miércoles, 13 de mayo de 2015
lunes, 4 de mayo de 2015
Las trescientas vasijas sagradas de Gedeón. (Cuento apócrifo)
Lo vi a
través de la tupida lluvia de semillas de trigo, con dificultad distinguí su silueta encorvada entre las cascarillas que
se desprendían de cada grano y salían volando como polillas. Pasó dos o tres
veces frente a mí llamándome la atención, pero en cuanto dejaba de esparcir los
cereales y trataba de buscarlo sólo encontraba una nubecita de polvo dorado que
confirmaba su existencia, sin embargo él no estaba por ningún lado. Este juego
se prolongó más de una hora y al final pensé que era una alucinación provocada
por el fuerte sol de mediodía. En cuanto el trigo estuvo limpio lo metí en un
costal y me dispuse a llevarlo al granero donde estaba mi padre. Al momento de
echarme el saco al hombro golpeé al escuálido hombre que me había estado
rondando mientras trabajaba.
-Eh,
ten cuidado, mira lo que has hecho,-me dijo muy enfadado. Le pedí disculpas y
le pregunté quién era y qué quería.
-Soy
Gabriel y vengo a buscar ayuda para cumplir una misión.- ¿Y yo qué tengo que
ver con eso?- le inquirí.
-Pues,
no lo sé todavía. Como me dijeron que tenía que buscar al hijo de Joás, he
venido a ver si vive aquí.
-Pues
seré yo a quien buscas porque mi padre es Joás de la tribu de manases.
-¿Tu
nombre es Gedeón?
-Sí,
soy yo, ¿Por qué?
-Ah,
entonces todo está claro. Mira, vengo de parte del Señor que está muy enfadado
con sus hijos de Israel porque se han olvidado por completo de él y le hacen
culto a otro dios llamado Baal. Sé que tus hermanos han muerto en batalla y que
ahora serás tú el siguiente guerrero.
-¿Cómo?-le
interrumpí sobresaltado por el miedo, -Pero de qué manera voy a lograrlo, si ni
siquiera sé usar la espada, ¿Cómo voy a ir a combatir contra los medianitas que
tienen un ejército organizado?
-No te
preocupes, Dios pondrá en tus manos a los nómadas y pecadores como si fueran un
solo hombre. Los derrotarás fácilmente pero tendrás que seguir mis
instrucciones.
-Esto
parece más embuste que otra cosa, ¿Cómo puedes demostrar que eres enviado del
creador?
-Pues,
ya lo comprobarás. Lo primero que vamos a hacer es lo siguiente.- Hizo una
pausa para tragar saliva, miró alrededor con atención y siguió,- Tú eres un
muchacho inteligente e ingenioso por eso te voy a poner una tarea, si la pasas,
mañana te comprobaré que vengo del reino celestial.
-Está
bien, dime lo que tengo que hacer.
-Hay
formas más prácticas de limpiar el trigo. ¿Podrías inventar, para mañana, algún
instrumento que haga la labor más simple y te evite estar subiendo y bajando
con tu palangana del banquillo? Piénsalo bien y mañana vendré a verte para ver
qué has hecho, ¿está claro?
Así nos
despedimos y me fui a ver a Joseph para traer unos encargos de la ciudad. Al
pasar por el altar que mi padre había construido en memoria del dios Baal, lo
encontré rezando y poniendo una ofrenda, ya que en unos días se celebraría su
festividad y habría un gran barullo con bailes y música. Esperé a que terminara
sus oraciones y ritos, luego le comunique que iría a la ciudad y me hizo el
encargo de traer un poco de mechas y aceite rancio para encender los quinqués.
Me dio unas cuantas monedas y me recomendó que tuviera cuidado de esconder bien
el dinero y que no entablara conversación con ningún nómada, pues ya en varias
ocasiones me habían engañado y despojado de mis pertenencias.
Encontré
a Joseph preparando unas vasijas de calabaza recién fabricadas, las puso al sol
para que se secaran y se endurecieran un poco. En cuanto me vio dejó su trabajo
y vino a darme un abrazo y tres besos en las mejillas. Estaba muy contento
porque su mujer estaba embarazada y tendría pronto un primogénito.
-Hola, Gedeón
que la paz vaya contigo. En un momento nos vamos.
-Sí. No
te apures mucho, tenemos tiempo de sobra, ¿Qué tal está Sara?
-Oh,
muy bien, muy bien. Muy pronto ya seré padre.
-Me
alegra mucho saberlo, que envidia me das.
-Pues,
a ti te llegará tu momento, no desesperes, además con todos los problemas que
nos causan los saqueadores, es mejor mantenerse soltero. Ya sabes que uno nunca
está seguro aquí.
Durante
el trayecto a la gran urbe pensé en contarle a mi amigo todo sobre el encuentro
que había tenido con Gabriel, pero algo inmovilizó mi lengua y permanecí mudo
toda la marcha, pude pronunciar palabras solo cuando estábamos atravesando las
puertas de la ciudad. Fuimos primero a comprar unas pieles de oveja que Joseph
necesitaba para arropar a su futuro bebé en los días fríos de invierno.
Entramos a una tienda donde había un hombre de unos cincuenta años, era bajito
y sus dientes se le habían ido desmoronando poco a poco, al reírse parecía que
lanzaba un gritito agudo y burlón. Nos invitó a ver las pieles, al principio nos
trajo unas muy viejas y nos dijo que costaban tres monedas de plata cada una.
