Escritura creativa

lunes, 11 de julio de 2016

Coincidencias.

Es una tarde muy tranquila, he terminado mi trabajo una hora antes y estoy aprovechando que mi mujer va a ir de compras para dar una vuelta por el centro de la ciudad. Me llamó hace tres horas y me dijo que comiera en la calle porque en la casa no iba a encontrar nada, así que me he venido aquí para ir a la Casa de los azulejos y comer en el Sanborns. Me encanta el Zócalo porque siempre se puede ver algo de interés mientras uno se pasea por las bellas calles de estilo colonial, es impresionante ver cómo se mezclan los tiempos pasado y presente con las culturas antigua y moderna. Es un placer ver, al mismo tiempo, un edificio del siglo XVIII y, a unos cientos de metros, construcciones súper modernas.

En esta bella zona se disfruta no sólo de la arquitectura sino de los espectáculos callejeros que nunca faltan. El ingenio de los artistas urbanos no tiene límite. Claro que da lástima que gente tan talentosa pierda su vida intentando ganarse unas cuantas monedas para vivir casi como la gente normal sin lograrlo nunca. Me encantan los danzantes que se reúnen a un lado de la Catedral Metropolitana me infunden su ritmo de tambores y flautas de arcilla, los sonidos de los cascabeles me hacen sentir como si fuera un guerrero águila de la antigüedad. Sus penachos de plumas de colores me recuerdan bellos arco iris o alegres pavorreales. Creo que el mismo Carlos Fuentes se camuflaba para venir a verlos porque esa musicalidad de vientos agudos, pieles de tambor y cosquilleo de maracas se filtraban por las rendijas de las ventanas de su casa y lo influyeron tanto que los plasmó, a través de sus palabras, en algunas de sus obras.

 Veo a un hombre haciendo malabarismos con un cubo de tubos muy delgados de aluminio, gracias a su habilidad y el efecto visual que crea, parece que hace plateados heliogramas en el aire, lo acompaña una música de banda zacatecana que surge de una grabadora vieja y sucia, los cornos de la melodía bufan mientras los clarinetes hacen correr sus notas apresuradas por los bordes de las aristas del cubo hueco. Es muy ágil el hombre y maneja el artefacto como si fuera una bastonera del Súper Bowl, pero en lugar de su minifalda blanca y sus charreteras está vestido de payaso, lleva un pantalón bombacho de color naranja muy ajado, unos mocasines de pato y una ajustada camisa rayada de mangas largas. Su rostro parece alegre, gracias a la enorme sonrisa pintada al estilo de José Manuel Vargas, más conocido como Bozo, sin embargo, es muy diferente porque lleva una peluca afro de color negro que lo hace perecerse más a Tom Jones, Roberto Jordán o, a Roberto Carlos cuando eran jóvenes. En fin, hay mucha gente con miradas curiosas apretando sus pertenencias para que no se las roben por estar de bobos mirando el espectáculo. El malabarista ha terminado con el cubo y su siguiente número es en un monociclo. El payaso de melena africana de pelo sintético da vueltas, se detiene, finge caerse y amenaza a todos con atropellarlos, la gente no se inmuta porque se da cuenta de la gran habilidad del cirquero urbano. Por último, sus dos ayudantes, seguramente sus hijos, hacen un número de pantomima en el que imitan ser unos pescadores que atrapan un gran pez, pero para sujetarlo necesitan la ayuda de los espectadores, quienes entienden rápidamente que la colaboración es con algunas monedas, y empiezan a espulgarse en los bolsillos. Los que tiene algo de morralla la entregan gustosos y ven como el furioso pez se va durmiendo mientras se guarda el dinero en la barriga. Al final, el tiburón se duerme y los niños se lo comen.

Después de alegrarme un poco y haber dejado las monedas que me sobraban en el vientre del payaso, cruzo la plaza y entro en la calle 5 de mayo, recuerdo que el lugar al que voy está en una calle paralela, intento cambiar de dirección, pero la imagen de una mujer me detiene en frío. Un pequeño punzón en el hígado me hace caminar hacia el frente, se repite el piquete, pero esta vez lo siento en el corazón. La razón es que he reconocido a mi esposa Araceli, es inconfundible su forma de andar, el vestido que lleva se lo compré hace unos meses para que pudiéramos asistir a una fiesta importante de mi trabajo. Logro ver su perfil chato y me llega un pequeñito silbido de su voz aguda. Va del brazo de un hombre fornido que parece fisiculturista. No sé cómo reaccionar, me siento el tipo más idiota del mundo. Pienso que si me acerco a ella me dirá que es un amigo de no sé dónde, tal vez un ex compañero de la universidad, incluso hasta un primo. Sería estúpido acercarme. Prefiero, con todo el dolor de mi corazón, comprobar que es el instructor de aerobics de quien me ha hablado algunas veces y con quien me pone los cuernos. Me siento fatal es como si me estuvieran vaciando por dentro, quiero golpearlos a los dos, pero de esa forma estropearía todo, aunque desde ahora ya está todo perdido y el saberlo me irrita todavía más. Veo que entran a un lugar, me acerco y veo que es la pequeña entrada del hotel Zamora, veo la estrecha puerta con el austero anuncio y el número cincuenta en un azulejo de la edad del caldo. Ese lugar tiene la particularidad de crear el efecto de que la gente se ha metido a la cafetería El Popular o al restaurante del mismo nombre porque está entre los dos negocios, que al final son el mismo.
Veo a mi mujer de espaldas, se contonea mucho, tengo la sensación de que se burla de mí provocándome para que tome una decisión. Me quedo inmóvil porque ha llegado hasta mis oídos su risita burlona en forma de eco. Sus palabras suenan como alfileres. En lugar de correr y alcanzarla me quedo petrificado mirando el corredor, los miro subir las escaleras y desaparecer. Trato de urdir algo, pero solo me vienen recuerdos, por desgracia, buenos. Aparece Araceli el día en que me la presentó Vicente, un colega de la facultad de economía, llevaba un vestido azul entallado, se notaba a leguas que tenía un cuerpo hermoso, con las caderas anchísimas, las piernas largas y el tronco fino con un pecho pequeño y muy bien formado. Sus bucles rizados le colgaban por los lados dándole una apariencia de diosa griega, y sus ojos melosos, sensuales y astutos, brillaban como si fueran de ámbar. “Yo no la he podido conquistar, Miguel—me dijo Chente, sintiendo una gran pena de verdad—, pero ya le he hablado de ti y ha sentido mucha curiosidad”. La traté en la fiesta con mucho tacto y me di cuenta de que le gustaba mi sentido del humor, además yo tenía una situación económica mucho mejor que la de todos sus pretendientes, así que me convertí, en primera instancia, en el partido perfecto. Aceptó salir conmigo y no hubo un solo detalle que se me fuera de las manos.

 Me pude acostar con ella tres meses después de conocernos y dos antes de casarnos. Podría decir que fue un flechazo, pero en realidad ella sintió bastante interés por mi dinero y yo por su cuerpo que es muy tibio, fértil e insaciable. Firmamos un pacto sin revelar nuestras verdaderas intenciones. A mí me satisfacía la idea de que ella estuviera conmigo en la cama en los momentos de más excitación y a ella, seguramente, que yo no le negara ninguno de sus caprichos. Llegamos a la iglesia felices, rodeados de nuestros amigos, la ceremonia fue excepcional y en el restaurante se desbordaron los ríos del mejor champagne y la gente degustó los platillos más selectos. Después pasamos una orgiástica luna de miel y regresamos de Zihuatanejo sumamente satisfechos y con la piel pálida por pasar todo el tiempo en la cama ocultándonos del sol. Al volver a la vida normal le dije a Araceli que, si no deseaba trabajar, podía quedarse en casa; que con que comiéramos juntos y estuviéramos uno al lado del otro siempre me sentiría feliz. Aceptó y al poco tiempo empezó a buscarse todo tipo de actividades para no aburrirse en la casa. Nunca se había dedicado a la aeróbica y sólo salía a correr un rato conmigo por las mañanas. Pasaba el tiempo ocupada en las tareas de la casa y las visitas a la casa de su madre y sus hermanas. Le propuse que hiciera un máster en la universidad, pero me dijo que estaba harta del estudio que se conformaba con la lectura de sus novelitas románticas. En la vida íntima nunca tuve ninguna queja porque Araceli es de ese tipo de mujeres que se entregan por completo en el sexo y están dispuestas a probar cosas atrevidas o, incluso, a pervertirse con tal de complacer a su pareja. No quisiera entrar en detalles, pero para que se den una idea les diré que es incansable en la cama. El recordar esto me ha dejado de nuevo aquí en esta acera, petrificado. Miro hacia arriba y trato de adivinar en qué maldita habitación están fornicando. No puedo soportar la idea de que esté montada en ese imbécil, me corroen los celos y me cuesta trabajo respirar. El hotel tiene tres plantas y las habitaciones son muy pequeñas, no hay muchas.

 Creo que lo más probable es que hayan pedido una habitación en la parte de arriba para estar más alejados de las miradas indiscretas de los mirones del edificio de enfrente. La administración está en el primer piso y me decido a entrar, pero me detengo en el largo pasillo, llego a la escalera y me quedo varado. Recuerdo que yo mismo he venido aquí con algunas mujeres. Se preguntarán cómo es posible que teniendo una esposa tan atractiva y ardiente tenga el descaro de reservar habitaciones aquí para fornicar con otras mujeres. Lo que pasa es que uno se aburre de comer todos los días lo mismo, aunque se trate de un manjar de dioses, y de vez en cuando se siente la impetuosa necesidad de comerse algo diferente. Acepto que he tenido bastantes amantes en el transcurso de mis cuatro años de matrimonio. No sé por qué la sociedad se empeña en limitar la capacidad sexual del hombre a una sola mujer. La monogamia es la peor aberración del hombre. Creo que eso se lo debemos a la iglesia católica. ¿Quién fue el estúpido que dijo que un hombre debe serle fiel a su esposa hasta que la muerte los separe? ¿Acaso no saben cómo está diseñada la naturaleza masculina? Un macho, para que lo sepan, no puede excitarse y luego irse a descansar como si nada hubiera pasado. A los hombres, después de tener fantasías eróticas o ver una mujer sensual y provocadora, se nos acumula el semen y si no lo sacamos, entonces sentimos una inflamación del vientre y un dolor horrible en los huevos y, si por desgracia, eso sucede a menudo y nuestra mujer está en el período, tenemos que aguantarnos o estarnos masturbando en el baño. Es por eso que nos ponemos de mal humor y hasta que no nos exprimen la leche no podemos calmarnos, es una cuestión práctica y natural.
 Con Araceli es muy cómodo, ya he dicho que es una mujer sin complejos, ella me deja hacer lo que le pida, incluso si es necesario metérsela por detrás, lo acepta sin reparos y lo goza de verdad. Un día, no sé por qué, me cansé un poco de ella. Serían la rutina de mi trabajo y nuestra relación por lo que deseé conocer a otras mujeres. En gran medida, han sido mis compañeros de trabajo los que me han inducido a la infidelidad porque todo el tiempo hablan de las secretarias, me preguntan si tengo una amante y me presentan amigas dispuestas a acostarse conmigo sólo por mi calidad de jefe. A cualquier varón le resulta muy difícil rechazar los encuentros sexuales que surgen de forma inesperada. Es obvio porque no tienes ningún compromiso y te dejan satisfecha la curiosidad, esa sensación desagradable que molesta como la comezón y que por las noches nos quita el sueño cuando pensamos qué se sentirá hacerlo con otras. Muchas veces esas experiencias te hacen valorar a tu pareja y vuelves al matrimonio con más ímpetu. Todo lo que he argumentado hasta ahora me parece justo, pues en la naturaleza un león aparea a sus leonas y pocos animales permanecen fieles en sus relaciones de pareja.

