ni siquiera regatear, entonces el hombrecito cambió de tono de voz y con una disculpa nos ofreció unas hermosas pieles nuevas, bien curtidas y muy suaves, eran dos blancas y una negra. Joseph cogió las dos borregas blancas y sacó el dinero, pero el hombre le dijo que si no le compraba las tres no le vendería las pieles. Estuvimos discutiendo más de media hora sin llegar a un acuerdo, pero vino a salvarnos la esposa del comerciante.
De pronto, se abrió una cortina y una mujer mulata delgada y no tan joven me miró con curiosidad, era como si tratara de encontrar un mensaje en mi actitud. Habló con una voz firme y le ordenó a su marido que nos diera las tres pieles, una cuba de aceite rancio y mechas para los quinqués. Esos hombres han venido por un recado del creador, Jeremías, y estamos obligados a ayudarles porque de ellos dependen nuestras vidas. El más joven ha venido aquí no solo por tus mercancías sino por un decreto del cielo. En ese momento una fuerte corriente de aire entró por la ventana. Volteé hacía el lugar de donde provenía el viento y pude ver que una malla rudimentaria en la ventana protegía la pequeña tienda de los insectos, impidiendo su entrada, no obstante el pequeño antepecho de piedra lisa estaba lleno de polvo. Se me ocurrió una idea y en ese momento mi mirada se cruzó con la de la mujer, que en ese instante, decía que ya nos podíamos marchar porque el mensaje había sido recibido. Pagamos por las mercancías y salimos con dos fardos, la barrica de combustible rancio y las mechas. Atamos todo con mucho cuidado al asno que llevaba Joseph y comenzamos la marcha de regreso.
A un lado de las puertas de la ciudad encontré una red de pescador muy fina que estaba atrapada entre unas piedras, miré si había alguien cerca pero no vi a nadie. Le pedí a Joseph que me esperara, desprendí la malla y la enrollé con sumo cuidado.

-¿Para qué quieres eso, Gedeón? El río está muy lejos y tenemos que regresar.

-No, Joseph,- le contesté y estuve a punto de revelarle el secreto, sin querer, pero improvisé rápidamente algo.- es que quiero ir a pescar dentro de unos días, cuando tenga tiempo.

Llegamos ya entrada la tarde y me puse a buscar un poco de trigo, luego lo puse sobre la red a la que le había tejido unos hilos de lino gruesos y comencé a limpiar el grano. El experimento resultó y me sentí muy alegre de poder darle la noticia al viejo Gabriel.
Por la mañana encontré al anciano muy rejuvenecido y con el porte más recto, era como si le hubieran quitado unos años de encima, venía muy sucio y sudoroso.

-Hola, muchacho, ¿qué tal va todo? ¿Tienes mi encargo?

Con bastante regocijo le mostré la red y le hice una demostración limpiando un poco de cereal. Él me felicitó y dijo que tendríamos que continuar con la misión y que ahora sería mejor que le pusiera dos marcos de madera a la red y que hiciera un tamiz o una zaranda con ellas. Yo me sentí un poco decepcionado por su actitud indiferente, pero él me pidió un favor.

-Oye, antes de que hagas las cajas de tu colador, consígueme una navaja para afeitarme la barba y un poco de jabón para darme un baño.

-Sí, así lo haré, pero empiezo a dudar que seas un enviado de Dios, pareces más un falso predicador que un ángel.

-Bueno, mira, creo que no he empezado bien con esto. Si quieres que te demuestre que soy quien digo que soy, trae un cabrito pequeño y sacrifícalo ante Dios y verás que te digo la verdad. Para que no dudes de mí, te demostraré que vi a Noé, luego a Abraham, a Moisés y a Josué, no hace mucho de eso, pero se ha perdido la fe y nadie cree que ellos eran los verdaderos profetas. Haz lo que te ordena nuestro padre y verás la verdad.
Entonces fui y sacrifiqué un pequeño cabrito primogénito de color blanco y preparé la salsa, luego llevé todo en un gran cesto al lugar donde pacientemente me esperaba Gabriel y se lo puse todo enfrente. Me ordenó que pusiera la ofrenda sobre una roca virgen. Dejé la canasta con la carne embadurnada de salsa, puse la leña y le ofrecí a Gabriel el holocausto tal y como estaba escrito en libro Levítico, con un animal sano y panes ácimos. El levantó una vara y me dijo:

-Ésta vara la llevó Moisés ante el faraón, con esta vara se cumplieron las diez epidemias que afrontó el emperador egipcio y con esta vara tu ofrenda se hará cenizas y subirá en forma de nube al cielo, luego saldrá una intensa luz del firmamento y escucharás el agradecimiento de Dios.

No sé ahora si efectivamente oí algo, pero vi que se abría el cielo y que una fuerza placentera me invadía, era una muy agradable sensación de paz, incomparable con algo terrenal, incluso creí que en cualquier momento podría salir volando en dirección del reino divino. Estaba completamente abstraído y no podía separar la mirada de aquel lugar tan hermoso. Luego, no sé cuánto tiempo transcurrió, escuché a Gabriel.

-¿Ahora, lo crees?

No podía contestar nada, saqué una navaja y un trozo de jabón que llevaba envueltos en una tela de lana nueva y se lo entregué al ángel. Él se dio media vuelta y despareció.
Pasé toda la tarde gozando de la energía espiritual que me llenaba por dentro. Estaba feliz y no podía entender por qué mi alma estaba tan tranquila y gozosa, me sentía lleno de amor y dulzura. Fui caminando despacio hacía un pequeño estanque que se encontraba al pie de un pequeño monte y vi a Gabriel desnudo. Tenía dibujadas en la espalda dos alas de color blanco y su cuerpo, a pesar de parecer escuálido cuando llevaba su túnica, ahora se veía musculoso. Se volvió de pronto y me indicó que me acercara.

-Gabriel, tus alas.

-¿Qué tienen? ¿Están mal?

-No, solo que no son de verdad, son sólo dibujos. ¿Con ellas vuelas?