Decidimos salirnos sin ni siquiera regatear, entonces el hombrecito cambió de
tono de voz y con una disculpa nos ofreció unas hermosas pieles nuevas, bien curtidas
y muy suaves, eran dos blancas y una negra. Joseph cogió las dos borregas
blancas y sacó el dinero, pero el hombre le dijo que si no le compraba las tres
no le vendería las pieles. Estuvimos discutiendo más de media hora sin llegar a
un acuerdo, pero vino a salvarnos la esposa del comerciante.
De
pronto, se abrió una cortina y una mujer mulata delgada y no tan joven me miró
con curiosidad, era como si tratara de encontrar un mensaje en mi actitud.
Habló con una voz firme y le ordenó a su marido que nos diera las tres pieles,
una cuba de aceite rancio y mechas para los quinqués. Esos hombres han venido
por un recado del creador, Jeremías, y estamos obligados a ayudarles porque de
ellos dependen nuestras vidas. El más joven ha venido aquí no solo por tus
mercancías sino por un decreto del cielo. En ese momento una fuerte corriente
de aire entró por la ventana. Volteé hacía el lugar de donde provenía el viento
y pude ver que una malla rudimentaria en la ventana protegía la pequeña tienda
de los insectos, impidiendo su entrada, no obstante el pequeño antepecho de
piedra lisa estaba lleno de polvo. Se me ocurrió una idea y en ese momento mi
mirada se cruzó con la de la mujer, que en ese instante, decía que ya nos
podíamos marchar porque el mensaje había sido recibido. Pagamos por las
mercancías y salimos con dos fardos, la barrica de combustible rancio y las
mechas. Atamos todo con mucho cuidado al asno que llevaba Joseph y comenzamos
la marcha de regreso.
A un
lado de las puertas de la ciudad encontré una red de pescador muy fina que
estaba atrapada entre unas piedras, miré si había alguien cerca pero no vi a
nadie. Le pedí a Joseph que me esperara, desprendí la malla y la enrollé con sumo
cuidado.
-¿Para
qué quieres eso, Gedeón? El río está muy lejos y tenemos que regresar.
-No,
Joseph,- le contesté y estuve a punto de revelarle el secreto, sin querer, pero
improvisé rápidamente algo.- es que quiero ir a pescar dentro de unos días, cuando
tenga tiempo.
Llegamos
ya entrada la tarde y me puse a buscar un poco de trigo, luego lo puse sobre la
red a la que le había tejido unos hilos de lino gruesos y comencé a limpiar el
grano. El experimento resultó y me sentí muy alegre de poder darle la noticia
al viejo Gabriel.
Por la
mañana encontré al anciano muy rejuvenecido y con el porte más recto, era como
si le hubieran quitado unos años de encima, venía muy sucio y sudoroso.
-Hola,
muchacho, ¿qué tal va todo? ¿Tienes mi encargo?
Con
bastante regocijo le mostré la red y le hice una demostración limpiando un poco
de cereal. Él me felicitó y dijo que tendríamos que continuar con la misión y que
ahora sería mejor que le pusiera dos marcos de madera a la red y que hiciera un
tamiz o una zaranda con ellas. Yo me sentí un poco decepcionado por su actitud indiferente,
pero él me pidió un favor.
-Oye,
antes de que hagas las cajas de tu colador, consígueme una navaja para
afeitarme la barba y un poco de jabón para darme un baño.
-Sí,
así lo haré, pero empiezo a dudar que seas un enviado de Dios, pareces más un falso
predicador que un ángel.
-Bueno,
mira, creo que no he empezado bien con esto. Si quieres que te demuestre que
soy quien digo que soy, trae un cabrito pequeño y sacrifícalo ante Dios y verás
que te digo la verdad. Para que no dudes de mí, te demostraré que vi a Noé,
luego a Abraham, a Moisés y a Josué, no hace mucho de eso, pero se ha perdido
la fe y nadie cree que ellos eran los verdaderos profetas. Haz lo que te ordena
nuestro padre y verás la verdad.
Entonces
fui y sacrifiqué un pequeño cabrito primogénito de color blanco y preparé la
salsa, luego llevé todo en un gran cesto al lugar donde pacientemente me esperaba
Gabriel y se lo puse todo enfrente. Me ordenó que pusiera la ofrenda sobre una
roca virgen. Dejé la canasta con la carne embadurnada de salsa, puse la leña y
le ofrecí a Gabriel el holocausto tal y como estaba escrito en libro Levítico,
con un animal sano y panes ácimos. El levantó una vara y me dijo:
-Ésta
vara la llevó Moisés ante el faraón, con esta vara se cumplieron las diez
epidemias que afrontó el emperador egipcio y con esta vara tu ofrenda se hará
cenizas y subirá en forma de nube al cielo, luego saldrá una intensa luz del
firmamento y escucharás el agradecimiento de Dios.
No sé
ahora si efectivamente oí algo, pero vi que se abría el cielo y que una fuerza
placentera me invadía, era una muy agradable sensación de paz, incomparable con
algo terrenal, incluso creí que en cualquier momento podría salir volando en
dirección del reino divino. Estaba completamente abstraído y no podía separar
la mirada de aquel lugar tan hermoso. Luego, no sé cuánto tiempo transcurrió,
escuché a Gabriel.
-¿Ahora,
lo crees?