El hombre es tan animal como cualquier homínido o mamífero, ¿por qué habríamos de limitarnos a tener una sola mujer? En fin. ¿Y qué hay de ellas? Una mujer normal, se supone que no puede acostarse con otro por razones obvias. Si está enamorada y siente la seguridad en su lecho, jamás será infiel. Para hacerlo tiene que dejar de amar. Para una mujer la infidelidad es el cambio de hombre por falta de amor. Ninguna puede estregarse a otro mientras ame a su media naranja, se volvería loca luchando contra sus propios sentimientos. La única excepción son las putas y las ninfómanas a quienes les tiene sin cuidado el amor y aun así siempre están preguntándote si sientes algo por ellas. ¿Por qué Araceli ha venido con ese cabrón? Eso es lo que me está mortificando. Le he dado todo: dinero, atención, seguridad y placer. ¿Qué más necesita la hija de puta? Es imprescindible subir ahora mismo para aclararlo. Voy a coger a ese cabrón, instructorcito de pacotilla y lo voy a tirar por el balcón para que se le quite, al puto, andar conquistando mujeres ajenas. Ahí está la encargada de recepción. Me mira con indiferencia y espera a que me acerque para preguntarme qué deseo. Yo la miro en silencio y noto que me pone más atención. Me vuelve a preguntar que qué deseo. No le respondo y repite muy lentamente pronunciando la pregunta silaba por silaba. Mientras me interroga trato de contar en el tablón, donde cuelgan las llaves de las habitaciones, cuántas faltan. El hotel está vacío porque sólo se han llevado dos llaves, una de la segunda planta y la otra de la tercera. Otra vez, la mujer morena con ojos de rana me pregunta lo que quiero, pero de forma muy imperativa. Le digo que no se altere, que tengo un problema y que me gustaría saber si se ha alojado la señora Araceli Maldonado de Gómez. Dice que no ha registrado a nadie con ese nombre. Es lógico, la habitación la pagó el imbécil del instructor. Me siento como un idiota. Me decido a contarle mi problema a la mujer. Me escucha indiferente y me dice que ella no quiere meterse en problemas, que no sabe nada y que no puede decir nada. Me mira fijamente invitándome con su entrecejo fruncido a que me retire. A mí me recorre un escalofrío porque pienso que me ha reconocido, pues a ella precisamente, le pedí un cuarto en la planta de arriba hace unas tres semanas, pero entonces venía con una compañera de la oficina y le hablé con bromas y coqueteos que ahora ella debe recordar y su mirada me dice claramente que si yo engaño a mi esposa por qué no lo habría de hacer Araceli también. Le explico que es mi mujer la que ha entrado con un tipo atlético.
 Ella sigue negándose a darme información, miro de nuevo el tablón de las llaves y le pregunto si están en la tercera planta. No hay respuesta, pero un parpadeo pasajero la delata. Me advierte que si subo llamará a la policía y que no responde por las consecuencias. No le pongo atención y salgo corriendo hacía las escaleras.

 Al llegar al tercer piso me flaquean las piernas, jadeo y tengo que ponerme en cuclillas para no caerme. Siento los ojos húmedos porque en los pocos peldaños que he subido se ha quedado todo mi rencor y el peso del engaño me saca las lágrimas. Recapacito y pienso que perder a Araceli sería una tragedia. He comprobado que es la mujer más buena, en el sentido sexual, que he tenido. Jamás conseguiré una igual. Estoy dispuesto a compartirla, ya me las ingeniaré para que no vuelva a ver a su fisiculturista. Trato de convencerme de que es mejor tenerla compartida que dejarla ir para siempre. Está en su mejor momento, me digo a mí mismo, ya habrá ocasión para dejarla cuando esté celulítica y gorda. Mi orgullo se me planta enfrente, no me deja dar la vuelta, me reprocha por cobarde me ancla los pies en el piso y me mira como un juez antes de dictar la pena capital. No tengo la suficiente cordura para dar marcha atrás y me asalta el coraje. Camino por el corredor y unos fuertes jadeos me atraen como un imán, llego a una puerta y oigo claramente los rebuznos del animal que está montando a mi mujer. Ella se queja como si la estuvieran pellizcando. Es el sonido que emite cuando está loca de pasión. Parece que él es mucho más complaciente que yo. Gritan, tiembla el piso y ella se desploma sobre la cama, me parece ver cómo se le doblan las patas a la cama después de haber soportado la presión de los salvajes embistes del atleta. Toco la puerta, luego la golpeo con los pies y grito enfurecido. Abre el hombre, está en calzoncillos y lo empujo, veo a mi mujer desnuda agotada y sin fuerzas. Tiene las patas abiertas mostrando descaradamente la vulva, ni siquiera voltea a verme. El instructor me coge del cuello y me empieza a ahorcar. No puedo respirar, escucho muy lejos la voz de Araceli implorándole al monstruo que me libere el cuello. Es imposible todo intento, se me nubla la vista y siento que pierdo el conocimiento. Ya no respiro, no logro ser consciente de mi cuerpo, ya no puedo pensar está oscureciendo…

 —¡Suéltalo, cabrón! ¡Vas a matar a mi marido!
 —¡Quítate de aquí!!Ya verá este hijo de su puta madre quién soy yo!
 —¡Apártate!!Apártate!!Mira nada más cómo está! No se mueve. No respira. ¿Qué has hecho, imbécil? —No aguanta nada este idiota.
 —Mario, eres un animal. Ya lo mataste cabrón, ¿qué vamos a hacer ahora? Dime, ¿Qué madres vamos a hacer ahora?
 —¡No está muerto! Échale un vaso de agua en la cara y ya verás cómo se despierta el maricón.
 —Te digo que no. Esta azul, no se mueve, no respira. ¡Haz algo pendejo! ¡No me dejes así con esta puta bronca!
 —Si crees que ya se petateó, hazle la respiración boca a boca. Tápale la nariz, inclínale la cabeza hacia atrás y échale aire soplando.
 —No reacciona, cabrón. Está muerto, te digo.
 —Estúpida. Sólo eso nos faltaba, que por coger una vez tengamos que cargar con este guey. ¡No mames!
 —¿Qué haces, cabrón?
 —Ya me voy, de nada sirve que esté aquí. Ese puto cadáver es tuyo. ¡Arréglatelas sola, pendeja!
 —¡No, no! ¡No te vayas, Mario! ¡Ayúdame! ¡Te lo imploro, no me dejes aquí! Hay hijo de puta, ya me apachurraste los putos dedos…Me lleva la chingada, ¿qué voy a hacer ahora diosito?!Me va a llevar la chingada! ¡Toc, toc! ¿Quién es?
 —¡Abre, pendeja! ¡Ábreme ya!
 —¿No que ya te ibas, culero?
 —¡Cállate, imbécil!?No ves que dejé mi nombre al registrarnos? ¡Ahora no me puedo ir! Todo por tu culpa, cabrona.
 —¿Sabes qué, pendejo? !Tenemos un pedo y si no nos calmamos, nos va a llevar la chingada, guey! Para coger si estás puesto, ¿no? Pues, para resolver esto, también. ¡Cálmate y vamos a pensar con la cabeza, cabrón!
 —¡¿Y qué propones que hagamos?! Dilo, si es que eres tan lista.
 —Lo primero que tenemos que hacer es inventarnos una cuartada. Vamos a decir que se ahogó con una pastilla que tría en la boca. Saca una pastilla halls y métesela en la boca. Después, decimos que se nos ahogó mientras hacíamos el amor, que se le atoró la pastilla y que mientras tú y yo nos estábamos viniendo, él se ahogó solito.
 —O sea que seremos como unos swingers, ¿no? Pero ni siquiera sé cómo se llama tu cabrón.
 —Miguel. Se llama Miguel. Bueno, se llamaba así. Les dices a los policías que nos invitaste a comer y luego pagaste la habitación y que mientras él nos veía como culeábamos no nos dimos cuenta de lo que le pasaba.
 —¿Estás segura de que eso servirá? Además, se te olvida que está la mujer de la recepción que nos vio llegar solos sin tu marido.
 —Pues, diremos que él, o sea Miguel, llegó después y que lo esperamos para comenzar.
 —Bueno, pero si algo nos falla te mato. ¿Lo oyes? Yo no tenía ninguna necesidad de meterme en semejante bronca. Hablarás todo el tiempo tú y yo sólo les diré que nos encontramos en el restaurante, comimos algo ligero y nos venimos tú y yo primero, mientras tu marido iba al servicio y se daba una vueltecita por allí para prepararse. ¿Está bien? O.K. Voy a decirle a la recepcionista que llame a la policía, pero antes tú métele la puta pastilla hasta el fondo para que parezca que si se la tragó.
 —¡Ya está! Ve rápido y no te tardes, por favor.
 —Ya voy, déjame terminar de vestirme y salgo. ¿Para qué hice esto, cabrón? Pero si seré imbécil. !Huy! ¡Puta madre! Y todo por una pinche vieja. Bueno, está culona la hija de la chingada, pero me va a salir carísimo el pedo, ¿eh? A ver si no me meten al tambo y ya valió madre todo.
 ¡Toc, toc!
 —Ya está. Dice la señora que ya los llamó hace quince minutos. No tardarán mucho en llegar. Oye, vamos a repetir lo que planeamos. ¿Tú quién eres?
 —Soy Araceli Maldonado, mi esposo me llamó a mediodía para acordar nuestro encuentro con Mario, mi instructor de aeróbics que estuvo de acuerdo en invitarnos a Miguel y a mí a comer y luego compartir parejas. Mi esposo y yo somos swingers y, por lo regular, organizamos este tipo de encuentros cuando él siente la necesidad de reavivar nuestra relación, dice que cuando ya me está fastidiando en el sexo y las cosas se convierten en rutina, lo mejor es hacer este tipo de cosas. Para mí la primera vez fue muy difícil, pero como él me lo imponía lo tuve que aceptar. Como les decía, hoy habíamos quedado todos: Miguel, Mario y yo, para un encuentro sexual. Todo salió bien, pero no contábamos con que esto le iba a pasar. Es todo lo que puedo decir. Creo que está bien, ¿no? ¡Ahora tú!
 —Soy Mario Rodríguez, instructor de aeróbics. Tú y tu marido me contactaron para un encuentro de intercambio de parejas. Fuimos a comer y nos venimos para acá. Él, o sea Miguel, llegó más tarde y se unió a nosotros, se metió una pastilla sin que nos diéramos cuenta y se ahogó por la excitación. Nosotros no nos dimos cuenta porque no esmerábamos haciendo lo que a él le gustaba ver y sus gimoteos los interpretamos como algo habitual. Así que cuando nos dimos cuenta de su situación, ya era demasiado tarde. ¿Está bien?
 —Sí, sí, me parece que entre menos hablemos y menos detalles le proporcionemos a la policía, las cosas irán mejor. Limitémonos a decir lo que hemos acordado. Si hay algún imprevisto no inventes nada que yo no pueda deducir con la lógica, ¿estamos?
 —Estamos.
 ¡Toc, toc!
—¡Ya están aquí, cabrón! ¡Ábreles tú!
 —¿Quién es?
 —La policía, abra la puerta, por favor.
 —Sí, claro pase, pase.
 —Buenas tardes. ¿Este es el muerto?
 —Sí señor policía, es mi marido. Se llama…
 —Un momento. Espere hasta que yo le haga las preguntas, por favor. Miren este es mi ayudante Gonzalvo y yo soy el teniente Noé. Me pueden llamar por mi nombre. Un momento, por favor. Gonzalvo revisa el estado del cadáver y llama a los forenses que ya deben estar abajo. Hazlo rápido y no te tardes mucho.
 —A sus órdenes, jefe.
 —Bueno, ¿cómo se llama usted señora?
 —Soy Araceli Maldonado de Gómez y…
 —Sí, siga, dígame, ¿qué hace aquí?
 —Pues, resulta que mi esposo me llamó a mediodía para acordar nuestro encuentro con Mario, o sea, él, mi instructor de aeróbics que estuvo de acuerdo en invitarnos a Miguel y a mí a comer y luego compartir parejas. ¿Sabe? Mi esposo y yo somos swingers y, por lo regular, organizábamos este tipo de encuentros porque, cuando él, mi marido, sentía la necesidad de reavivar nuestra relación amorosa… Decía que cuando ya me estaba fastidiando en el sexo y las cosas se convertían en rutina, lo mejor era organizar este tipo de encuentros. Para mí fue muy difícil la primera vez que lo hicimos, pero como él me lo imponía lo tuve que aceptar. Como le decía antes, hoy habíamos quedado todos: Miguel, Mario y yo, para un encuentro sexual en este hotel. Todo salió bien, quiero decir en la relación sexual, pero no contábamos con que esto le iba a pasar a mi marido.
—Veo que se le atoró algo en la garganta y se asfixió, ¿no es así Robles?
 —Sí, inspector. Le he sacado una pastilla que tenía en la garganta y estoy revisándolo y tomando notas para el informe forense.
 —Bien, ¿Y usted quién es?
 —Yo soy Mario Rodríguez, instructor de aeróbics. Miguel, el marido de Araceli, me contactó para que tuviéramos un encuentro de intercambio de parejas. Ya sabe, soy partidario de los swinger que comparten a sus mujeres con otros hombres, por lo regular me llaman muchos caballeros casados para que tenga relaciones con sus mujeres. Araceli y yo Fuimos a comer y nos venimos para acá. Él, o sea Miguel, llegó más tarde y se unió a nosotros, luego se metió una pastilla en la boca sin que nos diéramos cuenta y se ahogó por la excitación. Nosotros ni lo notamos porque nos esmeramos haciendo lo que a él le gustaba ver y sus gimoteos los interpretamos como una reacción sexual, no como una asfixia. Así que cuando nos dimos cuenta de su situación, ya era demasiado tarde. Es por eso los hemos llamamos a ustedes.
 —Bien, está claro. ¿Fue usted quién reservó la habitación?
 —Sí, por supuesto, es una norma obligatoria que el swinger no pague nada y que su huésped, o sea quien tendrá la relación con su mujer, en este caso yo, cubra todos los gastos.
 —¿Y por qué eligió usted un hotel tan barato? Aquí cerca hay muchos hoteles de cuatro y cinco estrellas. Creo que esta mujer se merece más que una cama estrecha llena de pulgas. ¿Le hizo usted algún regalo?
 —No, inspector, no le regalé nada porque las reglas de los swingers son estrictas y eso está prohibido en el primer encuentro. Se puede mal interpretar, ¡sabe? Y con respecto al hotel, fue el marido, o sea Miguel quien nos citó aquí. Yo habría ido a otro sitio, pero él insistió.
 —Pues, entonces bien merecido se lo tiene el muy cabrón por…Disculpe, señora, no es mi intención ofenderla, pero está usted muy guapa para andar por estos sitios tan rascuaches.
 —No se preocupe, señor inspector, por desgracia no es la primera vez.
 —Señor inspector, he hablado con la mujer de administración. Dice que ya había visto una vez al difunto por aquí con una mujer rubia, y que luego, revisó los registros y vio que el muy mustio venía algunos lunes por la tarde y como ella no trabaja ese día, pues simplemente no le puso mucha atención al tipo.
—Bien, Gonzalvo, muchas gracias. Da las órdenes para que se lleven este fiambre. En un momento termino y nos vamos. Investiga algo más de este señor Miguel Gómez.
—De acuerdo jefe.
 —Pues, al parecer todo está más claro que el agua. Mientras no tengamos un informe completo de la autopsia no podremos decidir nada, por esa razón les voy a pedir que me proporcionen sus datos y no salgan de la ciudad. ¿Tienen algún documento de identidad? A ver, es usted instructor de aeróbics, tiene especialidad en artes marciales y cinturón negro en jiu jitsu, trabaja en el gimnasio Rogers. ¿Me podría dar su teléfono y dirección por favor, Mario?
 —Calle Uxmal, número quince. Colonia Roma, Mi teléfono es 5534289000.
 —¿Y usted, señora?
 —Calle Lucerna nº 12, colonia Juárez. Teléfono: 55856328100
—Este es su permiso de conducir, señora Araceli ¿tiene cartilla nacional de elector? Gracias. Bueno, señores, creo que no hay más que hacer aquí. Vámonos. En lo que respecta a ustedes señora Araceli y don Mario se les mandará un citatorio para que se presenten a declarar en la delegación Cuauhtémoc. Que pasen un buen día, si es que es posible que lo tengan. Hasta pronto.
 —Hasta pronto inspector.
 —Bueno, ya vámonos. ¿Quieres que te lleve a tu casa?
 —Sí, Mario, me están dando náuseas y si seguimos aquí voy a vomitar.
 —Bueno, coge tus chivas y nos largamos.
 —Oye, ¿sabes qué estoy pensando?
—No, dime, ¿qué pasa?
 —Creo que vamos a tener que quedarnos juntos y empezar una relación.
 —¿Estás loca? Yo, por si no lo sabías, tengo una novia con la que me voy a casar y la boda será pronto. Además, ¿para qué te necesito? Lo único que has hecho es meterme en un puto lío.
 —Pues, lo siento mucho, cabrón, pero tu mataste a mi marido, ojete, ¿ya se te olvidó? ¡Qué poca madre tienes! A penas, ha pasado una hora y ya no quieres saber nada del asunto y me sales con lo de tu noviecita. ¿Sabías que somos cómplices y que si te denuncio te van a meter al tambo?
 —Oye, tu no serías tan hija de puta como para irles a contar a los polis la verdad, ¿no? Eso sería la peor estupidez que podrías cometer. Te advierto que si lo intentas te mato. Te juro que antes de que me enfrasquen te mando al otro barrio, cabrona. Te lo adelanto para que no te pases de verga. Eso es lo único que me faltaba, que después de engatusarme, todavía me chantajearas. ¡Inténtalo y ya verás cómo te va!
 —¡Óyeme, cabrón, piénsalo bien! Primero, me quitas el medio de sustento y luego me amenazas. Ten mucho cuidado porque si me decido, en menos de lo que canta un gallo, te meten a la cárcel, cabroncito, y vas a lamentar toda tu puta vida no haberte quedado conmigo. Soy mucha vieja y cualquiera estaría dispuesto a casarse conmigo. Así que no te pongas tus moños y piénsalo, pendejo, que yo no te dejaré tranquilo hasta que aceptes. Y que conste que no lo hago porque me gustes mucho costal de anabólicos, sino porque quiero estar segura de que no me vas a meter en pedos, guey…