-¡Oh, qué pregunta! ¿Sabías que para volar no necesito esas alas tatuadas? Yo vuelo gracias a la fuerza de la que nos ha dotado Dios, estas, y señaló su espalda torciendo el brazo derecho,- son sólo para persuadir a los incrédulos. Pero, te he llamado para darte otra misión. Dentro de tres días se celebra la fiesta de Baal y tu padre cometerá el pecado de hacerle ofrendas paganas, por lo tanto necesito que destruyas ese horrible altar que está fuera de tu casa y que hagas uno más bonito para el Señor. Destruirás el ridículo montículo que hizo tu padre Joás. Traerás piedras en bruto, no forjadas ni tocadas con ningún hierro, luego pondrás otra ofrenda con la carne de un becerro o novillo primogénito y limpio de enfermedad y ofrendarás el holocausto.
 Pídele ayuda a Joseph y cuéntale todo lo que hemos hecho juntos, dile que traiga su asno para que acarreen las piedras con menos esfuerzo. Tienes hasta la noche para realizar el encargo. -En seguida desapareció detrás de una roca y me fui a buscar a mi querido amigo Joseph.
Al principio dude de que Joseph me creyera y fui pensando la mejor forma de explicarle el encuentro con Gabriel y, sobre todo, la forma de convencerlo para que me ayudara con el altar. Lo vi desde lejos. Estaba cortando leña con un hacha y tenía dos grandes mazos a su la lado, parecía que el borrico ya estaba listo para emprender la marcha y atento esperaba que su amo le diera la orden para comenzar a andar.

-Hola, Gedeón, creí que no llegarías nunca.

-¿Qué acaso me esperabas?

-Pues, claro, ¿no habíamos quedado de ir a reparar tu tejado el día de hoy?

De inmediato recordé que le había pedido ese favor la semana pasada y por estar distrayéndome con las tareas que me encomendaba Gabriel, se me había olvidado todo.

-Es verdad. ¿Cómo pude olvidarlo?

-Pues, no lo parece, puesto que has venido a la hora exacta.

-Sí, Joseph, pero es que antes de hacer el tejado haremos un pequeño encargo, ¿de acuerdo?

-Sí, claro que sí, ya he dispuesto las cosas para el trabajo. ¡Vámonos!

Le conté todo lo que me había sucedido, pero no noté ninguna manifestación de asombro en su actitud, por el contrario, parecía que ya estaba informado y que sabía más de lo que yo me imaginaba. Luego me comentó que me había visto hablando con el hombre delgado que le había pedido referencias mías. Me sorprendí muchísimo, pero no quise comentar nada, pues de esa forma me ahorraba más explicaciones. Llegamos hasta donde estaba el altar de mi padre con la figura del dios Baal. Mi padre lo había hecho con una reproducción en piedra caliza, bastante grande, del antiguo dios cananeo y un altar de unos cuarenta centímetros de alto. Cogí un mazo de los que habíamos traído y descargué un golpe en el rostro del dios toro y el hocico salió volando por los aires, después Joseph comenzó a tirar mazazos estruendosos, como es más fuerte que yo le daba golpes contundentes y resquebrajaba la figura rápidamente, algunos de los vecinos se asomaron a ver qué pasaba, luego algunos madianitas y  manases que pasaban por allí nos vieron con desaprobación. Nosotros no hacíamos caso y seguíamos golpeando la figura. A Joseph se le rompió el mango del martillo cuando ya estaba a punto de derrumbarse la estatua pagana. Unos hombres se acercaron para verme mejor, permanecieron un instante frente a mí y sin preguntarme nada me dijeron que yo era Jerobaal y que si seguía con mi tarea pronto lo lamentaría. Escupieron al piso y se marcharon murmurando algo que no entendí. Retiramos todos los escombros con el asno y trajimos piedras de tamaño mediano y construimos un altar a dios nuestro señor. Apareció Gabriel y me dijo que no hablara porque Joseph no debía verme. Me escondí detrás de unas rocas y el ángel me habló.

-Gedeón, lo has hecho muy bien. En todo el cielo solo se habla de ti, además tenemos que encontrarnos mañana muy temprano para ir a la ciudad y ver las fortificaciones y las posiciones de los soldados. Dios quiere que ataques la ciudad.

Primero no entendí, pero cuando Gabriel me dijo que yo llevaría un ejército para enfrentarme a los soldados de Madian casi me muero del espanto. No es que tuviera miedo, sino que mis hermanos ya habían muerto en el intento de vencer a esas hordas salvajes y yo era mucho más débil que ellos, aparte siempre me habían considerado un cobarde mocoso.

-Gabriel, no me siento capaz de hacerlo. Me van a matar inútilmente.

-No te preocupes, el poder divino estará contigo y te será entregado el enemigo como si fuera un solo hombre. Ni siquiera necesitarás armas, solo tu ingenio. Eres un chico muy listo y seguro que algo original urdirás.

Terminé de hacer el altar, hice la ofrenda junto con Joseph y entonamos un rezo en silencio para pedir la misericordia y perdón del que ha sido y será nuestro protector por los siglos de los siglos.
Al día siguiente me lavé y fui al encuentro de Gabriel.

-Oye, Gabriel, no he podido dormir pensando en lo que me dijiste ayer. No se me ocurrió ninguna idea original, estoy muerto de miedo y, además, ya empiezan a correr los rumores de que soy un sacrílego. Me llaman Jerobaal por haber destruido la estatua de mi padre.

-No hagas caso de los rumores. El día de hoy es importantísimo. Tienes que poner los cinco sentidos para analizar todo lo que veas. No tenemos tiempo que perder.

Así, nos encaminamos a la ciudad. Gabriel me fue haciendo preguntas sobre la altura de los muros que delimitaban la metrópoli, sobre la construcción más alta y su posición, los puntos de guardia militar, las salidas y sus dimensiones, la posición de algunas cisternas públicas vacías o llenas. Visitamos los suburbios más pobres, los burdeles, las casas de los ricos y, al final, Gabriel se salió de la ciudad y me pidió dibujar en un trozo de piel de ternera el plano de la parte oriental y marcar los sitios desde donde se oían mejor los ruidos que se proponía hacer. Yo me paraba en un sitio y él hacía ruidos muy raros, entonces yo marcaba si la intensidad del ruido era bajo, medio o alto, luego apuntaba lo que yo creía que había ocasionado el sonido. Así fui escribiendo la intensidad de los ruidos y su semejanza. Regresamos a mi casa y Gabriel me dijo que tendría que reunir muchos hombres dispuestos a entrar en combate sin armas. Le pregunté que si estaba loco y, si no hubiera sido porque ya había sentido la fuerza del espíritu santo, me habría reído del incauto ángel, que por su lado caminaba a mi lado muy alegre, con zancadas cortas y brincoteando. Me pareció un pobre viejo inocente, sin embargo él, comenzó a enfadarme con unas bromas muy tontas.