No
podía contestar nada, saqué una navaja y un trozo de jabón que llevaba
envueltos en una tela de lana nueva y se lo entregué al ángel. Él se dio media
vuelta y despareció.
Pasé
toda la tarde gozando de la energía espiritual que me llenaba por dentro.
Estaba feliz y no podía entender por qué mi alma estaba tan tranquila y gozosa,
me sentía lleno de amor y dulzura. Fui caminando despacio hacía un pequeño
estanque que se encontraba al pie de un pequeño monte y vi a Gabriel desnudo.
Tenía dibujadas en la espalda dos alas de color blanco y su cuerpo, a pesar de
parecer escuálido cuando llevaba su túnica, ahora se veía musculoso. Se volvió
de pronto y me indicó que me acercara.
-Gabriel,
tus alas.
-¿Qué
tienen? ¿Están mal?
-No, solo
que no son de verdad, son sólo dibujos. ¿Con ellas vuelas?
-¡Oh,
qué pregunta! ¿Sabías que para volar no necesito esas alas tatuadas? Yo vuelo
gracias a la fuerza de la que nos ha dotado Dios, estas, y señaló su espalda
torciendo el brazo derecho,- son sólo para persuadir a los incrédulos. Pero, te
he llamado para darte otra misión. Dentro de tres días se celebra la fiesta de
Baal y tu padre cometerá el pecado de hacerle ofrendas paganas, por lo tanto
necesito que destruyas ese horrible altar que está fuera de tu casa y que hagas
uno más bonito para el Señor. Destruirás el ridículo montículo que hizo tu
padre Joás. Traerás piedras en bruto, no forjadas ni tocadas con ningún hierro,
luego pondrás otra ofrenda con la carne de un becerro o novillo primogénito y
limpio de enfermedad y ofrendarás el holocausto.
Pídele ayuda a Joseph y
cuéntale todo lo que hemos hecho juntos, dile que traiga su asno para que
acarreen las piedras con menos esfuerzo. Tienes hasta la noche para realizar el
encargo. -En seguida desapareció detrás de una roca y me fui a buscar a mi
querido amigo Joseph.
Al
principio dude de que Joseph me creyera y fui pensando la mejor forma de
explicarle el encuentro con Gabriel y, sobre todo, la forma de convencerlo para
que me ayudara con el altar. Lo vi desde lejos. Estaba cortando leña con un
hacha y tenía dos grandes mazos a su la lado, parecía que el borrico ya estaba
listo para emprender la marcha y atento esperaba que su amo le diera la orden
para comenzar a andar.
-Hola,
Gedeón, creí que no llegarías nunca.
-¿Qué
acaso me esperabas?
-Pues,
claro, ¿no habíamos quedado de ir a reparar tu tejado el día de hoy?
De
inmediato recordé que le había pedido ese favor la semana pasada y por estar distrayéndome
con las tareas que me encomendaba Gabriel, se me había olvidado todo.
-Es
verdad. ¿Cómo pude olvidarlo?
-Pues,
no lo parece, puesto que has venido a la hora exacta.
-Sí, Joseph,
pero es que antes de hacer el tejado haremos un pequeño encargo, ¿de acuerdo?
-Sí,
claro que sí, ya he dispuesto las cosas para el trabajo. ¡Vámonos!
Le
conté todo lo que me había sucedido, pero no noté ninguna manifestación de
asombro en su actitud, por el contrario, parecía que ya estaba informado y que
sabía más de lo que yo me imaginaba. Luego me comentó que me había visto
hablando con el hombre delgado que le había pedido referencias mías. Me
sorprendí muchísimo, pero no quise comentar nada, pues de esa forma me ahorraba
más explicaciones. Llegamos hasta donde estaba el altar de mi padre con la
figura del dios Baal. Mi padre lo había hecho con una reproducción en piedra
caliza, bastante grande, del antiguo dios cananeo y un altar de unos cuarenta
centímetros de alto. Cogí un mazo de los que habíamos traído y descargué un
golpe en el rostro del dios toro y el hocico salió volando por los aires,
después Joseph comenzó a tirar mazazos estruendosos, como es más fuerte que yo le
daba golpes contundentes y resquebrajaba la figura rápidamente, algunos de los
vecinos se asomaron a ver qué pasaba, luego algunos madianitas y manases que pasaban por allí nos vieron con
desaprobación. Nosotros no hacíamos caso y seguíamos golpeando la figura. A
Joseph se le rompió el mango del martillo cuando ya estaba a punto de
derrumbarse la estatua pagana. Unos hombres se acercaron para verme mejor,
permanecieron un instante frente a mí y sin preguntarme nada me dijeron que yo
era Jerobaal y que si seguía con mi tarea pronto lo lamentaría. Escupieron al
piso y se marcharon murmurando algo que no entendí. Retiramos todos los
escombros con el asno y trajimos piedras de tamaño mediano y construimos un
altar a dios nuestro señor. Apareció Gabriel y me dijo que no hablara porque
Joseph no debía verme. Me escondí detrás de unas rocas y el ángel me habló.
-Gedeón,
lo has hecho muy bien. En todo el cielo solo se habla de ti, además tenemos que
encontrarnos mañana muy temprano para ir a la ciudad y ver las fortificaciones
y las posiciones de los soldados. Dios quiere que ataques la ciudad.
Primero
no entendí, pero cuando Gabriel me dijo que yo llevaría un ejército para
enfrentarme a los soldados de Madian casi me muero del espanto. No es que
tuviera miedo, sino que mis hermanos ya habían muerto en el intento de vencer a
esas hordas salvajes y yo era mucho más débil que ellos, aparte siempre me
habían considerado un cobarde mocoso.