Epílogo.

 Dicen que las palabras se las lleva el viento, pero eso no es verdad. Lo que en realidad sucede es que las palabras flotan con dificultad en el aire, yo las impulso para que lleguen a sus destinos. Algunas alcanzan la orilla sin dificultad, pero otras se desvanecen y no dejan huella. Recuerdo miles de frases, algunas se han repetido miles de veces, han sido pronunciadas con diferente entonación y con originales estructuras sintácticas. En el caso de Araceli, por ejemplo, las frases:
 “Tú sólo me usas como si fuera una muñeca inflable”. “Te odio y el día que te mueras te voy a enterrar boca abajo, maldito”. “Debí denunciarte a la policía para que te pudrieras en la cárcel”. “Es la última vez que me tocas, cabrón”. Fueron repetidas a menudo. Por su parte, Mario pronunció mucho las siguientes:
 “Si hubiera sabido que por tu pinche culo se me iba a estropear la vida, me habría hecho una puta chaqueta”. “Ahora, aprenderás maldita puta, hija de la chingada”.

El caso es que fui testigo de la tortuosa relación de estas dos personas. Mario obligó a Araceli a que se acostara con otros hombres y la golpeaba. Araceli lo odiaba por esa razón y un día se las ingenió para que se repitiera el suceso que la había unido al instructor de aeróbica. Contrató a un tipo astuto, citó con engaños a Mario y lo estrangularon entre los dos. Le pusieron una pastilla halls en la boca y esperaron que llegara el inspector de policía para hacer sus declaraciones. Las últimas palabras de Mario, por extraño que parezca, fueron las siguientes:

 “Ya no respiro, no siento mi cuerpo, ya no puedo pensar… está oscureciendo…” Pero, desaparecieron muy rápido, ya que más que pronunciarlas, las pensó.

viernes, 8 de julio de 2016

Juanola (Confesiones de un cambio de nombre)

Uno, a veces, se pregunta a sí mismo si ha vivido correctamente o si ha tomado un camino equivocado. Creo que yo elegí la ruta correcta, aunque tuviera una edad muy corta para tomar la decisión, pues cuando sólo tenía tres años, les dije a mis padres que era hermafrodita, bueno, no exactamente así, más bien les dije que quería ser hombre y mujer a la vez. Claro que se sorprendieron y no supieron cómo actuar ante mí: mi padre se encerró más en su trabajo y mi madre les dedicó más tiempo a las faenas de la casa. Mi hermano mellizo tampoco entendía mi deseo y siempre me preguntaba: ¿Por qué quieres ser las dos cosas a la vez? ¿Para qué te serviría ser mamá y papá a la vez?

 Nadie entendía lo que yo quería, pero no me desanimé y seguí insistiendo cada vez más en que se me hiciera justicia. Lo primero que exigí fue que me pusieran un nombre masculino y otro femenino, yo mismo propuse los de Juan y Dolores, luego les pedí que unos días me vistieran de niña y otros de niño y por último que en las vacaciones me llevaran con la tía Mercedes que tenía dos niñas hermosísimas de mi edad, eran mis primas Laura y Raquel, y que además, en las fiestas de Navidad y Año Nuevo me dejaran ser yo mismo.

 Así comenzó mi desarrollo como persona. Ahora que recuerdo esos años tempranos de mi vida, creo que estaba empeñado en complacer los deseos de mis padres y quería, sobretodo, parecerme a ellos. Lo de ser hermafrodita era sólo una actitud de niño encariñado que quería complacer sus deseos y sentir el cariño de la familia. Con mi hermano siempre llevé relaciones de varón, para él siempre fui Juan y jugamos a las luchas, al fútbol y demás juegos en los que participábamos. Con mis dos primitas, Laura y Raquel, siempre fui la hermanita menor porque ellas eran unos años mayores.
Quien me quiso más fue Laura, éramos muy compatibles y nos entendíamos con una simple mirada. Con el tiempo Raquel se separó de nosotras por causa de los celos. A los quince años hice mi primera comunión y me presentaron en sociedad. Mi padre se negó por completo a asistir a la fiesta, mis familiares llegaron casi todos y me felicitaron de forma muy cordial, bueno, hablo de las mujeres de la familia, los hombres lo tomaron como un insulto, sin embargo, eso no impidió que me sintiera muy feliz.
Ya tenía mi acta de nacimiento con mis dos nombres y la especificación de que yo era de los dos sexos. Habíamos logrado, gracias a una asociación de defensa de los derechos humanos y una de minorías con orientación sexual diferente, que se pusiera en mi partida de nacimiento un circulito con la palabra hermafrodita. A los dieciocho años hice mi servicio militar y conseguí hasta una conmemoración al valor después de haber salvado a un compañero que había estado a punto de ahogarse. Luego trabajé en una oficina como secretaria para independizarme y sacar un poco de dinero. Terminé mi carrera y me hice enfermero, luego estudié para anestesiólogo y me casé.
 Nacieron mis hijos Anastasia y Jorge a los cuales eduqué lo mejor que pude, luego seguí progresando en un matrimonio feliz, la gente llegó a admirarme por mi capacidad de ser al mismo tiempo hombre y mujer, padre y madre, procreador y nodriza. Al final tuve a mis nietos y morí feliz sin reproches ni remordimientos.

 —¿Queda bien así la historia? —me pregunté a mí mismo—. ¡Fantástico! No podría ser más utópica tu ridícula e irónica vida contada en una carta póstuma, pero ¿crees que la gente la podrá entender? —No, no lo creo. Dirán: “Pobrecito hombre, tanto sufrió en vida que se volvió loco”. Eso es lo que dirán. Mejor contemos la verdad, a ver que dice la gente. ¿Empiezas tú o yo? —¡Va! ¡Da lo mismo quien lo haga! De todas formas, vamos a morir. —Está bien, comencemos y cuando se te olvide algún detalle yo te lo recordaré—. De acuerdo. Nací acompañado de un hermano mellizo, éramos completamente iguales y mi madre nos adoraba. A mi carnal le pusieron Raúl, que era el nombre de mi padre, y a mí Juan, que era el del abuelo. Crecimos y comenzamos a hablar, lo primero que dije fue que yo era nena. Mi madre se sorprendió muchísimo y me corrigió de inmediato: “Tú no eres una nena, Juanito, eres un nene”. Lo que no sabíamos ella, mi padre, mi hermano y yo, era que en mi inconsciente había pasado una cosa muy rara, algo que no les sucede a los niños de esa edad por falta de raciocinio. Era que yo la tenía larga, mi pájaro era un ganso. Veía la diferencia de la mía con la de mi hermano y decidí que yo no era un nene, sino otra cosa. A falta de un calificativo apropiado dije que yo era una nena porque la tenía enorme. Los adultos, alarmados por sus prejuicios morales y demás frustraciones, pusieron el grito en el cielo y comenzaron a convencerme de que yo era nene.