Nos despedimos y, cuando Gabriel desapareció detrás de la pendiente, saqué la piel de cordero que me había dado la mujer del comerciante, la tendí sobre la tierra y le imploré a dios que me mandara una señal,-Señor,- le dije,- si vas a ayudarme en esta batalla hazme una seña, dame la orden con tus pistas. Para mañana, si este vellocino está mojado de rocío y la tierra a su alrededor seca, haré lo que me pidas.
En la madrugada me desperté y fui a revisar el cuero tendido en la tierra. Lo encontré húmedo, y no había ni una gota de agua en un diámetro de tres metros a su alrededor, no obstante se sentía caer una pequeña llovizna más allá del círculo que rodeaba mi piel de oveja. Volví a mi casa y por la mañana noté que mi vellocino no se secaba, pasó toda la tarde al sol y no hubo ningún cambio, entonces fui otra vez al lugar donde lo había puesto la noche anterior e invoqué al señor. –Dios, mío, perdona que te moleste otra vez pero mi vellocino no se seca, ¿Podrías hacer que se seque y que el agua que contiene aparezca mañana a su alrededor?- Sí, hijo mío.- Creí oír una suave voz que me decía,- Te has portado muy bien y crees en mí, es por eso que te entregaré al pueblo de Median como a un solo hombre. Consulta a Gabriel y pídele que te ayude, él sabrá qué hacer. Llévate el vellocino que ya no debe tener ni una sola gota de agua y está puro. -Era cierto, estaba completamente seco y suave, como si tuviera vida.
Cuando encontré a Gabriel, estaba haciendo unos signos en la arena, me pareció que estaba calculando algo porque escribía fórmulas y sacaba cifras, hablaba en voz baja y se rascaba la cabeza.

-Necesitamos reunir a los hombres, Gabriel.

- ¡No me molestes!, ¿Qué no ves que estoy a punto de resolver este problema?

-Sí, Gabriel, pero tengo la impresión de que Dios quiere que ataquemos mañana, en vísperas de la celebración del dios Baal. ¿Qué vamos a hacer? ¿Cuántos hombres necesitamos? ¿Treinta mil? ¿Más?

-No Gedeón, esa cifra es estratosférica no van a poder cumplir con el plan. Reduce la cifra.

-¿Y qué tal diez mil?- Sin verme, Gabriel preguntó, ¿qué harías para saber qué hombres tienen piernas fuertes?

 -Pues meterlos a una competencia o pedirles que salten y los que lo hagan más alto y mejor serán los elegidos.

-¿No te parece que eso llamaría mucho la atención y los hombres de Madián nos descubrirían? No, eso nos haría levantar sospechas.

-Entonces, ¿Cómo?- Él me miró con severidad y me concentré tratando de imaginar en qué situación un hombre mostraría su fortaleza y su capacidad para el ataque. No me venía nada a la mente, hasta que recordé un día en que fuimos a beber de la fuente Joseph y yo. Había unos hombres nómadas a nuestro lado y cuando nos encontrábamos bebiendo el agua de un cuenco hecho con las manos, notamos que los otros bebían de rodillas o en cuclillas, incluso algunos se recostaban. Joseph me dijo que parecían monos y que si a alguien se le ocurriera robarles sus pertenencias no tendrían la más mínima oportunidad de alcanzar a sus timadores por su imprudencia. Se lo dije a Gabriel.

-Perfecto, Gedeón, muy simple pero ingenioso. No lo había pensado. Reúne a los hombres que consideres aptos haciéndoles la prueba de la fuente y selecciona sólo trescientos, de preferencia los más fuertes y robustos de piernas.

 No entendí cual era el plan que tramaba Gabriel pero que me hubiera mostrado su confianza me alegró tanto que me fui de inmediato a buscar a los mejores hombres para probarlos.  Por el camino a casa encontré a mi padre que me recibió con un abrazo y como saludo dijo: ¡Que la bondad del señor esté contigo, querido hijo y libertador del pueblo de Israel!
 Lo miré directamente a los ojos y vi que estaba completamente curado. Ya no tartamudeaba y se veía muy lúcido, completamente de su demencia.

-Lo sé todo, hijo, me han contado que destruiste mi altar a Baal y que has invocado al Dios de Israel. 

¿Sabes que los madianes y los nómadas te buscan para vengar la ofensa que les has hecho al destruir el altar de Baal?

-Sí, padre, por eso estoy reuniendo un ejército porque voy a atacar la ciudad. No puedo evitarlo, es orden del cielo. Si muero, prométeme que guardarás mi memoria.

-No te preocupes, querido hijo, no morirás. Lo sé.

Después me comentó que había apaciguado a nuestro pueblo y que con la aparición del nuevo templo los hombres habían recobrado la razón y sólo esperaban mi llamado para rebelarse. De esa forma escogí a los trescientos hombres con la ayuda de Gabriel, que se había disfrazado de mercader, y Joseph. Luego cité a los hombres a la entrada de la ciudad a medianoche. Por orden de Gabriel, les pedí que llevaran vasijas de calabaza, de preferencia las más gruesas y nuevas que tuvieran, un cuerno de toro que se pudiera usar de trompeta, cordones, mechas y aceite de lámpara.
Nos reunimos en la explanada oriente de la ciudad en la que estaba la entrada más estrecha y se encontraban los barrios de los hombres más pobres de la urbe. Cerca de la muralla estaban las enormes cisternas que ya había visto la vez pasada. El terreno estaba empedrado y había muy poca hierba. Iba anocheciendo y poco a poco se iban acumulando nuestros guerreros.

-Gedeón, ¿Te acuerdas de cuáles fueron los sonidos que más estruendo hacían?

-Sí, Gabriel, el más estridente fue uno que parecía el sonido de un elefante soplando por la trompa, el otro semejaba cráneos chocando contra la roca y el último era como la marcha de un ejército de soldados despavoridos.

-Bien, muchacho, entonces ya sabes lo que tenemos que hacer, ¿No?

De inmediato Joseph y yo entendimos el plan y nos dio un ataque de risa. Nos saltaban las lágrimas solo de imaginar lo que pasaría a medianoche. Gabriel parecía un niño agarrándose la barriga y respirando con dificultad. Nadie entendía nuestra conducta pero vi en muchos rostros sonrisas de alegría.

-Bueno,-dijo Gabriel, cuando pudo calmarse,- necesitamos meter leña en las barricas que están allí y verterles unos litros de aceite para que se prendan dos enormes columnas de fuego.