-Gabriel,
no me siento capaz de hacerlo. Me van a matar inútilmente.
-No te
preocupes, el poder divino estará contigo y te será entregado el enemigo como
si fuera un solo hombre. Ni siquiera necesitarás armas, solo tu ingenio. Eres
un chico muy listo y seguro que algo original urdirás.
Terminé
de hacer el altar, hice la ofrenda junto con Joseph y entonamos un rezo en
silencio para pedir la misericordia y perdón del que ha sido y será nuestro
protector por los siglos de los siglos.
Al día
siguiente me lavé y fui al encuentro de Gabriel.
-Oye,
Gabriel, no he podido dormir pensando en lo que me dijiste ayer. No se me
ocurrió ninguna idea original, estoy muerto de miedo y, además, ya empiezan a
correr los rumores de que soy un sacrílego. Me llaman Jerobaal por haber
destruido la estatua de mi padre.
-No
hagas caso de los rumores. El día de hoy es importantísimo. Tienes que poner
los cinco sentidos para analizar todo lo que veas. No tenemos tiempo que
perder.
Así,
nos encaminamos a la ciudad. Gabriel me fue haciendo preguntas sobre la altura
de los muros que delimitaban la metrópoli, sobre la construcción más alta y su
posición, los puntos de guardia militar, las salidas y sus dimensiones, la
posición de algunas cisternas públicas vacías o llenas. Visitamos los suburbios
más pobres, los burdeles, las casas de los ricos y, al final, Gabriel se salió
de la ciudad y me pidió dibujar en un trozo de piel de ternera el plano de la
parte oriental y marcar los sitios desde donde se oían mejor los ruidos que se
proponía hacer. Yo me paraba en un sitio y él hacía ruidos muy raros, entonces
yo marcaba si la intensidad del ruido era bajo, medio o alto, luego apuntaba lo
que yo creía que había ocasionado el sonido. Así fui escribiendo la intensidad
de los ruidos y su semejanza. Regresamos a mi casa y Gabriel me dijo que
tendría que reunir muchos hombres dispuestos a entrar en combate sin armas. Le
pregunté que si estaba loco y, si no hubiera sido porque ya había sentido la
fuerza del espíritu santo, me habría reído del incauto ángel, que por su lado
caminaba a mi lado muy alegre, con zancadas cortas y brincoteando. Me pareció
un pobre viejo inocente, sin embargo él, comenzó a enfadarme con unas bromas
muy tontas.
Nos
despedimos y, cuando Gabriel desapareció detrás de la pendiente, saqué la piel
de cordero que me había dado la mujer del comerciante, la tendí sobre la tierra
y le imploré a dios que me mandara una señal,-Señor,- le dije,- si vas a
ayudarme en esta batalla hazme una seña, dame la orden con tus pistas. Para
mañana, si este vellocino está mojado de rocío y la tierra a su alrededor seca,
haré lo que me pidas.
En la
madrugada me desperté y fui a revisar el cuero tendido en la tierra. Lo
encontré húmedo, y no había ni una gota de agua en un diámetro de tres metros a
su alrededor, no obstante se sentía caer una pequeña llovizna más allá del círculo
que rodeaba mi piel de oveja. Volví a mi casa y por la mañana noté que mi
vellocino no se secaba, pasó toda la tarde al sol y no hubo ningún cambio,
entonces fui otra vez al lugar donde lo había puesto la noche anterior e
invoqué al señor. –Dios, mío, perdona que te moleste otra vez pero mi vellocino
no se seca, ¿Podrías hacer que se seque y que el agua que contiene aparezca
mañana a su alrededor?- Sí, hijo mío.- Creí oír una suave voz que me decía,- Te
has portado muy bien y crees en mí, es por eso que te entregaré al pueblo de
Median como a un solo hombre. Consulta a Gabriel y pídele que te ayude, él
sabrá qué hacer. Llévate el vellocino que ya no debe tener ni una sola gota de
agua y está puro. -Era cierto, estaba completamente seco y suave, como si
tuviera vida.
Cuando
encontré a Gabriel, estaba haciendo unos signos en la arena, me pareció que
estaba calculando algo porque escribía fórmulas y sacaba cifras, hablaba en voz
baja y se rascaba la cabeza.
-Necesitamos
reunir a los hombres, Gabriel.
- ¡No
me molestes!, ¿Qué no ves que estoy a punto de resolver este problema?
-Sí,
Gabriel, pero tengo la impresión de que Dios quiere que ataquemos mañana, en
vísperas de la celebración del dios Baal. ¿Qué vamos a hacer? ¿Cuántos hombres
necesitamos? ¿Treinta mil? ¿Más?
-No
Gedeón, esa cifra es estratosférica no van a poder cumplir con el plan. Reduce
la cifra.
-¿Y qué
tal diez mil?- Sin verme, Gabriel preguntó, ¿qué harías para saber qué hombres
tienen piernas fuertes?
-Pues meterlos a una competencia o pedirles
que salten y los que lo hagan más alto y mejor serán los elegidos.
-¿No te
parece que eso llamaría mucho la atención y los hombres de Madián nos
descubrirían? No, eso nos haría levantar sospechas.