Mi obstinación, característica heredada del abuelo, me hizo tratar de imponer mi falsa opinión a toda costa; pero repito de nuevo, no era razonable, era más bien algo instintivo, algo salvaje y primitivo. Tuve la desgracia de recibir, al poco tiempo, la visita de un psicólogo que me mostró dos fotos de niños desnudos y alternándolas me preguntaba con cuál me identificaba más. “Mira, Juanito, ésta foto es de un nene, ¿tú eres nene?” —No, era la respuesta que le daba de inmediato. Entonces sacaba una foto de una niña y preguntaba: “¿Entonces eres una nena?” —Yo le decía de inmediato que yo era un neno, pero la letra “o” sonaba reducida, por algún defecto en mi pronunciación, y él lo interpretaba como la letra “a”. De esa forma, y después de repetir mil veces la pregunta, decidieron que yo quería ser mujer. Desconocían por completo que yo no sabía decir las palabras dotado, súper macho, vergetas u otra por el estilo, y la única forma de expresarlo era esa estúpida palabra n-e-n-o.

 Mi necedad trajo como consecuencia que mi padre se alejara cada vez más de mí y de mi madre. Tal vez, no podía soportar la idea de que tuviera un hijo con un instrumento que crecía sin descanso y, que el dueño de tan generoso falo, o sea yo, se empeñara en ser nena. A mí me daba mucha vergüenza que me vieran desnudo, supongo. Quizás fuera porque mi vara era tan enorme que se me atoraba entre las piernas cuando hacía determinados movimientos. Mi madre decidió que yo me sentía mal por ser hombre y que por eso escondía mi pene, pero no era así y ante la pregunta clásica de las madres del qué te pasa mi niño, yo escondía más el enorme trozo colgante. Empezaron a ponerme pantaloncitos y ropa muy incómoda, para mí lo más propio hubiera sido llevar batas griegas como Aristóteles o Sócrates porque no soportaba los calzoncillos. Hacía sufrir a mi madre negándome a vestirme con ropa de niño y una ocasión descubrí la forma de romper los shorts para que mi aparato estuviera menos presionado. Cuando mi padre me vio vestido con una especie de falda mal corta, o pesimamente diseñada, se enfadó, le gritó a mamá y se fue de la casa. No regresó jamás y nos mandó puntualmente el dinero suficiente para que no nos faltara comida.

 Mi madre tenía una amiga que era activista en un grupo de minorías y defendía los derechos de los niños. —¡Maldita la hora en que apreció esa bruja! ¿Te acuerdas lo que no hizo sufrir la desgraciada? —¡Cómo no!!Si es por su culpa que estamos aquí al borde del suicidio!!Maldita perra!!Ojalá se achicharre en el infierno! —¿Pero, por qué no cuentas lo que pasó? —Déjame recuperarme del berrinche y ahora sigo. Es que no tiene perdón la tal Lola esa. Mira que eso de convencer a mi madre de que yo quería ser niña y que por dicha razón me conducía así, fue lo peor que pudo haberme hecho en su perra vida. ¿Te acuerdas de que les llevó el caso a sus colegas y que todos decidieron apoyarme para que me cambiaran el nombre argumentando que yo era una niña con un enorme falo que no le había pedido a dios? —Claro que me acuerdo, si fue por eso que nos pusieron Dolores, lo peor es que ella se llamaba así. Hasta eso tuvimos que soportar. — Además, en el juicio hubo tantas confusiones con ese maldito nombre que al final la taquígrafa puso las palabras de esa bruja como si fueran mías y el resultado ya ves cuál fue. —Sí, lo he vivido contigo todo el tiempo. Primero, nos tuvimos que vestir de niña. Luego, fuimos objeto de todas las burlas en el colegio. Por último, tuvimos que resignarnos a la vida de mujer sin saber un bledo de cómo se hacía. Lo peor es que con tanto vivirlo y practicarlo durante años, se transformó en una convicción; un hábito del cual no nos pudimos liberar nunca. —Exacto, es por eso que cuando me llegó la adolescencia y el pájaro se me levantaba cuando estaba excitado me sentía fatal. Imagínate a un hombre entrando en la edad fértil en la que era capaz de aparearse con cualquier número de hembras y yo tenía que pintarme la cara, usar medias y oprimirme el sexo para que no se murieran de un infarto quienes lo notaran debajo del vestido o la falda. Fue la peor época de mi vida —¿Y qué hay de nuestras amigas? ¿Te acuerdas de Susana? —¡Cómo no me voy a acordar! Sí fue por ella que me violaron en una fiesta. —¿Te acuerdas que estábamos bien borrachas y que el Manolo estaba molestándonos? Le diste un bofetón que casi lo noqueas, pero eso sólo lo calentó más y luego nos la metió y estuvo fornicándonos media hora el hijo de puta—. Ya no me recuerdes esas cosas porque esa fue la razón de que después cometiera dos crímenes imperdonables: el primero, matar al Manolo y el segundo, castrarnos. Fue así que terminé siendo Lola la prostituta, la que complacía a los hombres por remordimiento y por poca paga porque era la más fea en el garito. Fue mi cruz, la soporté muchos años hasta que me llegó esta enfermedad incurable. —Pero, ya lo sabíamos, ¿te acuerdas que te lo dije? Fue en el burdel de Doña Marga, te lo dije sin tapujos: “Manita, aquí nos van a joder, viviremos jodidas y hasta que no salgamos con las patas por delante no dejarán de jodernos”. ¿Y fue así o no? —Sí, claro. Lo único que siempre me salvó fue tu compañía, tu comprensión y los ratos de tu buen humor que me alegraron los días grises.

Después me dejé dominar por el alcohol y el cigarro—. Bueno, pero amamos alguna vez, ¿no? —Claro, ¿recuerdas a Liliana? Tan hermosa tan dulce y tan comprensiva. Fue el paño de lágrimas que nos consoló en los momentos más duros de nuestra estancia en ese chiquero. Era moldava y tenía familia en Rumania, ¿la recuerdas? Con esas caderas tan redondas y su rostro de muñeca de piel cobriza y su pelo ondulado y castaño. Lo que más me gustaba era su olor cuando salía del baño, olía a eucalipto fresco, estaba tibia, vaporosa y dócil ¿y a ti? Ya, ya lo sé. A ti te volvía loco besarle la entrepierna. Al final, la amamos como hombres y hacíamos el amor con ella como mujeres. Éramos a la vez tres lesbianas y un trío formado por dos machos castrados y una mujer ardiente que nos provocaba el orgasmo a través de sus contorciones y gritos. Lástima que no teníamos ningún líquido que derramar porque la habitación, sucia y maloliente, se habría purificado con los jugos de la pasión más ardiente del mundo. Se habría convertido en un mar de leche, un baño seductor para Cleopatra, Nefertiti o Mesalina, ¡Qué más da quién lo viera, cualquiera hubiera sentido la necesidad de ahogarse en él! —Sí, tienes razón. El único motivo de mi existencia fue ella. La única diosa que me llevó al templo de Afrodita para que prostituyera mi cuerpo complaciéndola. Le di todas mis ganancias sin saber que eran para que se fugara. De cualquier forma, no la habría detenido, pero me dolió que no se despidiera. Que despertáramos tú y yo solos en la cama.

Ha pasado tanto tiempo, pero su imagen y sus muslos apretándonos siguen presentes en la memoria de nuestro cuerpo, la memoria de nuestros sentidos y sensaciones. Podría recordar más cosas buenas de mi existencia, pero ya no hay tiempo para sumirse en los recuerdos. No hace falta sacar de nuevo lo malo, ahora que esta magnífica imagen de Liliana viene desnuda a proporcionarnos el arma letal por la que falleceremos. Será ella quien nos ejecute. Nos pondrá el cañón de la pistola en la sien, apretará suavemente el gatillo, saldrá la bala y nuestro espíritu entrará al paraíso de los eunucos donde contaremos historias y oiremos la crónica del mundo desde que apareció el primer castrado. Adiós. !Bang!

lunes, 4 de julio de 2016

La improvisación.

Oyó el ruido de la muchedumbre, subió por las estrechas escaleras de seis peldaños y salió a un escenario. Se desconcertó porque no sabía que estaba en un teatro, miró a su alrededor y vio que la sala estaba llena. Había mujeres de todas las edades vestidas con hermosos vestidos y los hombres iban de traje, en su mayoría de color negro. Al verlo, el público guardó silencio y dirigió su mirada hacía él, cosa que desconcertó mucho a James porque de alguna forma esperaba aplausos o chiflidos. Por la presión que sentía por parte de la gente tuvo que avanzar con pasos lentos. 
En el piso había papel de china corrugado de color azul y unos cartones que semejaban olas hechas de papel maché. Caminó por el entarimado hacia el centro donde había un islote pequeño con dos palmas artificiales. James observó con atención y descubrió una silla cubierta por una manta que parecía, por el color, de tierra. 
Se sentó y miró a los espectadores, guardó silencio unos segundos y luego preguntó: “¿Qué es lo que esperan de mí? Díganmelo, por favor”. Los asistentes en lugar de responder, como esperaba James, guardaron silencio porque creyeron que la obra había empezado y miraron con más atención. “Yo no soy actor y no sé para qué me han traído aquí”—exclamó con nerviosismo—. El público no reaccionó en absoluto, hubo quien dejó de moverse y también quien se sumió un poco más en la butaca para estar más relajado y cómodo. James pensó que si estaba en escena tendría que improvisar, pero no sabía nada de actuación, por lo que decidió contar su propia vida.

“Nunca fui feliz en mi casa. Mi familia siempre me pareció formada por seres extraños a los cuales nunca les fié nada. Mi padre era bueno y siempre cumplió con sus responsabilidades, nos inculcó los principios morales y éticos para ser personas de provecho, pero los únicos que los adoptaron fueron mis hermanos porque yo siempre me caractericé por tener un espíritu rebelde e incorregible. Estudié en la Universidad y terminé la carrera de contaduría. Gracias a mi profesión encontré pronto un buen trabajo, me hice rico a costa de mis empleadores. Estafé a quién pude y nunca me detuve a pensar en las consecuencias de mis actos, ni siquiera cuando estaba consciente de que por mis decisiones encarcelarían a alguien o se decomisaría algún bien. Lo mismo caracterizó mi vida social, utilicé a la gente para conseguir mis fines. Engañé a mis amigos y nunca le confié ningún secreto a nadie, incluso a mi mujer. El tema del matrimonio es otra cosa porque no fue como en las películas ni en los cuentos de hadas. Conocí a Alice en una playa española, me habían contado que estaría allí con su padre, un empresario bastante influyente en el mercado de víveres. La vi con su bañador de color naranja y me pareció flacucha y con la piel demasiado pálida, desabrida, no era muy guapa y a leguas se notaba su origen judío. Eso, en general no me importó mucho porque sabía que en cuanto la conquistara y me casara con ella, su padre me confiaría el negocio, me convertiría en una pieza clave en el business y con el tiempo me convertiría en el dueño de una fortuna. De hecho, así fue como sucedieron las cosas. Dispuse de mucho dinero y tuve amantes, fueron mías las más hermosas mujeres. Un día supe que mi estimado y respetado suegro tenía una fuente de dinero que ocultaba con celo, pero era tan evidente que se dedicaba a negocios sucios que no pude evitar darme cuenta de su secreto. Se trataba de tráfico humano. Ya saben lo que es eso. Comerciaba explotando a gente del tercer mundo y tenía bares y burdeles”.