Di la orden repitiendo las palabras de Gabriel. Unos hombres metieron la madera en las enormes cubas y vertieron el aceite.
Cuando por fin se reunieron los trescientos hombres ya eran las doce en punto. La ciudad estaba completamente dormida, entonces di la orden de formar filas. Cada uno de nuestros soldados sacó su vasija y su cuerno, luego humedecieron las mechas en aceite y las pusieron en unos bolsos viejos. Había tres filas de cien hombres cada una, estaban separadas entre sí por una distancia de dos metros dejando dos grandes corredores.
Cerca de la una de la mañana cuando las llamas comenzaban a salir de las bocas de las cisternas, Gabriel se  metió a la ciudad por un hueco que había en el muro y me dijo que siguiera el ritmo de su vara. Di la orden de que se pusiera la rodilla derecha en el piso, se cogieran las vasijas con la mano derecha para golpearlas contra las piedras y se asiera el cuerno con la mano izquierda llevándolo a la boca. Había seis hombres con unas colas hechas de vasijas atadas con un cordel, su misión era la de correr de un extremo a otro por los pasillos que habían quedado entre las filas para que pareciera que algunos cráneos chocaban contra el piso en su carrera desenfrenada.
Gabriel levantó su vara y comenzamos a hacer un ruido espantoso y arrítmico. Traté de seguir el compás que me indicaba Gabriel para que pereciera el ataque de un grupo organizado, pero fue inútil. Los hombres soplaban tan fuerte y golpeaban el piso con tanta fuerza que sentíamos que nos iban a reventar los tímpanos. Los primeros minutos no sucedió nada pero después se elevó el griterío dentro de la ciudad, la gente corría hacía el otro extremo tratando de ponerse a salvo. Los guerreros de Madián corrieron lanza en mano hacía el lugar donde nos encontrábamos, pero chocaban con una multitud despavorida que les impedía el paso. Hicimos ruido hasta el amanecer, las pequeñas colinas que teníamos a nuestros costados producían un eco tan fuerte que la resonancia hacía vibrar la ciudad. Cuando salió el sol pudimos ver lo que había pasado. Había infinidad de personas ensangrentadas tiradas por el suelo, los pocos sobrevivientes vagaban enloquecidos, poseídos por la locura y el temor. Temblaban y se escondían en los rincones oscuros.

Volvimos triunfantes. La gente nos estaba esperando cerca del altar que yo había erigido. Mi padre me recibió con un abrazo muy efusivo, después estrechó a Joseph y le dio las gracias por traerme sano y salvo. Las mujeres cantaban de alegría y los niños saltaban alrededor de sus padres. Nadie podía oír lo que nos decían, solo después de unas horas recuperamos la capacidad auditiva y supimos entonces que la gente quería erigirme rey, pero me disculpé diciendo que nada había dependido de mí, que todo había sido obra de dios y que si querían un rey tendría que ser él.
Me fui a buscar a Gabriel para agradecerle su ayuda. Lo encontré cerca de unos rebaños de ovejas. Me vio y vino muy despacio hacía mí.

-Bueno, bueno, miren nada más a quien tenemos aquí. !Eres todo un héroe!

-Hola, Gabriel, te agradezco mucho tu ayuda, Sin ti no habría podido hacer nada.

-No seas modesto. Por algo te habrán elegido para esto, ¿No crees?  Sé buena persona y ayuda a tu pueblo a seguir adelante. Nunca olvides que la fe mueve montañas. Tú no has hecho otra cosa que demostrarlo.

Tenía ganas de darle un abrazo pero el me dijo que era hora de irse. Surgió una luz muy intensa y sus alas se desplegaron. Seguramente, se dio cuenta de mi sorpresa y gritó.

-¿Lo ves? ¿Lo ves? Sí, si son de verdad, ¿Qué tal, eh?

Me quedé mirándolo con una sonrisa, luego desapareció.
















martes, 28 de abril de 2015

Débora y Barac (Cuento apócrifo)

 Hizo una pausa para beber un poco de agua y se sentó sobre una roca. La ardiente arena quemaba sus pies y su túnica de lino a penas lo protegía de los punzantes rayos del sol que comenzaban a caer como lluvia de incandescentes flechas. Cogió su corambre de carnero, que por el uso estaba zurcido y ajado, y comenzó a beber lentamente dándole oportunidad al agua de hidratar sus  resecos y partidos labios, luego fue sorbiendo pequeños traguitos que pasaba lentamente para prolongar la agradable sensación del tibio líquido. Miró a través de la persianilla de ondas calientes que brotaban del suelo y vio el terreno desfigurado, como si fuera una alucinación, entonces levantó más la cabeza y dirigió la vista hacia la montaña buscando la palmera de Débora y no vio a la mujer, esperaba distinguir su silueta y que ella lo llamara  agitando los brazos como lo hacen las personas que claman auxilio, pero la palmera permanecía sola e impasible, alta y frondosa, mirando muy serena el horizonte.

 ¿Hasta cuándo soportaremos este yugo?-Pensó- ¿Cuánto tiempo más tendrá que soportar nuestro pueblo la opresión de Hazor y su bellaco Sisara? Hemos sido condenados a sufrir una pena injusta, ¿hasta cuándo soportaremos los maltratos del pueblo extranjero?  Acaso hay pecado más grave que el olvido de tus hijos, oh, señor. ¿Dónde está tu bondad?  Este interminable intento por conquistar nuestra tierra y reinar con calma no llegará nunca mientras no nos perdones y ayudes. Hemos errado, sí, pero cuenta las generaciones, los hombres que han perecido en el intento,  ¿qué más hay que hacer para fortalecer nuestra fe y ganarnos tu perdón?  Incluso ahora, has preferido comunicarte con nosotros a través de una mujer, ¿será posible que los hombres hayamos perdido tu preferencia? -Con esos pensamientos y dudas, Barac, siguió andando su camino.

Todos los días caminaba por el mismo sendero, llevaba sus herramientas cargadas en bandolera en un enorme bolso de lana que de tan pesada parecía más una yunta. Por lo común iba a Jasor o a Cadés para emplearse como albañil en la construcción de murallas, casas y fortificaciones. En esas ciudades  sufría las ofensas y humillaciones por parte de los emigrantes paganos y los nativos que lo hostigaban dándole más trabajo o encomendándole tareas absurdas e inútiles.  Él no se quejaba nunca de su destino, sabía perfectamente que era un designio divino y era consciente de que tenía que esperar, por eso cada mañana, al pasar por la montaña de Efraín buscaba con ansiedad un presagio en la figura de la profetisa.  Su intuición, más no su voz interior, le decía que pronto llegaría un mensaje y ,aunque bien era cierto que nunca había escuchado ninguna orden celestial, tenía la esperanza de que fuera Débora quien se la transmitiera.