-Entonces,
¿Cómo?- Él me miró con severidad y me concentré tratando de imaginar en qué
situación un hombre mostraría su fortaleza y su capacidad para el ataque. No me
venía nada a la mente, hasta que recordé un día en que fuimos a beber de la
fuente Joseph y yo. Había unos hombres nómadas a nuestro lado y cuando nos
encontrábamos bebiendo el agua de un cuenco hecho con las manos, notamos que
los otros bebían de rodillas o en cuclillas, incluso algunos se recostaban.
Joseph me dijo que parecían monos y que si a alguien se le ocurriera robarles
sus pertenencias no tendrían la más mínima oportunidad de alcanzar a sus
timadores por su imprudencia. Se lo dije a Gabriel.
-Perfecto,
Gedeón, muy simple pero ingenioso. No lo había pensado. Reúne a los hombres que
consideres aptos haciéndoles la prueba de la fuente y selecciona sólo
trescientos, de preferencia los más fuertes y robustos de piernas.
No entendí cual era el plan que tramaba
Gabriel pero que me hubiera mostrado su confianza me alegró tanto que me fui de
inmediato a buscar a los mejores hombres para probarlos. Por el camino a casa encontré a mi padre que
me recibió con un abrazo y como saludo dijo: ¡Que la bondad del señor esté contigo,
querido hijo y libertador del pueblo de Israel!
Lo miré directamente a los ojos y vi que
estaba completamente curado. Ya no tartamudeaba y se veía muy lúcido,
completamente de su demencia.
-Lo sé
todo, hijo, me han contado que destruiste mi altar a Baal y que has invocado al
Dios de Israel.
¿Sabes que los madianes y los nómadas te buscan para vengar la
ofensa que les has hecho al destruir el altar de Baal?
-Sí,
padre, por eso estoy reuniendo un ejército porque voy a atacar la ciudad. No
puedo evitarlo, es orden del cielo. Si muero, prométeme que guardarás mi
memoria.
-No te
preocupes, querido hijo, no morirás. Lo sé.
Después
me comentó que había apaciguado a nuestro pueblo y que con la aparición del
nuevo templo los hombres habían recobrado la razón y sólo esperaban mi llamado
para rebelarse. De esa forma escogí a los trescientos hombres con la ayuda de Gabriel,
que se había disfrazado de mercader, y Joseph. Luego cité a los hombres a la
entrada de la ciudad a medianoche. Por orden de Gabriel, les pedí que llevaran
vasijas de calabaza, de preferencia las más gruesas y nuevas que tuvieran, un
cuerno de toro que se pudiera usar de trompeta, cordones, mechas y aceite de
lámpara.
Nos
reunimos en la explanada oriente de la ciudad en la que estaba la entrada más
estrecha y se encontraban los barrios de los hombres más pobres de la urbe. Cerca
de la muralla estaban las enormes cisternas que ya había visto la vez pasada.
El terreno estaba empedrado y había muy poca hierba. Iba anocheciendo y poco a
poco se iban acumulando nuestros guerreros.
-Gedeón,
¿Te acuerdas de cuáles fueron los sonidos que más estruendo hacían?
-Sí,
Gabriel, el más estridente fue uno que parecía el sonido de un elefante
soplando por la trompa, el otro semejaba cráneos chocando contra la roca y el último
era como la marcha de un ejército de soldados despavoridos.
-Bien,
muchacho, entonces ya sabes lo que tenemos que hacer, ¿No?
De
inmediato Joseph y yo entendimos el plan y nos dio un ataque de risa. Nos
saltaban las lágrimas solo de imaginar lo que pasaría a medianoche. Gabriel
parecía un niño agarrándose la barriga y respirando con dificultad. Nadie
entendía nuestra conducta pero vi en muchos rostros sonrisas de alegría.
-Bueno,-dijo
Gabriel, cuando pudo calmarse,- necesitamos meter leña en las barricas que
están allí y verterles unos litros de aceite para que se prendan dos enormes
columnas de fuego.
Di la
orden repitiendo las palabras de Gabriel. Unos hombres metieron la madera en
las enormes cubas y vertieron el aceite.
Cuando
por fin se reunieron los trescientos hombres ya eran las doce en punto. La
ciudad estaba completamente dormida, entonces di la orden de formar filas. Cada
uno de nuestros soldados sacó su vasija y su cuerno, luego humedecieron las
mechas en aceite y las pusieron en unos bolsos viejos. Había tres filas de cien
hombres cada una, estaban separadas entre sí por una distancia de dos metros
dejando dos grandes corredores.
Cerca
de la una de la mañana cuando las llamas comenzaban a salir de las bocas de las
cisternas, Gabriel se metió a la ciudad
por un hueco que había en el muro y me dijo que siguiera el ritmo de su vara.
Di la orden de que se pusiera la rodilla derecha en el piso, se cogieran las
vasijas con la mano derecha para golpearlas contra las piedras y se asiera el
cuerno con la mano izquierda llevándolo a la boca. Había seis hombres con unas
colas hechas de vasijas atadas con un cordel, su misión era la de correr de un
extremo a otro por los pasillos que habían quedado entre las filas para que pareciera
que algunos cráneos chocaban contra el piso en su carrera desenfrenada.
Gabriel
levantó su vara y comenzamos a hacer un ruido espantoso y arrítmico. Traté de
seguir el compás que me indicaba Gabriel para que pereciera el ataque de un
grupo organizado, pero fue inútil. Los hombres soplaban tan fuerte y golpeaban
el piso con tanta fuerza que sentíamos que nos iban a reventar los tímpanos.