Hubo una pausa y James miró hacía la sala para ver la reacción de sus oyentes que ahora tenían una actitud completamente distinta. Vio que algunas de las personas de las últimas filas se habían retirado y que algunas salían a discreción. Quiso pedirles una explicación, secretamente añoraba con que se quedaran a escucharlo, pero la gente no volteaba cuando salía y él no se atrevía a detenerlos porque nunca había sucedido que en un teatro los actores hablaran con el público directamente. Tenía sed y volteó a ver si alguien estaba detrás del telón de fondo para pedirle agua, sin embargo, no vio a nadie y decidió seguir con su historia.

“Un buen día por la noche, no sé si sea correcto decirlo así, mi suegro murió. Se celebró el sepelio y mi vida siguió su ritmo normal. Descubrí las maquinaciones del padre de mi mujer y exploté aún más a las víctimas para perfeccionar el negocio. El dinero comenzó a llegar con prontitud y en grandes cantidades. Decidí aislar a mi mujer y conseguirme una amante. Me inventé viajes a países lejanos y comencé a buscar a mi querida en los sitios de Internet, no encontré nada que valiera la pena, pasé varias semanas en una casa que compré fuera del país. Un día decidí hacer un viaje a Europa y en Ucrania encontré a una mujer muy guapa. La conquisté y la hice mi amante, ella perfeccionó sus conocimientos de lenguas extranjeras y llegó a comunicarse conmigo casi como una nativa. Era muy guapa y no tenía límites su imaginación en la cama. No quisiera que esto tomara el rumbo de historia erótica, por eso me limitaré a decir que era fenomenal e incansable en el sexo”.

De nuevo la sensación seca de la garganta le recordó que necesitaba beber agua. Otra vez buscó, sin éxito, en el telón trasero, luego se decidió a pedirles a los espectadores que le dieran algo para refrescarse la garganta la garganta, pero nadie atendió su petición. Cuando miró la sala se dio cuenta de que en el anfiteatro no había nadie, en los palcos había sólo personas de aspecto magnánimo y la platea seguía llena, sin embargo, el patio se encontraba casi vacío y sólo en la primera fila se encontraban diez personas que lo miraban con atención. Se quedó inmóvil por un momento como si algo lo hubiera obligado a abstraerse. Era un pequeño olvido, quería recordar algo, pero no sabía qué era lo que debía evocar en su memoria exactamente. Se resignó a la espera y le dejó la tarea a su cerebro para que fuera él quien se ocupara de eso. Caminó por el escenario y descubrió que había un sendero marcado entre las olas de cartón y los montones de papel corrugado azul, pensó que debía ser una trayectoria que debía recorrer durante la interpretación de su papel. Comenzó a caminar y comprendió pronto que la ruta marcada era el signo de la letra omega. ¿Qué quería decir eso? —se preguntó a sí mismo y al público, pero el silencio prevaleció, ningún espectador habló y James levantó la vista hacia los reflectores para tratar de ver quién movía el chorro de luz que todo el tiempo lo seguía.

“Bueno —continuó—, al parecer tendré que encontrar yo mismo la respuesta. La letra omega se usa en muchos sitios y en varias disciplinas. En electricidad, por ejemplo, en física y bioquímica; es el símbolo de los relojes suizos y significa también el todo. Recordarán aquella frase que dice: “Yo soy el alfa y el omega”. O sea, el principio y el fin. Además, hay muchos villanos denominados con esa letra. ¿Es que acaso se me considera un criminal? ¿O se me relaciona con alguna ciencia exacta? Caballeros, denme una pista porque no tengo los medios suficientes ni siquiera para hacer una premisa. Tengo un público mudo, un escenario con un pequeño islote de cartón, este mar falso y esta vereda. ¿Serían tan amables de insinuarme algo, aunque sea una nimiedad? —no hubo respuesta y comenzó a andar con las manos asidas por la espalda, empezó a mirar alrededor y después volteó para ver de cerca a las personas de la primera fila que se le hacían muy conocidos. Entrecerró los ojos para evitar que la luz lo cegara y distinguió a un hombre—. Tú eres Slav, el psicópata que se encargaba de desaparecer a las personas que ya no nos servían en la organización o intentaban escapar. ¿Qué haces aquí? ¿A caso no estabas muerto? ¿Qué sucedió en el último encargo que te dimos? ¿No puedes contestar? ¡Ah! Seguro que es a mí a quien le toca contarlo, pues tú eres parte del público y en un teatro los actores viven en un mundo dentro del escenario y la gente está en el mundo normal no debe hablar porque se considera una violación a las normas. Sí, Slav, moriste de forma muy trágica, no fue rápida tu muerte, te atraparon, más bien, te raptaron unos hombres que estaban indignados por nuestros actos delictivos. 
No fue un ajuste de cuentas con nuestros enemigos, sino una venganza. Lo supimos cuando te encontramos, había una nota firmada por tu asesino con la foto de una chica polaca. En realidad, eras muy cruel, pero con todo y eso nos dio lástima verte así. 
Te habían torturado mucho, te golpearon y te rompieron los huesos con un tubo metálico, te dieron cientos de descargas eléctricas y luego te arrancaron algunas partes del cuerpo. No sé cuánto te odiaría quien lo hizo, pero se ensañó mucho contigo, la verdad. No quisimos entrometernos en el asunto, tu misión había terminado y decidimos no buscar a tu asesino. Eras realmente excepcional, fue muy difícil encontrarte un sustituto, pero lo logramos, no obstante, el negocio comenzó a empeorar y teníamos que andar con pies de plomo porque en cada operación nos pisaba los talones la policía. Al final, tuvimos que ir dejando secciones completas, los negocios en Europa se redujeron al máximo, nos centramos en otros continentes y tuvimos que ser muy flexibles para vender armas o drogas. Te moriste a buen tiempo, Slav, no te habría gustado ver cómo finalizó el negocio. He notado, Slav, que la gente aquí no dice ni pío, ¿lo has notado? Bueno, ya entendí que esto no es un teatro y el único que hace el ridículo hablando solo soy yo —trató de acercarse a las butacas de la primera fila y bajarse del escenario, pero no encontró la forma de bajarse y no se decidió a saltar. Pensó que, por la proximidad con las personas, que estaban inmóviles sentadas en silencio, podría verlas y distinguir quiénes eran, pero le sorprendió que no tuvieran rostro. Se espantó un poco y les dio la espalda. Al darse la vuelta de nuevo, notó que ya se encontraba casi solo en la sala. Slav se había ido y quedaban, a lo más, unas cinco personas en todo el teatro—. “Bien, creo que ha llegado el momento de confesar mis perversiones, las cosas crueles o de las que me arrepiento, pero como todo mundo se ha ido, seguro que es la hora del entreacto y tendré que seguir más tarde. Esperaré a que vuelva la gente para seguir con la historia. La verdad—pensó—, no tengo ningún remordimiento. No sé por dónde empezar. Tal vez, algunas personas consideren algunos vicios como malos o perjudiciales, pero para el fumador, por dar un ejemplo burdo, el consumo del tabaco es algo placentero, nocivo, tal vez, pero sólo para quien lo realiza, así que a los demás no les incumbe. Lo mismo pensará alguna persona que beba alcohol, aunque un briago sí afecta a los demás, lo mismo el ludópata, el cleptómano o el pirómano.
Mis aficiones ocultas eran la zoofilia y algunas más, no muy bien aceptadas por la sociedad, por eso sólo les diré que terminaban también en filia. ¿Cómo explicarle a los que me escucharán en breve que era algo muy personal? ¡Jamás lo practiqué! Ni siquiera obligué a alguien a que lo hiciera, pero esa condición de ver a las mujeres personificando a una perra, me producía excitación. Cuando se quiere ofender a una mujer se le dice así: “eres una perra”. Eso significa que es una mujer fácil con quien cualquiera puede fornicar, pero convertirla realmente en animal: en perra, yegua o burra es algo que realmente me produce placer. Para mí las mujeres siempre han sido sólo un instrumento para preservar la especie humana y nada más. En cuanto a su conducta en la sociedad y en el matrimonio considero que son seres nocivos que traen sólo desgracias. Es por eso que toda la vida he abusado de ellas, las he engañado y las he sometido a que realicen cosas que no desean, tanto en el aspecto sentimental como en el laboral. Obligué a muchas a engañar y traicionar a sus seres queridos. Todo lo hice gracias a mis recursos económicos que no son pocos y me permiten dominar a la sociedad, puedo influir en el mercado y de mí depende mucho la estabilidad del comercio. Eso es ser influyente, pero si se quiere ir más allá, el hombre debe buscar cosas que estimulen su imaginación y sus deseos, sólo de esa forma se logra llegar a tener un pedestal en la sociedad moderna. Se puede ser un psicópata rico y nadie dirá nada si un millonario comete pecados o realiza cosas inmorales. Nadie puede luchar contra el poder del dinero. Si vendes tabaco y te empiezan a criticar o meter demandas por provocarles el cáncer a tus clientes, puedes cambiar el giro de tu negocio e invertir en sectores de farmacéutica y todos te agradecerán infinitamente que empieces a combatir las enfermedades que habías provocado con los cigarrillos. Así es el juego en el que nos divertimos moviendo nosotros las piezas”.

James se inclinó y trató de ver su reloj para saber cuánto tiempo había pasado, pero no lo llevaba puesto y se desconcertó mucho. “No es posible que la gente se tarde tanto en volver de la pausa—murmuró—. Han pasado por lo menos unos treinta minutos desde que la sala se quedó completamente vacía y nadie ha vuelto. Bueno, ya vendrán. Lo mejor que podría hacer, ahora que no me ve nadie, es ir anotando en algún sitio los temas de los que hablaré en la segunda parte de esta absurda actuación—empezó a dar vueltas en busca de un bolígrafo y un papel, escudriñó hasta el último rincón y lo que encontró fue un lápiz muy pequeño con la punta larga pero achatada. Cogió un trozo de papel blanco que apareció en el piso y comenzó a hacer la lista de temas que planeaba tratar en su monólogo. Fue recordando uno por uno los sucesos más importantes de su vida. Los títulos de los libros que más lo habían impresionado, los viajes, las experiencias buenas y malas, y cuando ya tenía todo listo para empezar, volteó a ver si la gente ya estaba en la sala; pero esta vez no sólo no vio a la gente, sino que algunas partes del teatro habían desaparecido. “!Qué extraño es todo esto! No es posible que durante el pequeño momento de abstracción que he tenido se hayan llevado las butacas de aquí. No oí nada ni vi alma alguna rondando por la sala”.

James, muy enfadado, decidió abandonar el teatro y se salió a prisa del escenario, bajó las escaleras estrechas de los seis escalones y siguió por un corredor sin puertas a los lados, pues no había ningún camerino, la iluminación era muy mala y cuando vio el final del corredor comprendió que había llegado al otro extremo de la escena sin haber subido ningún escalón. Miró hacía la sala y saltó, no supo cuánto duró la caída, pero al tocar suelo se fue derecho a las puertas de entrada. No encontró ninguna, sólo estaba un muro descascarado y muy grueso. Estuvo buscando mucho tiempo alguna salida, golpeó con el puño buscando un sonido hueco o sordo, pero no tuvo éxito.

“¿Qué tipo de broma es esta? —gritó echando espuma por la boca. No escuchó ni siquiera el eco de su voz y cayó de rodillas—. ¿Cómo es posible que pueda suceder algo tan absurdo? ¿Con qué intención me han puesto en este lugar? —entre más preguntaba más sentía el peso de la soledad. De pronto, le llegó una idea a la cabeza y se preguntó a sí mismo si no estaría en el infierno —. No, no puede ser. La concepción del infierno es completamente otra. Se supone que debe haber un sufrimiento eterno, diablos y fantasmas. Fuego y terror, pero aquí no hay nada. No concuerda con nada de lo que conocemos como infierno. Sartre decía que el infierno son los demás, pero aquí no hay nadie. ¿Dónde está el Demonio? ¿Dónde están los jueces, Dios o San Pedro? ¿Con quién tengo que hablar? Por favor, que alguien venga a sacarme de aquí”.