¿No estaba para eso Débora? Por su parte, él podría esperar eternamente porque de todas formas cada día pasaba al lado de la montaña.

 A veces, se imaginaba que subía, que se plantaba frente a la portentosa mujer visionaria y ésta con su mirada tierna de olivo le daba la orden, esa pequeña frase que encerraba tanto, que contenía la liberación de un pueblo, para la cual se había guardado tantos sufrimientos y dolor.
¡Es la hora! - Le parecía oír,- qué frase tan corta y, sin embargo, tan llena de esperanza y satisfacción. Le parecía que eran solo ideas suyas, resultado de una mente afectada por la locura. Le causaba pavor pensar que la voz de Dios no tendría ni emisario ni destinatario y que los ángeles del cielo, los mensajeros divinos, se habían olvidado para siempre de los hijos fieles del pueblo elegido.

A menudo soñaba despierto mientras construía los muros de adobe y barro. En esas largas horas en las que iba forjando esas enormes murallas, se veía a sí mismo al frente de un ejército, veía morir en sus propias manos al injusto y cruel Sisara, el cual lo veía con sus ojos negros y desorbitados saliéndosele de las cuencas, oía su voz ahogada pidiendo clemencia como un vil cobarde, sentía el olor de su asquerosa boca de dientes putrefactos y su despreciable corpulencia gorrina ya inerte.  Con sus fuertes manos mezclaba el barro con la hierba seca y luego iba colocando con una precisión milimétrica los adobes para formar muros, cuando ponía los tejados los ataba a las trabas con tanta fuerza que parecía imposible derribarlos, y era que en su trabajo, Barac, acumulaba esa energía, ese odio que necesitaría para el momento culminante de la verdad.  Había ocasiones en que, sin  darse cuenta, trabajaba él solo, mientras sus compañeros hacían el tonto fingiendo ocuparse de algunas tareas a su lado, culminaba las obras y recibía una humilde paga, muchas veces inferior a la de sus astutos compañeros. A él no le importaba, estaba embelesado con su sueño y más que agotarlo, el trabajo lo dignificaba, lo fortalecía, pues había empezado a emplearse como albañil cuando era un adolescente flacucho. A pesar de que fue duro al principio, él iba motivado por la ilusión y el sueño de la liberación de su pueblo y ahora que parecía un toro joven, musculoso y digno, esperaba con abnegación a que llegara su momento.

Cuando volvió por la noche a su casa encontró a los niños durmiendo, sus padres estaban ocultos bajo unos mantos, sumergidos en una conversación en voz baja que más parecía un canto de plegarias. Al verlo lo saludaron y él se fue a cenar leche de cabra con pan ácimo y dátiles, era lo poco de comida que había sobrado en un plato llano de arcilla que estaba al lado del fogón. Comió con mucha calma, sin hambre y con los ojos fijos en el vacío, sorbiendo maquinalmente la bebida tibia y aguada. Se durmió al sentir el contacto de la tela áspera de su rudimentaria almohada. Se derrumbó en un sueño profundo y su cuerpo se hizo de trapo. El frío de la noche lo despertó, respiraba con dificultad y tenía el cuerpo titiritando y mojado de sudor. Cogió su fino y viejo manto, salió sin hacer ruido y miró el cielo sin luna, solo las estrellas con minúsculos destellos ofrecían un poco de luz. Entonces recordó su sueño, la causa de su desvelo, primero aparecían unos ojos glaucos, luego unos labios silvestres le anunciaban las dignificantes palabras, pero lo más emblemático de su visión era el dedo índice de Débora señalando el firmamento, evocando el poder del creador.  Se preguntó en voz baja si no estaría su pueblo entrando en una nueva era. Por qué hasta antes de Débora los profetas habían sido hombres, ¿Acaso dios había perdonado a la mujer de su pecado original? ¿Por qué su mandato tenía una voz femenina, fuerte y decidido, pero femenino?

 A parte de escuchar la frase: ¡Es la hora!, esta vez había escuchado la voz de Débora diciéndole, ¡esta será la señal!,-luego, desaparecía. A qué se refería, qué tipo de signo tendría que esperar para empezar a actuar. No encontró respuesta a sus interrogantes y se metió de nuevo en el lecho para descansar, concilió el sueño con dificultad y a la mañana siguiente buscó de nuevo la figura de la palmera y la encontró, esperaba nervioso recibir la señal de Débora, pero fue en vano, ella no estaba. Permaneció parado frente al árbol una media hora con la esperanza de ver a la mujer zahorí o distinguir un signo, todo fue inútil.  Se fue lentamente por un estrecho camino cubierto de harina de polvo opaco y se preguntó cuántos años habían pasado, cuántos meses y días eternos vendrían. Cuando llegó a la ciudad de Cadés miró con atención los enormes muros que había edificado con sus propias manos y sintió que la fuerza que había empleado, durante años, ahora tensaba sus fuertes músculos. -Esta debe ser la señal,-Pensó Barac y volvió rápidamente sobre sus pasos hasta el monte de Efraín. Desde muy lejos distinguió la figura de una mujer envuelta en un manto rojo oscuro, era la mujer de Lapidot. Llegó hasta la palma y la mujer levantó la mano hacía el cielo señalando con el dedo y le dijo:

“El Señor te ha llamado! !Es la hora!  Deberás reunir un ejército de diez mil hombres y avanzar contra  las fuerzas de Sisara. Hazlo como lo ordena tu señor y triunfarás”.

Por un momento, Barac, dudó de lo que oía, se vio sobrecogido por la angustia y el temor, su voz quedó atrapada por un momento en el vacío. Creyó conveniente buscar el apoyo en la profetisa.
-Vendrás conmigo, señora, y nos darás las ordenes que indique Dios a través de tus palabras.
Débora lo miró incrédula y sus ojos se fueron entornando, después se pusieron blancos. La vidente comenzó a temblar, luego respondió:
-Iré a tu lado y derrotarás al ejército de los mil coches de hierro, vencerás en la batalla, sin embargo, la gloria no será tuya porque te has negado a emprender el ataque bajo la señal de la nube del señor. Iré contigo y cuando busques a tu enemigo te dejaré ir solo siguiendo un rastro que te llevará a una casa donde descubrirás una gran revelación.