Los primeros minutos no sucedió nada pero después se elevó el griterío dentro
de la ciudad, la gente corría hacía el otro extremo tratando de ponerse a
salvo. Los guerreros de Madián corrieron lanza en mano hacía el lugar donde nos
encontrábamos, pero chocaban con una multitud despavorida que les impedía el
paso. Hicimos ruido hasta el amanecer, las pequeñas colinas que teníamos a
nuestros costados producían un eco tan fuerte que la resonancia hacía vibrar la
ciudad. Cuando salió el sol pudimos ver lo que había pasado. Había infinidad de
personas ensangrentadas tiradas por el suelo, los pocos sobrevivientes vagaban
enloquecidos, poseídos por la locura y el temor. Temblaban y se escondían en
los rincones oscuros.
Volvimos
triunfantes. La gente nos estaba esperando cerca del altar que yo había
erigido. Mi padre me recibió con un abrazo muy efusivo, después estrechó a Joseph
y le dio las gracias por traerme sano y salvo. Las mujeres cantaban de alegría
y los niños saltaban alrededor de sus padres. Nadie podía oír lo que nos
decían, solo después de unas horas recuperamos la capacidad auditiva y supimos
entonces que la gente quería erigirme rey, pero me disculpé diciendo que nada
había dependido de mí, que todo había sido obra de dios y que si querían un rey
tendría que ser él.
Me fui
a buscar a Gabriel para agradecerle su ayuda. Lo encontré cerca de unos rebaños
de ovejas. Me vio y vino muy despacio hacía mí.
-Bueno,
bueno, miren nada más a quien tenemos aquí. !Eres todo un héroe!
-Hola,
Gabriel, te agradezco mucho tu ayuda, Sin ti no habría podido hacer nada.
-No
seas modesto. Por algo te habrán elegido para esto, ¿No crees? Sé buena persona y ayuda a tu pueblo a seguir
adelante. Nunca olvides que la fe mueve montañas. Tú no has hecho otra cosa que
demostrarlo.
Tenía
ganas de darle un abrazo pero el me dijo que era hora de irse. Surgió una luz
muy intensa y sus alas se desplegaron. Seguramente, se dio cuenta de mi
sorpresa y gritó.
-¿Lo
ves? ¿Lo ves? Sí, si son de verdad, ¿Qué tal, eh?
Me
quedé mirándolo con una sonrisa, luego desapareció.
martes, 28 de abril de 2015
Débora y Barac (Cuento apócrifo)
Hizo una pausa
para beber un poco de agua y se sentó sobre una roca. La ardiente arena quemaba
sus pies y su túnica de lino a penas lo protegía de los punzantes rayos del sol
que comenzaban a caer como lluvia de incandescentes flechas. Cogió su corambre de
carnero, que por el uso estaba zurcido y ajado, y comenzó a beber lentamente
dándole oportunidad al agua de hidratar sus
resecos y partidos labios, luego fue sorbiendo pequeños traguitos que
pasaba lentamente para prolongar la agradable sensación del tibio líquido. Miró
a través de la persianilla de ondas calientes que brotaban del suelo y vio el
terreno desfigurado, como si fuera una alucinación, entonces levantó más la
cabeza y dirigió la vista hacia la montaña buscando la palmera de Débora y no
vio a la mujer, esperaba distinguir su silueta y que ella lo llamara agitando los brazos como lo hacen las
personas que claman auxilio, pero la palmera permanecía sola e impasible, alta
y frondosa, mirando muy serena el horizonte.
¿Hasta cuándo soportaremos este yugo?-Pensó-
¿Cuánto tiempo más tendrá que soportar nuestro pueblo la opresión de Hazor y su
bellaco Sisara? Hemos sido condenados a sufrir una pena injusta, ¿hasta cuándo soportaremos
los maltratos del pueblo extranjero? Acaso hay pecado más grave que el olvido de
tus hijos, oh, señor. ¿Dónde está tu bondad?
Este interminable intento por conquistar nuestra tierra y reinar con
calma no llegará nunca mientras no nos perdones y ayudes. Hemos errado, sí,
pero cuenta las generaciones, los hombres que han perecido en el intento, ¿qué más hay que hacer para fortalecer
nuestra fe y ganarnos tu perdón? Incluso
ahora, has preferido comunicarte con nosotros a través de una mujer, ¿será
posible que los hombres hayamos perdido tu preferencia? -Con esos pensamientos
y dudas, Barac, siguió andando su camino.
Todos los días
caminaba por el mismo sendero, llevaba sus herramientas cargadas en bandolera en
un enorme bolso de lana que de tan pesada parecía más una yunta. Por lo común
iba a Jasor o a Cadés para emplearse como albañil en la construcción de
murallas, casas y fortificaciones. En esas ciudades sufría las ofensas y humillaciones por parte
de los emigrantes paganos y los nativos que lo hostigaban dándole más trabajo o
encomendándole tareas absurdas e inútiles. Él no se quejaba nunca de su destino, sabía
perfectamente que era un designio divino y era consciente de que tenía que
esperar, por eso cada mañana, al pasar por la montaña de Efraín buscaba con
ansiedad un presagio en la figura de la profetisa. Su intuición, más no su voz interior, le decía
que pronto llegaría un mensaje y ,aunque bien era cierto que nunca había
escuchado ninguna orden celestial, tenía la esperanza de que fuera Débora quien
se la transmitiera.