Notó que nada pasaba en aquel lugar, no se oía un solo ruido, incluso los que el producía iban perdiendo fuerza, sin embargo, su voz propia era cada vez más fuerte. Empezó a recordar con detalles muchos sucesos de su vida y se preguntó si el mismo no sería su propio infierno.



martes, 28 de junio de 2016

Noticia inesperada.


“Se va usted a estudiar al extranjero”. Esa frase fue pronunciada con admiración, de forma interrogativa, con envidia, con aprecio, con respeto e indiferencia; por todas las personas que la pronunciaron. Para Carolina era sólo una frase que le incumbía, aunque se la habían dicho primero a su madre y la última en entrarse había sido ella. “Te vas becada, hija, te me vas a Moscú”— con esas palabras la señora Elenita la recibió en cuanto Caro llegó. 
No supo cómo explicarse por qué había deseado con toda el alma, durante casi un año, que le dieran esa noticia, pero no esperaba que su reacción fuera diferente a la que pensaba que tendría porque, en lugar de satisfacción, sintió un escalofrío por todos los botones del vestido que la retorció como culebra. Su madre la abrazó y le dio mil besos mientras decía:

“Te lo dije mija, que te ibas a sacar esa beca por estudiosa”— Caro no quiso hacerle segunda y con actitud seca se sentó a la mesa para comer—. “¿Te pasa algo, Caro? Me sorprende mucho que después de que me hayas hecho pasar tantas noches en vela hablándome de tus proyectos, ahora no digas ni pío”. —No es nada mamá— le dijo como si sintiera un hueco en el corazón—, lo que pasa es que he tenido mucho trabajo hoy y quiero descansar.

Cuando estuvo a solas cobró conciencia de la cantidad de cosas que tendría que hacer antes de irse. Lo primero era dejarle un medio de sustento a su madre porque lo único que sabía hacer era lavar ajeno, servir en una casa como sirvienta o vender chácharas, después debía renunciar a su empleo y darse de baja en la universidad, luego decirle a Andrei que se iba por tiempo indefinido y que tendrían que cortar su relación por el bien de los dos. También, estaba el futuro, ese espacio indeterminado que nos prepara decepciones y sorpresas que nunca podemos adivinar. Sin embargo, está vez Carolina sí sintió el porvenir, pero éste fue tan contundente que ella no entendió su mensaje. Aplicó la intuición, pero las actividades inmediatas le impidieron descubrir algo.
Pasaron los días y llegó el momento de la partida. Se despidió de su madre y le pidió que se mantuviera en contacto con ella para cualquier cosa que surgiera. “No te apures mija, todo estará bien. Sólo me gustaría que supieras una cosa…”

Lo que le dijo su madre derrumbó todas las imágenes del pasado y había que reconstruir y reparar, de forma urgente, la vida desde otra perspectiva. “El ingeniero López a quien conoces como tu padre y que después del divorcio no se ha hecho cargo de ti, en realidad no es tu padre. Tu papá es un joven obrero que me embarazó hace muchos años, luego emigró al extranjero. No sé si sea coincidencia o una burla del destino, pero él está en Rusia, se llama Adalberto Godínez, búscalo”. La noticia la dejó desconcertada, frustrada y con un remordimiento enorme.

Hizo el interminable trayecto del viaje con una escala en Frankfurt y una espera de tres horas para poder salir del aeropuerto moscovita. Llegó a la residencia de la universidad y le dijeron que estaría en cuarentena mientras les hacían los exámenes médicos y los de conocimientos generales. Por las noches tenía sueños que no la dejaban descansar. Se había dado cuenta que detrás de los viajes está el lugar de destino, al que uno se dirige, pero además existen muchas circunstancias y características que hacen de ese trayecto algo único en la vida. Es por eso que recordamos todos nuestros viajes y les ponemos un denominativo. Para Carolina este viaje era de estudios y no se parecía a ningún otro por situación emocional en la que se encontraba. Su viaje era hacía su pasado, el pasado de su madre y el pasado de su verdadero padre, por el cual, comenzó a preguntar desde que llegó a la universidad. Un coterráneo le dio la noticia. “Sí, estudió aquí. Era de la facultad de agronomía. Terminó en el 90 y debe estar trabajando para alguna empresa mixta, en una multinacional”.

Caro quiso encontrarse con él en cuanto saliera a la ciudad, pero no sabía el idioma. Sus compañeros decidieron ayudarla, por eso, cuando se terminó la cuarentena salió, la llevaron a visitar la ciudad y luego le mostraron las oficinas de la empresa en la que se suponía debía estar el ingeniero Godínez. Cuando por fin se decidió a preguntar por su padre, le comunicaron que había renunciado hacías unos años y que nadie tenía referencias de él. Perdido el rastro, esperó a que las cosas se acomodaran solas y siguió su búsqueda un poco después.

El estudio de la lengua, los nuevos amigos y las visitas a la ciudad fueron formando un capitulo nuevo que, esta vez, se proveía de vivencias reales y no de las imágenes de las guías de turistas ni los medios de propaganda socialista. Veía a la gente, convivía con ella, probaba su comida y trataba de comprender su carácter y sus tradiciones. Pasaron tres meses y ya se sentía adaptada a su nueva situación. Llegó a su habitación el 23 de noviembre de 2003 y decidió que ya tendría tiempo de buscar a su verdadero padre, le escribiría miles de cartas a su madre y que estudiaría para ser una doctora de provecho. Se acostó y se durmió en seguida. Entrada la madrugada ya nadie la pudo despertar porque estaba calcinada. En la misma planta a un lado de su habitación hubo un incendio. Fallecieron muchos estudiantes porque no pudieron salvarse. Carolina no lo supo, murió asfixiada por el humo mientras imaginaba que su madre la recibía en compañía de su padre en el aeropuerto internacional de la ciudad de México y se quedaban juntos para siempre.


Dedicado a las víctimas del incendio en la R.U.D.N el 24 de noviembre de 2003. 

viernes, 24 de junio de 2016

El viaje más corto en distancia y más largo hacia la iniciación.

Un viaje—decía mi padre—es la oportunidad de descubrir nuevas cosas y aprender de ellas, pero también es una muy buena ocasión para descubrirte a ti mismo bajo diferentes circunstancias. Puedes leer todos los libros sobre aventuras y viajes y descubrirás que el mismo autor, en cada una sus obras, se descubre a sí mismo en diferentes condiciones y lugares. Podrías ver, si fuera posible viajar en el tiempo, que Homero se soñó como Ulises en alguna de sus travesías, que el mismo Dante, en su barca junto a Virgilio, concibió “La Divina comedia” un fin de semana que remaba por Venecia, que Robert Louis Stevenson, en algún viaje en barco, imaginó su isla del tesoro. La lista es interminable, pero creo que lo más importante es que tú mismo encuentres alguna revelación en tus viajes. Sea cual sea el lugar de destino, lo importante es descubrir quién eres realmente y si eres capaz de comprender lo que tienes frente a tus ojos.

Gracias a esos sabios consejos, mis viajes siempre resultaron muy interesantes y siempre pude aprender algo que, sin lugar a dudas, sirvió para formarme como persona de mundo. Ayer, durante una reunión de amigos, me preguntaron por el mejor viaje de mi vida. La pregunta era muy tonta porque cada viaje tiene algo especial y la valoración depende de lo que hayamos querido obtener de él en el momento en el que lo realizamos. Pensé un momento la respuesta, pero me quedé completamente bloqueado. La razón fue un recuerdo que se enlazó con otro y después ya no pude salir de mis meditaciones, así que me quedé callado sin decir nada.

Para que comprendan la causa de mi silencio, queridos amigos, les diré que hace mucho tiempo, yo tendría unos diez u once años, hice con mi familia un viaje al mar. Llegamos al hotel en el que siempre nos hospedábamos porque mi padre tenía una membresía y era un cliente distinguido. Como siempre, mis hermanos y yo nos fuimos a la piscina en cuanto llegamos. Nadamos y jugamos todo el día y a la mañana siguiente nos levantamos muy temprano, salimos a pasear y como mis padres seguían dormidos y teníamos que esperarlos para irnos a desayunar nos fuimos a matar el tiempo a una placita donde había un arenal y unos columpios. Cuando llegamos encontramos a una señora con su hija. La niña era muy bonita y estaba muy alegre, le pedía con mucha insistencia a su madre que la impulsara cada vez más fuerte. La señora la empujaba moderando sus fuerzas para que la niña no saliera volando. Me llamó mucho la atención que la señora estuviera vestida con una camiseta no muy larga y en lugar del bikini, que era lo que se acostumbraba en esa época, llevara unas bragas muy transparentes de color verde. Yo no podía separar la mirada de esa prenda que me resultaba muy atractiva, no podía entender por qué lo que se transparentaba del cuerpo de la señora llamaba tanto mi atención. Estuve mirándola media hora hasta que mi hermana menor vio a mamá y nos fuimos corriendo. Al cabo de una semana se terminaron las vacaciones y volvimos a la ciudad.

No fue hasta 1987, año en el que se sucedieron los mayores cambios de mi vida, cuando esas bragas transparentes volvieron para revelarme lo importante de las palabras de mi padre. Había terminado el servicio militar y estaba estudiando en un instituto técnico. La horrible experiencia, de una relación rota en la adolescencia, me había mantenido casto hasta los diecinueve años. La nostalgia añeja de ese amor irrecuperable me había privado de la posibilidad de tener novias y me había sumergido en el estudio obsesivo de la física y las matemáticas. Estudiaba con mucho afán, lo confieso, no porque me gustara mucho, sino porque era la única forma de olvidar mi frustración del primer amor. Por fortuna, apareció Araceli, una ex compañera de la secundaria que al crecer se había puesto muy guapa y estaba sin novio. Nos encontramos en una fiesta y la reconocí con gran dificultad. Llevaba el pelo suelto y no recogido como acostumbraba antes, además sus piernas de fideo se habían puesto rechonchas y estaban muy bien formadas. Era más abierta ahora y su gesto reacio de niña caprichosa se había transformado en sensual y pícaro. Me miró con sus ojos glaucos y no rechazó el beso que le di.

 Unos días después entramos en un hotelito y al desnudarse me ofreció el mejor viaje que jamás había tenido. Apareció la línea blanca de la carretera moviéndose como serpiente, los arbustos y cactus corriendo erectos por las ventanas del coche, el ronroneo del motor del escarabajo VW, el mar en su plenitud, las olas golpeándose en la arena y el viento silbando un cántico dedicado al astro rey. El aire tibio llenando a reventar mis pulmones. Después, al final del trayecto, estaban unas piernas blancas y el eco de la sonrisa de una niña, los movimientos de las caderas de una mujer con bragas verdes transparentes y las protuberancias mágicas que en cada impulso crecían más y más. Araceli estaba de pie frente a mí, me miraba con perversidad y encanto, se acariciaba el cuerpo y bailaba como ninfa o como si estuviera en un harem y era entonces cuando las cosas cobraban sentido. Abría las piernas y yo veía las comisuras de su bella sonrisa. Me acercaba y la besaba. Sus labios eran más grandes, más húmedos, la línea divisoria entre la tierra y el paraíso era un dulce túnel de felicidad. Recorrí de nuevo esos cuatrocientos kilómetros de espera que se me habían hecho eternos y en ese instante, ya consagrado, me convertía en el personaje de los más asombrosos viajes. Veía a Penélope tejiendo y llamando a Ulises, había un capitán en un submarino explorando las profundidades del océano. El espíritu del viajero se había despertado y sentía una gran liberación. Por fin me había convertido en viajero. 

jueves, 23 de junio de 2016

El supervisor retirado.