Barac reunió de Neftalí y Zabulón diez mil hombres dispuestos a tomar por sorpresa a Sisara, pero Jéber, quién se había enfrentado en su día al suegro de Moisés, dio aviso a los hombres del comandante de Sisara y estos tuvieron tiempo de enfilar sus novecientos herrados y fortificados carros. Así comenzó el avance hacía la pendiente del monte Tabor.  Sisara divisó el ejercito judío y arreció la marcha haciendo levantar una enorme nube de polvo semejante a un torbellino, en ese momento, Débora habló con la voz del creador e indicó que se prepararan los hombres para atacar bajo una fuerte tormenta. En ese mismo instante el cielo se puso gris y el viento escarchado tomó la dirección de la nube de polvo aplacándola, el torrente era tan fuerte que los caballos del enemigo parecían pequeñas estatuas de juguete que arrastraban sus cargas con mucha dificultad, los soldados apenas podían sostener la espada y sus cascos se les desprendían de la cabeza por efecto del vendaval. Empezaron a chocar las armas al ritmo de un cantico de metal y los soldados de Barac, más habilidosos y diestros con la espada, derramaron la sangre del enemigo.

El grupo de soldados de las fuerzas armadas de Sisara se mantenía en una masa compacta pero sin la suficiente fuerza para detener la ola humana que los rodeaba y sometía con golpes mortales. En la pequeña maqueta del mundo creado por Dios, los guerreros judíos, guiados por la portentosa mano del Señor, aplastaban a sus contrincantes. Asustados por la inminente derrota, algunos soldados  se desperdigaron, entre ellos el comandante en jefe se dio a la fuga, pero fue visto por Barac. Atravesando  los cuerpos inertes de los guerreros, Barac se abrió paso para darle alcance a Sisara y, a pesar de que no estaba muy lejos, lo perdió de vista y solo pudo continuar la búsqueda caminando tras las huellas que el otro había dejado en su precipitada carrera. Cuando el suelo se hizo más firme y las huellas ya no se marcaban por la dureza de la superficie del campo, Barac vio la casa de Yael y supuso que Sisara estaría al asecho dentro de la tienda. Se acercó sigilosamente pero sus pasos fueron oídos por la esposa de Jéber, Barac levantó la espada y se preparó para el ataque, sin embargo, al dar el primer paso vio que salía Yael con un martillo en la mano derecha y el puño izquierdo ensangrentado.

-No temas,-le dijo ella- el hombre que buscas está muerto.

Barac entró con prisa en la tienda y descubrió el cuerpo de Sisara tumbado sobre el costado derecho y la cabeza clavada al piso. Un enorme charco rojo que se empezaba a coagular rodeaba el cráneo destrozado del general. Barac oyó a sus espaldas las palabras de Yael que le decía:

-Ha venido pidiendo agua y cobijo, pero al entrar la voz de Dios me indicó que era un traidor y venía a buscar su propia muerte. Entonces, oí la orden del ángel que me alentó a que le diera a Sisara de la leche del odre y en cuanto se durmió cogí el martillo y un enorme clavo y le atravesé la sien. El enviado de Dios me dijo que venías tú, que te me adelantara y te avisara la buena nueva mostrándote el cadáver.

Barac desconcertado se alejó en busca de Débora para hallar una explicación. En el campo de batalla todo era alegría y festejo porque no había quedado enemigo vivo. El cielo estaba despejado y los hombres de Barac creían ver el mundo más pequeño, como si estuvieran observando desde una gran altura los pequeños cuerpecitos de los caballos atrapados entre las ruedas de los férreos y plateados carros.
Esa misma noche se compuso un himno de victoria, tal vez uno de los más importantes de la antigüedad porque en él se cantaba el triunfo del pueblo elegido sobre sus enemigos en el reino cananeo de Hazor y el devenimiento de una nueva era donde la mujer sería también vocera y mensajera de las palabras de Dios. Barac tuvo un sueño profundo, oscuro y tranquilo, sin imágenes, solo con el murmullo de una dulce voz celestial que le decía que había llegado una nueva era, pero él, ya no vería su final.








martes, 21 de abril de 2015

Doble

Tuve el gusto de conocerlo hace poco. Su nombre es Saturnino y no hace honor al dios hermano de Titán porque es un hombre bonachón y tranquilo con aspecto de maestro de la antigüedad. Entablamos una conversación, por casualidad, muy amena, ya que a los dos nos gusta la literatura, sin embargo noté desde el principio que el percibe la literatura desde otro punto de vista. Es como si estuviera del otro lado de la realidad, es decir desde dentro de las historias.

Mira,-me dijo,- hace poco tomé la decisión de escribir, pero me costó mucho trabajo. No es porque no tenga aptitudes, más bien es porque he tenido la impresión toda mi vida de que soy una persona diferente, es como si yo viviera las historias que lee la gente.

-No te entiendo, Saturnino, explícate mejor

- ¿Has leído la verdad de las mentiras?

-Sí, claro, es uno de mis libros preferidos y, a pesar de que no todos los libros de Vargas Llosa me gustan, este es estupendo.

- Pues, si recuerdas algo de lo que comenta sobre el Tambor de hojalata de Gunter Grass, entenderás lo que quiero decirte.

-¿Y qué es exactamente?

-Hay una parte en la novela donde el autor alemán deja entrever la idea de que Oscar es el hijo de Polonia, porque has de suponerlo, ¿no? Es solo una forma de interpretar el papel de la madre de Oscar. Pues, te confieso que yo me sentía como Oscar, así de pequeño con esa voz aguda que rompía cristales, tocando el tamborcito de hojalata como si fuera un himno bastardo que nadie reconocía, pero no era solamente eso.

-¿Qué más había? Saturnino.

–Había algo muy raro que no podrías imaginarlo y mucho menos comprenderlo. Era una sensación de ver desde dentro el exterior. Personas leyendo, viviendo en mundos raros y diferentes sociedades. Podía ver las caras de algunos lectores y escuchar su voz interior.

-¿Eso quiere decir que te sientes un personaje imaginario de los que abundan en la obras?

-Efectivamente, y puedo, si lo deseas, decirte cosas sobre los personajes de Chejov o Maupassant, Poe, Rulfo, Borges o cualquier otro.

-Es asombroso, querido amigo y, ¿Cómo escribes entonces?