¿No estaba
para eso Débora? Por su parte, él podría esperar eternamente porque de todas
formas cada día pasaba al lado de la montaña.
A veces, se imaginaba que subía, que se
plantaba frente a la portentosa mujer visionaria y ésta con su mirada tierna de
olivo le daba la orden, esa pequeña frase que encerraba tanto, que contenía la
liberación de un pueblo, para la cual se había guardado tantos sufrimientos y dolor.
¡Es la hora! -
Le parecía oír,- qué frase tan corta y, sin embargo, tan llena de esperanza y satisfacción.
Le parecía que eran solo ideas suyas, resultado de una mente afectada por la
locura. Le causaba pavor pensar que la voz de Dios no tendría ni emisario ni
destinatario y que los ángeles del cielo, los mensajeros divinos, se habían
olvidado para siempre de los hijos fieles del pueblo elegido.
A menudo
soñaba despierto mientras construía los muros de adobe y barro. En esas largas
horas en las que iba forjando esas enormes murallas, se veía a sí mismo al
frente de un ejército, veía morir en sus propias manos al injusto y cruel
Sisara, el cual lo veía con sus ojos negros y desorbitados saliéndosele de las
cuencas, oía su voz ahogada pidiendo clemencia como un vil cobarde, sentía el olor
de su asquerosa boca de dientes putrefactos y su despreciable corpulencia gorrina
ya inerte. Con sus fuertes manos
mezclaba el barro con la hierba seca y luego iba colocando con una precisión
milimétrica los adobes para formar muros, cuando ponía los tejados los ataba a
las trabas con tanta fuerza que parecía imposible derribarlos, y era que en su
trabajo, Barac, acumulaba esa energía, ese odio que necesitaría para el momento
culminante de la verdad. Había ocasiones
en que, sin darse cuenta, trabajaba él
solo, mientras sus compañeros hacían el tonto fingiendo ocuparse de algunas
tareas a su lado, culminaba las obras y recibía una humilde paga, muchas veces
inferior a la de sus astutos compañeros. A él no le importaba, estaba
embelesado con su sueño y más que agotarlo, el trabajo lo dignificaba, lo
fortalecía, pues había empezado a emplearse como albañil cuando era un
adolescente flacucho. A pesar de que fue duro al principio, él iba motivado por
la ilusión y el sueño de la liberación de su pueblo y ahora que parecía un toro
joven, musculoso y digno, esperaba con abnegación a que llegara su momento.
Cuando volvió
por la noche a su casa encontró a los niños durmiendo, sus padres estaban
ocultos bajo unos mantos, sumergidos en una conversación en voz baja que más
parecía un canto de plegarias. Al verlo lo saludaron y él se fue a cenar leche de
cabra con pan ácimo y dátiles, era lo poco de comida que había sobrado en un
plato llano de arcilla que estaba al lado del fogón. Comió con mucha calma, sin
hambre y con los ojos fijos en el vacío, sorbiendo maquinalmente la bebida tibia
y aguada. Se durmió al sentir el contacto de la tela áspera de su rudimentaria almohada.
Se derrumbó en un sueño profundo y su cuerpo se hizo de trapo. El frío de la
noche lo despertó, respiraba con dificultad y tenía el cuerpo titiritando y mojado
de sudor. Cogió su fino y viejo manto, salió sin hacer ruido y miró el cielo
sin luna, solo las estrellas con minúsculos destellos ofrecían un poco de luz.
Entonces recordó su sueño, la causa de su desvelo, primero aparecían unos ojos glaucos,
luego unos labios silvestres le anunciaban las dignificantes palabras, pero lo
más emblemático de su visión era el dedo índice de Débora señalando el
firmamento, evocando el poder del creador. Se preguntó en voz baja si no estaría su
pueblo entrando en una nueva era. Por qué hasta antes de Débora los profetas
habían sido hombres, ¿Acaso dios había perdonado a la mujer de su pecado
original? ¿Por qué su mandato tenía una voz femenina, fuerte y decidido, pero
femenino?
A parte de escuchar la frase: ¡Es la hora!,
esta vez había escuchado la voz de Débora diciéndole, ¡esta será la señal!,-luego,
desaparecía. A qué se refería, qué tipo de signo tendría que esperar para
empezar a actuar. No encontró respuesta a sus interrogantes y se metió de nuevo
en el lecho para descansar, concilió el sueño con dificultad y a la mañana
siguiente buscó de nuevo la figura de la palmera y la encontró, esperaba
nervioso recibir la señal de Débora, pero fue en vano, ella no estaba. Permaneció
parado frente al árbol una media hora con la esperanza de ver a la mujer zahorí
o distinguir un signo, todo fue inútil. Se
fue lentamente por un estrecho camino cubierto de harina de polvo opaco y se
preguntó cuántos años habían pasado, cuántos meses y días eternos vendrían.
Cuando llegó a la ciudad de Cadés miró con atención los enormes muros que había
edificado con sus propias manos y sintió que la fuerza que había empleado,
durante años, ahora tensaba sus fuertes músculos. -Esta debe ser la señal,-Pensó
Barac y volvió rápidamente sobre sus pasos hasta el monte de Efraín. Desde muy
lejos distinguió la figura de una mujer envuelta en un manto rojo oscuro, era
la mujer de Lapidot. Llegó hasta la palma y la mujer levantó la mano hacía el
cielo señalando con el dedo y le dijo:
“El Señor te ha llamado! !Es la hora! Deberás reunir un ejército de diez mil hombres
y avanzar contra las fuerzas de Sisara. Hazlo como lo ordena tu señor y triunfarás”.