Siempre había tenido buena memoria y su capacidad de revivir con rapidez las imágenes del pasado, en el momento preciso, le había proporcionado las mejores coartadas para ocultar los actos aberrantes que había cometido hacía muchos años. Las últimas semanas había notado que los recuerdos empezaban a borrársele y que su primordial aptitud estaba siendo corroída por una enfermedad extraña. En una ocasión vio una película en la que el famoso detective Sherlock Holmes, ya viejo, trataba de escribir su último caso, pero notaba al igual que el protagonista del film que los recuerdos no aparecían; que estaban desperdigados y arrumbados en sitios en los que le era imposible recuperarlos. Por eso, había empezado a escribir en un cuadernito las cosas que casi había olvidado. ¡Eso es horrible! Lo peor que te puede pasar —se decía a sí mismo en los ratos de ocio en los que sus esfuerzos de memoria eran nulos—, es que se te olviden las cosas que tan a menudo, casi de forma inconsciente, has repetido a lo largo de los años y la gente te mire con insistencia tratando de descubrir si les has puesto atención o realmente te estás transformando en un vegetal.

Comenzó a llevar un diario en el que apuntaba las cosas que siempre había repetido sin dudar. Él era Alfonso López, tenía parientes lejanos alemanes, pero había perdido el apellido germano por circunstancias históricas. Había trabajado para una empresa extranjera como supervisor de control de calidad. Hablaba, aparte de su idioma natal, un poco de inglés, alemán y francés. Sus documentos se habían quemado en un incendio y le fue muy difícil recuperar algunos por diversas razones. Se había divorciado de su esposa alemana y con una española, su concubina, había tendido dos hijos a los que veía muy poco o casi nunca. Estaba jubilado y de vez en cuando viajaba a Berlín para ver a un amigo al que había liberado del yugo nazi. Tenía el hábito de pasear sólo y sentarse durante varias horas en un parque. Por lo regular, manifestaba su tolerancia a la prostitución, era muy progresista y las relaciones entre miembros del mismo sexo lo tenían sin cuidado. La tolerancia, amigos, les decía a todas las personas con las que conversaba, es la mejor prueba de que se ha madurado y alcanzado un grado humano superior.

Un día muy soleado, en el que se sentía radiante de felicidad, se sorprendió al verse rodeado de dos hombres de su edad. Eran viejos como él. Uno iba muy bien arreglado y tenía aspecto de empresario, llevaba un traje de color beige, zapatos muy caros y olía a lavanda. El otro anciano contrarrestaba mucho con su compañero y con él mismo, pues iba desaliñado, estaba muy arrugado y apestaba a ajo, cebolla y todo él era moho rancio. Además, estaba un poco gris de la piel y su sonrisa era muy desagradable por su tono gris verdoso. Les preguntó su nombre. 
Yo soy Alfonso, le dijo el primer viejo. —¡Qué casualidad! Yo me llamo igual, mire nada más qué coincidencia—contestó con gran asombro—. ¿Y usted? —le preguntó al otro, mirándolo con desagrado—. Yo soy Franz un ex agente del Servicio Secreto del Tercer Reich, pero me hice pasar por judío durante la capitulación y todos me dicen Alfonso. —¿Se está burlando de nosotros? —gritaron con gran enfado Alfonso y el hombre elegante—. No, en absoluto querido amigo, lo último que haría en esta vida, sería burlarme de ustedes. Por si no lo sabe—agregó señalando con el índice al otro anciano que permanecía con el cejo ceñido— de mi depende que usted y su amiguito Alfonso sigan con vida. Siempre he estado aquí para recordarles quienes son ustedes en realidad. Alfonso—continuó—, ese monigote que tiene al lado, no existe. Es una invención suya que ha creado para vivir tranquilamente en este país y yo soy el verdadero usted. Y…Mire, dejémonos de formalidades. Vamos a tutearnos porque no le veo ningún fin al tratarnos como si fuéramos unos extraños.
Alfonso se levantó con prisa, escupió con fuerza y cogiendo de la mano al hombre trajeado se fue. Durante su partida refunfuñó y soltó unos insultos que dejó, por varios minutos, flotando en el aire. Su compañero comenzó una interesante conversación y el desagradable Franz se fue quedando cada vez más lejos hasta que desapareció y dejó de perseguirlos. El problema fue que la agradable compañía de Alfonso se hizo cada vez más esporádica, en cambio Franz, aparecía en la cama, en la ducha, en el reflejo del espejo en el que Alfonso se peinaba. El colmo fue que se sentara con él en el inodoro y se metiera hasta en sus sueños.

Esto es insoportable. —¿No puedes dejar de meter tus narices en lo que no te importa? —le decía Alfonso a su inoportuno perseguidor mientras éste miraba de forma descarada al pobre Alfonso que ya empezaba a olvidar al otro, al fino, educado y atractivo viejo de traje color crema. —No sé qué es lo que persigues con tu acoso—le recriminó Alfonso al andrajoso—, pero sea lo que sea; no lograrás que confiese nunca lo que he negado por cinco décadas—. Ese es tu problema—respondió el hombre maloliente—a mí no me importa tu pasado, tengo libre la conciencia y todo te lo debo a ti, a tu gran ingenio. Es por eso que, después de tantos años vagabundeando en las sombras de tu mente he decidido asomarme un poco a la realidad para ver en qué estado se encuentra el mundo, después de tanto tiempo. No debes preocuparte. Jamás te obligaré a decir nada de lo que no quieras hablar. Ni siquiera te recordaré que fuiste un verdugo en los campos de concentración, ni que realmente disfrutaste de los martirios que realizaste en Polonia. —¿Para qué me hablas de esas cosas que he logrado reprimir durante tantos años? ¿A caso no hemos podido vivir en paz tú y yo después de habernos fugado? ¿Por qué no despareces de una vez y para siempre? —Lo siento, querido Franz, perdón, quería decir Alfonso— respondió con voz trémula el hombre hediondo—. Es que está despareciendo una parte de tu vida. La causa es la esclerosis que te está pelando el sistema nervioso, pronto olvidarás quién eres en realidad, es decir, recordarás que eres un impostor, cada vez te será más difícil meterte en el cuerpo de tu adorado Alfonso y te irás pareciendo más a mí. Primero, verás a un niño estudioso con uniforme de social demócrata, luego un joven atractivo activista del partido, luego un destacado general del ejército más poderoso del mundo y después no habrá vuelta atrás porque te quedarás incrustado en tu uniforme y tus lustrosas botas. Confesarás todo y la gente te lapidará en las calles. Serás juzgado por toda la sociedad y los pocos sobrevivientes que se acurden de ti te mirarán con odio, te escupirán en la cara por impostor y torturador. Tendrás suerte si no te llevan a juicio por los crímenes que cometiste contra la humanidad.


Esa fue una de las últimas veces que mantuvo una conversación con sus fantasmas del pasado. Después olvidó su nombre falso y comenzó a presentarse como Franz. Olvidó el inglés y el español y sólo se comunicaba en alemán. No podía comprender lo que había escrito en su diario y se le descompuso el carácter. Un día, se levantó de un salto de la cama y se puso un uniforme de color claro que tenía oculto en un baúl, le pintó cruces esvásticas de color rojo y salió a la calle con un fusil de madera amenazando a los transeúntes. Llamaron a la policía y se lo llevaron a un manicomio. Pasó el resto de sus días encerrado en una celda húmeda y oscura. Antes de dar su último suspiro vio a Alfonso quien le acarició la cabeza y se despidió de él con un beso en la frente antes de que decidiera colgarse con su cinturón de una de las vigas de su calabozo.

martes, 21 de junio de 2016

Crimen accidental


Ella, Angelina, olvidaba con facilidad las cosas, pero no porque fuera víctima de la esclerosis sino porque no le ponía atención a las ofensas o agresiones verbales de los demás, era su técnica para conservar la calma y poder enfrentar los problemas en la vida, pues había sufrido mucho en una ocasión y la mejor solución que encontró entonces, fue la de borrar con esfuerzo y persistencia cualquier vínculo que la sumergiera en sus dolorosos recuerdos. Para otras cosas, las que sí eran importantes como las fechas de cumpleaños o la información de su trabajo, si ponía atención y todo lo guardaba en su memoria como si llevara unos pesados muebles con sus cajoneras llenas de archivos y un tarjetero con las referencias en orden alfabético necesarias para ubicar cualquier información.

Un día fue con su jefe a negociar la compra de equipos especiales de limpieza de aguas residuales. —Es muy importante, Angelina, que pongas mucha atención en las palabras de este hombre y me traduzcas lo mejor posible lo que diga porque de eso dependerá que hagamos un gran negocio, ¿entiendes? —le comentó el jefe antes de salir de la oficina—. Además, si logras ver que tiene algún propósito oculto en sus mensajes, coméntamelo de inmediato, por favor.

Llegaron al sitio del encuentro, los recibió un hombre fornido, bastante moreno y no muy alto, con la cabeza afeitada y un traje bastante caro de color azul marino, se veía muy elegante pero su aspecto de obrero contrarrestaba con la calidad de su ropa. Se sentaron todos y pidieron algo ligero para desayunar. Habían decidido que con este cliente llegarían a un acuerdo no en una comida de negocios sino en un desayuno. Querían que la conversación fuera muy fluida, los acuerdos concretos y la duración breve. Así fue en realidad y la compra se llevó a cabo con éxito, firmaron algunos contratos y establecieron las fechas de entrega y las formas de pago.

Lo único malo fue que durante la conversación Angelina presintió que ya había hablado con una persona semejante. No se lo dijo al jefe porque no podía confirmar que conociera a ese individuo, pero la inquietud comenzó a atosigarla y causarle nauseas en el estómago. El acento del hombre aquel, que enfatizaba las ventajas de sus productos y garantizaba sus servicios como si en esta vida no hubiera nunca complicaciones, comenzó a surgir como una corriente de viento frío procedente de un pozo, localizado en su inconsciente, que rezumbaba en sus oídos. Algo se había despertado en ese profundo túnel del olvido y surgía poco a poco como un monstruo amorfo que estiraba sus deformadas extremidades y bostezaba expidiendo un olor pestilente.

 ¿Era peligroso? —se preguntaba a si misma con inquietud, pero no obtenía ninguna respuesta. Al volver a la oficina se fue a comer con su amiga Darya. Entre los golpeteos de las cucharas y tenedores con la loza Angelina le reveló sus temores a su confidente y, gracias a las persistentes preguntas de su íntima compañera, fue reconstruyendo un rompecabezas empolvado que se había quedado muy lejos en el tiempo. Las piezas iban reconstruyendo la imagen de un tipo muy astuto al que había conocido hacía veinte años. Claro que las diferencias eran muchas porque el embaucador del pasado era más delgado, llevaba un peinado de púas pegadas con gel y no tenía las enormes ojeras de ahora, pero las facciones y la voz eran exactamente iguales.

Se sorprendió mucho de que él no la reconociera y se concentró en los detalles de la conversación que había tenido por la mañana, repasó todas las miradas que le había dirigido el hombre y activó sus sentidos para saber si en algún cruce de sus ojos había habido un temblor de voz o se había manifestado la duda y el miedo con algún parpadeo, pero no encontró nada.
—Sí, Darya, creo que ya empiezo a recordarlo —le comentó a su compañera con una actitud ausente, luego no quiso revelar más detalles y se despidió de ella, al final de la jornada, con la promesa de contarle todo al día siguiente a su amiga.  