 –Contando lo que veo, lo que logro discernir del pensamiento de los que cuentan historias. Trato de comprender a los personajes que están a mi mismo nivel dimensional, incluso hablo con ellos en ocasiones. Lo que si me cuesta trabajo es redactar lo que no conozco. Por ejemplo, un día normal, sin metáforas o una cara real sin desvirtuarla por las ideas de un narrador real. Hay ocasiones en que tardo horas enteras para poder decir que una mujer era convencional que tenía el pelo castaño y los ojos verdes.

-Bueno, Saturnino se me acaba el tiempo. ¿Volveré a conversar contigo?

-Búscame dentro de los cuentos, siempre hay un personaje en el que estoy reflejado, mirando desde ahí con paciencia, tanto la actitud del lector como la del autor. Hasta pronto.


 

lunes, 20 de abril de 2015

Rompimos por un Ipad

Me pregunto cómo he podido llegar a esta situación tan ridícula. Es verdad que en varias ocasiones me he conducido como un patán, pero es que no hay derecho a que todo el mundo trate de controlar mi vida y, lo peor, que de la opinión de los demás dependa mi estado de ánimo, al final, creo que todos estos cacharros electrónicos son los culpables de mi malestar.

No sé con exactitud qué es peor, si seguir en este círculo vicioso donde mi humor depende de la respuesta a mis selfies, los “me gusta” cuando cuelgo una foto, los comentarios cuando hago una publicación, las críticas en contra de mis opiniones en un foro; o la indiferencia total.

Antes, no tenía esa angustia de no saber si mis colegas, admiradores y enemigos aprobaban o desaprobaban mi conducta en mis participaciones en las redes sociales, pero últimamente, ya no puedo vivir sin las visitas a todas mis aplicaciones multimedia. Al día haré más de cien o unas doscientas revisiones.

Me asombra que a veces estoy deshecho, me da una depresión horrible, porque nadie me visita en mi blog, cuando nadie le pone una manita con pulgar a mis fotos me enfado, cuando alguien dice algo de mí y, al hacer el comentario de respuesta, me ignoran, hasta quiero romper la computadora. ¿Qué me pasa?

Ahora mismo estoy fatal. He tirado mi compu portátil por la ventana, es que iba muy lenta y no podía mantener una discusión en el chat, decidí enviarle una cadena de sms a mi desagradable interlocutor, pero mi teléfono tiene una función de corrección de textos, me los cambia al inglés, que no puedo cambiar porque el programa del aparato no me lo permite, tendría que actualizar el androide y buscar aplicaciones en play store, pero cuándo te vas a poner a hacer eso en una discusión, además mi fono es pirata.

Me he preparado una taza de nescafé y estoy tratando de razonar un poco sobre las causas de este estado de angustia. Conciencia está ofendida, sentada frente a mí con su cara de indignación, ni siquiera me mira, tiene la cabeza levantada y hace como que no me ve, he tratado de comunicarme con ella por medio de Sentido Común pero él tampoco quiere dirigirme la palabra, dice que eso de tirar el regalo que me hizo mi hermana por la ventana, solo porque se había colgado un rato, fue una burrada. Los entiendo a los dos pero tengo mis objeciones.

Para la primera, la dama criticona y confianzuda, sería necesario que supiera que estoy tranquilo y satisfecho por haberle dicho a mi novia Lola que hiciera lo que quisiera cuando tenía la peor depresión de su vida, no podía entender que yo tenía que contestar un montón de mensajes y subir un artículo en mi blog, con qué cara me exigía que saliera de inmediato a consolarla por no sé qué niñería, y luego se quiso hasta suicidar, ¿será tan inútil?

Para el segundo, ¿qué podía hacer yo? Es cierto que Sentido Común me dijo que lo mejor era dejarlo todo y salir de inmediato en su ayuda, que de ser verdad lo de mi novia Lola, tendría que afrontar las consecuencias después, y así pasó, pero no fui yo el culpable. Al principio sí le hice caso a mi compañero inseparable y hasta me vestí para salir en ese momento, pero cuando ya estaba a punto de irme, entró en línea un contrincante que tengo en el juego de los tanques de guerra y, como ya me había ganado la vez pasada, tenía que desquitarme, me regresé y empecé a jugar, Sentido Común me comenzó a echar la bronca y a jalarme del brazo, pero yo le dije que ni lo intentara, que no iba a salir mientras no ganara. Estuve lidiando con mi rival y con el otro, el que no me soltaba el brazo, y perdí de nuevo. Me puse mal, rompí la consola del nintendo.

Conciencia, que está con mala cara frente a mí, en aquel trágico momento me dijo que si no iba a ver a Lola, los dolores los padecería yo, luego. Eso fue el peor augurio porque después me llamó mi cuñada muy alarmada diciéndome que la Lola se había tomado no sé cuantas pastillas.

-Ha sido por tu culpa.-Me dijo con rencor Alicia.- En ese momento saltaron estos dos mudos que ahora no quieren hablar, pero esa vez sí que me gritaban, la una me decía: ¿ya lo ves?; el otro: “¿Pero serás animal? Cualquier persona, hasta la más cruel habría dejado los malditos cacharros y se habría ido a ver a la novia”

Cuando al final salí para ir al hospital pasé por una tienda donde se venden teléfonos móviles  y los Ipads, por pura curiosidad me metí a preguntar por el precio del último Ipad mini, cuesta un ojo de la cara, pero cuando le pregunté por las aplicaciones al chico que atendía, me sorprendió que con ese aparato resolvería todos mis problemas.

-Este no se te cuelga nunca,- me dijo el chaval, que parecía un experto a su corta edad, así somos ahora, pensé, lo sabemos todo,- y puedes configurar lo que quieras, además mira qué diseño, incluso te lo puedes llevar con un plan de crédito fantástico, podrás conectarte al wifi cuando quieras y la tarifa da risa.

-Bueno, lo pienso y vengo en la semana, ahora no puedo decidir porque mi novia está en el hospital.

-No te preocupes, la promoción está hasta fin de mes. Ah, y que se recupere tu novia.

-Gracias, hasta pronto.

Llegué finalmente al hospital acompañado de estos dos inconformes que me decían lo que tenía que hacer, decir y cómo debía conducirme en una situación tan complicada, pero la cagué.

Lola estaba muy mal, se veía como zombi.

Dile algo agradable,-me dijo Sentido Común,-pero piensa bien las palabras. Por desgracia, no se me ocurrió nada y lo único que hice fue acercarme a mi novia y darle un beso, no me gustó porque tenía los labios secos, ásperos, como con escamas. ¿Te gustan estás flores?- era la primera vez que le regalaba un ramo. Con un movimiento de la cabeza dijo que sí, pensé que no podía hablar y me sentí incomodo porque sabía que quien tendría que llevar la conversación sería yo.