Por un
momento, Barac, dudó de lo que oía, se vio sobrecogido por la angustia y el
temor, su voz quedó atrapada por un momento en el vacío. Creyó conveniente
buscar el apoyo en la profetisa.
-Vendrás
conmigo, señora, y nos darás las ordenes que indique Dios a través de tus
palabras.
Débora lo miró
incrédula y sus ojos se fueron entornando, después se pusieron blancos. La vidente
comenzó a temblar, luego respondió:
-Iré a tu lado
y derrotarás al ejército de los mil coches de hierro, vencerás en la batalla,
sin embargo, la gloria no será tuya porque te has negado a emprender el ataque
bajo la señal de la nube del señor. Iré contigo y cuando busques a tu enemigo
te dejaré ir solo siguiendo un rastro que te llevará a una casa donde
descubrirás una gran revelación.
Barac reunió
de Neftalí y Zabulón diez mil hombres dispuestos a tomar por sorpresa a Sisara,
pero Jéber, quién se había enfrentado en su día al suegro de Moisés, dio aviso
a los hombres del comandante de Sisara y estos tuvieron tiempo de enfilar sus
novecientos herrados y fortificados carros. Así comenzó el avance hacía la
pendiente del monte Tabor. Sisara divisó
el ejercito judío y arreció la marcha haciendo levantar una enorme nube de
polvo semejante a un torbellino, en ese momento, Débora habló con la voz del
creador e indicó que se prepararan los hombres para atacar bajo una fuerte tormenta.
En ese mismo instante el cielo se puso gris y el viento escarchado tomó la dirección
de la nube de polvo aplacándola, el torrente era tan fuerte que los caballos del
enemigo parecían pequeñas estatuas de juguete que arrastraban sus cargas con
mucha dificultad, los soldados apenas podían sostener la espada y sus cascos se
les desprendían de la cabeza por efecto del vendaval. Empezaron a chocar las
armas al ritmo de un cantico de metal y los soldados de Barac, más habilidosos
y diestros con la espada, derramaron la sangre del enemigo.
El grupo de
soldados de las fuerzas armadas de Sisara se mantenía en una masa compacta pero
sin la suficiente fuerza para detener la ola humana que los rodeaba y sometía
con golpes mortales. En la pequeña maqueta del mundo creado por Dios, los
guerreros judíos, guiados por la portentosa mano del Señor, aplastaban a sus
contrincantes. Asustados por la inminente derrota, algunos soldados se desperdigaron, entre ellos el comandante
en jefe se dio a la fuga, pero fue visto por Barac. Atravesando los cuerpos inertes de los guerreros, Barac se
abrió paso para darle alcance a Sisara y, a pesar de que no estaba muy lejos, lo
perdió de vista y solo pudo continuar la búsqueda caminando tras las huellas
que el otro había dejado en su precipitada carrera. Cuando el suelo se hizo más
firme y las huellas ya no se marcaban por la dureza de la superficie del campo,
Barac vio la casa de Yael y supuso que Sisara estaría al asecho dentro de la
tienda. Se acercó sigilosamente pero sus pasos fueron oídos por la esposa de
Jéber, Barac levantó la espada y se preparó para el ataque, sin embargo, al dar
el primer paso vio que salía Yael con un martillo en la mano derecha y el puño
izquierdo ensangrentado.
-No temas,-le
dijo ella- el hombre que buscas está muerto.
Barac entró con
prisa en la tienda y descubrió el cuerpo de Sisara tumbado sobre el costado
derecho y la cabeza clavada al piso. Un enorme charco rojo que se empezaba a
coagular rodeaba el cráneo destrozado del general. Barac oyó a sus espaldas las
palabras de Yael que le decía:
-Ha venido pidiendo agua y cobijo, pero al entrar la
voz de Dios me indicó que era un traidor y venía a buscar su propia muerte.
Entonces, oí la orden del ángel que me alentó a que le diera a Sisara de la
leche del odre y en cuanto se durmió cogí el martillo y un enorme clavo y le
atravesé la sien. El enviado de Dios me dijo que venías tú, que te me adelantara
y te avisara la buena nueva mostrándote el cadáver.
Barac
desconcertado se alejó en busca de Débora para hallar una explicación. En el
campo de batalla todo era alegría y festejo porque no había quedado enemigo
vivo. El cielo estaba despejado y los hombres de Barac creían ver el mundo más
pequeño, como si estuvieran observando desde una gran altura los pequeños
cuerpecitos de los caballos atrapados entre las ruedas de los férreos y
plateados carros.
Esa misma
noche se compuso un himno de victoria, tal vez uno de los más importantes de la
antigüedad porque en él se cantaba el triunfo del pueblo elegido sobre sus
enemigos en el reino cananeo de Hazor y el devenimiento de una nueva era donde
la mujer sería también vocera y mensajera de las palabras de Dios. Barac tuvo
un sueño profundo, oscuro y tranquilo, sin imágenes, solo con el murmullo de
una dulce voz celestial que le decía que había llegado una nueva era, pero él, ya
no vería su final.
martes, 21 de abril de 2015
lunes, 20 de abril de 2015
martes, 7 de abril de 2015
lunes, 30 de marzo de 2015
TERCERO- último testamento. Novela de ciencia ficción
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