Por la noche tuvo una pesadilla. Soñó que estaba en una discoteca muy concurrida por los extranjeros en el casco antiguo de la ciudad. Vio que se le acercaba un joven bien vestido con una cerveza en la mano. Era poco atractivo y se veía un poco ridículo con los pelos pegados con gomina y su sonrisa de dientes de granos de maíz, pero su conversación le parecía interesante. Le empezó a contar que tenía una villa en España y que podrían viajar allí en cualquier momento si ella lo deseaba. Bebieron algo y bailaron abrazados. Después las escenas se hacían más lentas, las palabras se alargaban en el aire como si fuera enormes pompas de jabón. Sin darse cuenta se veía rodeada por un brazo fuerte y tenso. Sentía unos labios gruesos sobre los suyos y una gruesa lengua escudriñándole los dientes y las encías. Después estaba recostada, desnuda, libre de su vestido rosa y protegida sólo por unas medias de bordados sencillos y sin las bragas que desaparecieron dejándola sin ninguna prenda de castidad. Él, de pie, todavía vestido la veía con desprecio y comenzaba a golpearla con un fuete, Angelina sentía el ardor de los golpes, el latigazo en el sistema nervioso que debía hacerla saltar, pero no podía moverse, resistía el dolor con gran esfuerzo, sentía el cuerpo pesado y oía miles de insultos y maldiciones.
 El fuego la quemaba por dentro y ella permanecía paralizada. Luego amanecía, ella estaba deformada del cuerpo, sola, se vestía con lentitud porque su cuerpo apenas estaba recuperando el movimiento. Al salir le sorprendía que no fuera de su casa, sino de una habitación de hotel barato. Los huéspedes la miraban con curiosidad, eran prostitutas de la zona más pobre de la ciudad. Salía a la calle y lo que más la desconcertaba era que su cuerpo iba andando independiente de ella, apartado como si fuera una marioneta. Se paraba en una calle y subía a un taxi. Se despertó y buscó con desesperación los moretones en su cuerpo, su ropa rasgada y manchada de semen, pero no los tenía, estaba recostada en su cama y su camisón de seda era el de siempre.
Pasaron algunas semanas que sirvieron para reconfortar las heridas del pasado que se habían abierto de pronto. En una ocasión, cuando llegó a la oficina, el jefe le comunicó que tendría que ir a recoger unas facturas al despacho del nuevo socio. Ella aceptó y se fue a hablar un momento con sus empleados, tenía malos presentimientos. Por su cargo en el departamento de ventas debía dejar claro qué proyectos debían entregarse en los períodos más próximos, así que fue a ver a los subordinados y con papel en mano les dio las instrucciones necesarias para cumplir con el programa. Dio unas indicaciones muy extrañas y se fue.

Durante su trayecto se detuvo en una tienda de ropa interior, se compró unas medias con bordados muy llamativos. Se abrió los botones del vestido y se quitó el sujetador y las bragas, además se perfumó en exceso y se pintó con más sombra verde los párpados y los labios se le pusieron como tomates frescos.

 Él la recibió con gran gusto, pero como estaba un poco apurado, le indicó que se sentara en el sofá de su oficina. Ella le obedeció y al acomodarse en el incómodo mueble se subió el vestido hasta los muslos dejando al descubierto sus macizas piernas. Al volver le preguntó si quería tomar algo. No tardó su mirada curiosa en centrarse en las medias, la conversación se limitó a cosas habituales, pero en su actitud había pretensión y deseo, tanto ella como él actuaban como si quisieran estrecharse y tumbarse desnudos para hacer el amor. Angelina se le acercó y fingiendo distracción apoyó su mano en su entrepierna. Recibió una mirada de aprobación.
 ¿Tienes algo de beber? — le preguntó Angelina, con voz dócil, agitando la mano para disipar el aire caliente que le producía sofocación—. Él, muy animado respondió que tenía hielo, pero sólo bebía whisky, que si lo deseaba podía pedir un refresco. —No hace falta, tomaré uno en las rocas—contestó ella precisamente en el momento en que entró la secretaria para decir que se iba a comer. Bebieron y se desnudaron, él salió un momento al baño y cuando volvió fue directamente hacía ella para separarle las piernas. No encontró resistencia, sintió la carne tibia, la fricción de una piel fresca y lechosa, se sumergió hasta el fondo y comenzó a deleitarse con el cuerpo ardiente que lo aprisionaba con unas fuertes piernas de medias bordadas. 
El aire se llenó de gemidos, chasquidos y crujidos de las articulaciones. Le empezó a dar vueltas la cabeza y se hincó, luego ya no pudo sostenerse más y se recostó a un lado, respiraba con dificultad, sintió que le oprimían la garganta y gritó pidiendo ayuda, pero su voz salió como un fuerte soplido. La vio encima, con las piernas regordetas muy abiertas y la vagina rasurada, la vulva dejaba asomar una pulpa rosada. —¿Te acuerdas de mí? —le preguntó con los dientes apretados y con la actitud de alguien que habla con un niño travieso—. No, seguro que no te acuerdas, pero te voy a refrescar la memoria. Fue en un bar, me pusiste un somnífero en la bebida y luego me metiste a un hotel, me golpeaste, me dejaste destrozada por dentro, estéril y lo peor es que no podía recordar nada, se había borrado tu rostro de mi memoria y apareciste de nuevo, ¿para qué? Ahora, ha llegado la hora de la venganza. Te destruiré como tú lo hiciste conmigo, pero yo lo haré de forma más profesional. Lamentarás haber nacido ¡Hijo de perra! Ya no pudo oír más porque perdió el sentido y se ahogó en un profundo sueño.

 Unos meses más tarde el hombre perdió su empleo y tuvo que ir a varios tratamientos médicos para curarse de una grave enfermedad. No tuvo más deseo que el de poder olvidar que un día había abusado de una joven inexperta a la cual torturó y dejó infértil. Ahora, compartía con ella esa impotencia, su libido se había esfumado como el vapor. No sentía el más mínimo interés por las mujeres y vivió para siempre en el anonimato tratando de recordar si en realidad había abusado alguna vez de una joven. Su mente no encontraba indicios de ese crimen que se le imputaba. Día y noche repasaba su juventud, pero lo único que encontraba era su imagen de joven estudioso, tímido y reservado que con gran esfuerzo había logrado tener modestos dotes de orador. Entre las pocas mujeres que habían llenado su vida no había ninguna Angelina y los abusos a mujeres eran impensables, sin embargo, él seguía empecinado rebuscando, hasta en lo más ínfimo de su existencia, ese desgraciado encuentro durante el cual había violado y martirizado a una joven inocente en una habitación barata de hotel de paso.


martes, 14 de junio de 2016

El último recuerdo es el primero.

Ahora, después de setenta y cinco años, me asalta con persistencia aquel recuerdo.

Hace mucho frío y ya casi va a amanecer. Caminamos por una pequeña vereda en fila india. Primero va mi madre con mi hermana María de las Nieves, en brazos; luego mi hermano mayor Próspero; después mi hermano Juan y yo; detrás de mí camina Consuelo; y al final mi padre con un fusil a la espalda, arreando una mula con las pocas pertenencias que pudimos sacar de la casa antes de huir.

 —Tenemos que largarnos del pueblo ahora mismo —le dijo mi padre a mamá, quien de prisa cogió lo que tenía a mano y salimos sin pedir explicaciones—. Ya sabíamos que eso pasaría y esperábamos sólo ese momento en que nos quedaríamos sin tierras y a la buena de Dios. El poblado más cercano está a unos tres kilómetros y ya casi llegamos, ahí nos ayudarán mis tíos y pasado mañana ya estaremos en la capital. Abandonar el pueblo no es lo peor que nos podía haber sucedido porque, en realidad, el haber sobrevivido a la Revolución mexicana y al caciquismo ya es gran cosa. A pesar del frío y el peligro de las fieras voraces, serpientes y todo tipo de alimañas, me mantiene en pie la esperanza y los buenos recuerdos del pueblo. No sé si volveré alguna vez a ver a mis amigos, lo único que deseo es que no le pase nada a mi familia. Mi padre recibió un balazo en la espalda cerca de una vértebra.
 —Nada grave —dijo con naturalidad y no pusimos en marcha—. Tratamos de mirarlo de reojo y no perder el sonido de sus pies aplastando piedrecitas para saber en qué estado se encuentra. Tiene la cara rígida, el gesto torcido, se nota su odio ante la injusticia, está cansado, pero sigue firme con pisadas seguras. No es cobarde y, sabe bien, que si se hubiera enfrentado a sus enemigos ya estaríamos todos bajo tierra. —Las revoluciones son un mal necesario en la sociedad —nos repetía siempre que había cambios—, tal vez, sea para mejorar, aunque nosotros tengamos que quedarnos en la calle sin cobijo. ¡Aguanten! ¡Ya verán que nos irá mejor! Ya lo dice el dicho: “No hay mal que dure cien años...”

Así fue. Llegamos a la ciudad y mi padre sólo se pudo ofrecer de portero en un gran edificio en el que nos dieron un pequeño cuartito para que no anduviéramos como gatos callejeros. Mi madre no soportó mucho tiempo su enfermedad y la desgracia quiso que nos quedamos huérfanos. Todos los que estábamos en condiciones de trabajar lo hicimos y combinamos la secundaria con jornadas laborales muy duras. Mal que bien, terminamos nuestras carreras y pudimos independizarnos. Como mi padre era muy radical en sus decisiones me ordenó que me hiciera abogado, a mi hermano le impuso la medicina. Próspero se fue de la casa porque no soportó las imposiciones y la presión dictatorial en el seno familiar. No teníamos vocación para las carreras que nos habían asignado y fui el único que terminó los estudios gracias a un golpe de suerte, el cual en lugar de agraciarme me causó muchos problemas, pues conocí a una mujer diez años mayor que yo, me llevó a su casa y me dio tres hijos muy pronto. Mi situación económica mejoró considerablemente, pero mis relaciones conyugales fueron un infierno desde el primer año. Los celos, la violencia, los rencores de mi esposa y el exitoso trabajo que conseguí después, me obligaron a divorciarme.

Había conocido, en mi último año de estudios, a un importante abogado que me llevó a su despacho como pasante. Me enseñó todos los secretos de la jurisprudencia y luego me recomendó para el puesto de jefe del departamento jurídico en un banco importante. Mi vida dio un vertiginoso giro. Había cumplido treinta años y tenía a mi cargo toda una institución financiera. Me relacioné con la crema y nata de la sociedad, participé en la urbanización del país, vi el crecimiento del negocio inmobiliario y compartí con mis jefes la alegría de ver a mi país en plena expansión y desarrollo. Traté de regirme por la honestidad toda la vida, nunca olvidé que por la injusticia de los corruptos y poderosos había perdido mi casa en el pueblo, así que ayudé a quien pude y nunca le negué un mendrugo a quien me lo pidió. Le inculqué a todos mis hijos los principios de la ética, el patriotismo y la moral. Los formé a todos lo mejor que pude.


Nadie sabe nada de mis sentimientos y sólo ahora pienso revelar lo que se oculta detrás de mi imagen de abogado responsable, estricto e imparcial. Nunca pude mostrar mi debilidad ante nadie, fui muy criticado por exigir siempre el cumplimiento del deber. Hice muchos enemigos por culpa de mi obsesión por la justicia, pero no me arrepiento. No cedí ante las propuestas de un gobierno corrupto, ni ante la exigencia de ser abogado personal de un famoso delincuente. Estuve a punto de ser asesinado en varias ocasiones y sólo la suerte o Dios me salvaron. Amé a las mujeres con pasión. Tuve una concubina, una amante y me entregué a ellas en cuerpo y alma. Traté de cumplir con todas y amarlas, tal vez no fui el mejor amante ni el mejor hombre para ellas, pero cumplí y acepté mis derrotas a tiempo. Tuve que luchar contra las adversidades: mi renuncia al banco, mi artritis y la diabetes. Luché hasta el final sin tregua alguna, pero este largo camino mermó mi cuerpo, mas no mi espíritu. Vi desaparecer a muchos de mis amigos. 
Al final, me ha tocado a mí marcharme. Ahora sé para qué perduró ese recuerdo del día en que salí del pueblo. Vuelvo ahora a esa noche oscura y fría. 
Reaparece mi padre con sombrero de paja, envuelto en una manta fina que apenas lo calienta, aplasta los guijarros con sus gastadas botas. Mi madre va resignada oculta bajo un rebozo, con la piel de las mejillas color cobre y su pelo negrísimo, mis hermanos ya no tiemblan ni les cascabelean los dientes y sonríen al verme de nuevo. Me abrazan, reímos y lloramos al mismo tiempo, es por la felicidad del reencuentro.
 Hay un cántico nocturno de cigarras y algún gruñido aislado de los tejones y zarigüeyas para prevenirnos de que no los pisemos en nuestro trayecto. El olor del ocote y un comal nos alientan, el café hirviendo con aroma de canela nos reconforta como elixir de la vida. La canción de un viento suave nos sirve de aliciente y la satisfacción de haber vivido nos hincha el pecho de orgullo. Sólo hay miradas de esperanza expresadas con profundos ojos negros, sonrisas de blancos dientes y mi alma se llena de gozo. Sonrío de satisfacción, por haber disfrutado de todo lo que tuve. Empiezo a aligerarme y dejo este mundo para ir al encuentro de la paz.