Empecé disculpándome y prometiéndole que en el futuro sería mejor y que no le causaría ningún disgusto. En realidad, el disgusto era mío porque en ese momento me estaban mandando un montón de mensajes en sms y quería saber quién era. Durante unos minutos, Lola y yo nos miramos y hasta nos reímos un poco, luego le comenté lo del Ipad y ahí se terminó todo.

-¿Es que no te acuerdas que me habías prometido comprármelo para mi cumpleaños?- Era verdad, se lo había prometido cuando estaba haciendo algo del blog y luego se me olvidó. En su cumpleaños le di un modesto reproductor de música, que me habían dado como regalo junto con la tele que mi hermano y yo compramos para mi mamá, y seguro que eso fue lo que la hizo perder el control. Traté de disculparme, mientras Conciencia me veía con rencor, y le dije que en cuanto hiciera algún trabajito por ahí, le compraría el mejor Ipad, pero no pude cumplir con lo prometido por falta de encargos porque, como por arte de magia, nadie me llamó ni para saludarme.

Ayer Lola salió del hospital y, al llegar a su casa, me miró de forma interrogativa, yo no entendí, pero la parejita de inconformes que no me deja en paz me empezó a recriminar y dar consejos al mismo tiempo: ¿te acuerdas de lo que le prometiste?-decía ella; él, por otro lado, en tu lugar yo iría a pedirle dinero a mi hermano y compraría el Ipad. No pude decidir nada porque frente a mí estaba el otro, el peor de todos: vanidoso, egoísta, soberbio, arrogante, presumido a morir. –No se lo compres, de nada le va a servir y de todos modos la vas a dejar,- Mi inseparable parejita de torturadores puso el grito en el cielo. Conciencia me dijo que eso estaba mal, que sería lo último que me permitiría hacer. Sentido Común masculló cosas que no entendí y se salió disgustado. Total que me fui y decidí comprarle a Lola lo que quería, sin embargo, creo que me lo voy a quedar porque después de la caída, desde la cuarta planta, mi ordenador ya no funcionará.

 


 

martes, 7 de abril de 2015

Desamor


Quiero liberarme de la lacra, de esa escoria mental que me ha llenado la cabeza con estos recuerdos. Deseo terminar con estas ideas viciadas  y añejas, rascarme las costras abultadas de evocaciones e imágenes pardas, sin embargo sé que me quedaría una cicatriz inevitable, contundente. Mi camino por la mente es tedioso: las mismas imágenes, la misma mujer, el mismo rechazo dicho de mil formas; transformado, adulterado y amargo. No hay forma de salir del laberinto, tenía una vaga esperanza pero de tan acostumbrado que estoy, siento temor de perder lo que ha sido mi vida durante tantos años. Este sufrimiento se ha transformado en una necesidad, es mi vida misma. Ya no encuentro otro motivo para vivir más que esos recuerdos. La duda y el temor me asaltan cuando pienso en la pérdida de mi adicción, es como el hombre que sabe que puede dejar la bebida o el tabaco pero que prefiere morir a enfrentarse a una existencia vacía, sin causa, porque qué es una existencia sin el objeto del placer sea cual sea, bueno o malo.

También están allí todas esas chucherías que he guardado desde la adolescencia. La foto del grupo del último año de la secundaría, donde yo estoy parado junto a ella mirándola con devoción. Amarillenta y mil veces leída, la única carta que ella me envió posponiendo la decisión a mi propuesta. En una caja de madera, una diadema que se le perdió a Julieta cuando fuimos de excursión al planetario y yo la escondí furtivo, temeroso, culpable. Los dibujos a mano alzada que hice durante los cortos recreos en los que a la distancia delineé con lápiz  su hermoso cuerpo juvenil.  Mis poemas improvisados, guiados por la pasión incontrolable y nunca recibidos, y sus papelitos, sus notas y sus hojas trozadas con su letra gariboleada y grande con esos “No” rotundos, hirientes, casi mortales. No tengo ningún objeto que se relacione con la esperanza, ni uno solo que me produzca un poco de alegría y, no obstante, sigo con la ilusión de ese “Sí”, que nunca llegó.

Acumulado, en capas enormes, endurecido e imposible de quitar, está el nombre de Luis, su voz, su aspecto majadero y altivo, su imagen de triunfador, todo un rompecorazones. Su donjuanismo y su persistencia con Julieta, esa horrible barbita de chivo que tanto detesto y que para ella era como un llamado de seducción, como un signo del sátiro, del pervertido y lujurioso;  y ella, ella como diosa de la fertilidad deseosa de llenar su vientre con todo el deseo y pasión del hombre chivo, del cabrón, que no era otra cosa más que eso.

Por qué ante él, ella, se desmoronaba, enrojecía y perdía el control, por qué se mostraba tan perceptiva tan húmeda y deseosa, ¿y conmigo? Como un claustro, como un monasterio de estricto régimen que no dejaba entrar ni a Dios. ¿Quién era yo?, nada más que un pobre desdichado, enamoradizo, ilusionado y tonto. Por qué, por qué no luché. Bien podía haberla tomado con violencia, obligarla como se obliga a una mula retozona e indomable. También, podría haber actuado contra él, como un loco desaforado, incontrolable y demente. No me hubiera costado nada ahuyentarlo, echarlo para siempre como se debe espantar a una hiena, pero no lo hice y me condené, yo mismo me puse el cerco y lo hice mi prisión. Vi todas las desgracias detrás de una trinchera improvisada, ocasional. En cada momento decisivo me oculté tras un comulgatorio.

Ahora es tan tarde y aunque sé que ella estaría dispuesta para mí, sin reticencias, me estorba la costra, ese bulto de residuos acumulados, disecados, enraizados hasta lo más profundo. Cómo pude ir edificando este insalvable muro, no lo sé. Ni la fuga ni el cambio, ni el pasado ni el futuro, ni la unión ni la separación pueden ayudarme. Condenado a seguir así, seguiré encerrado en mi propio infierno, por haber rechazado la ayuda, la misericordia de otras que con benevolencia trataron de levantarme mientras yo seguía esclavo, víctima de aquel desprecio que en ese momento era mi única vida, mi única savia y redención.  Lo único que me queda es una existencia desvalida, perdida por la obsesión, un hombre frustrado por la necedad, ilusionado por el deseo de conseguir un poco de compasión y cariño. No queda más que una viuda infeliz, torturada eternamente, por las mentiras de su macho caprino.