LD
Cuentos y micro relatos
Escritura creativa
Días de cuento
martes, 7 de abril de 2015
Desamor
Quiero liberarme de la lacra, de esa escoria mental que me ha llenado la cabeza con estos recuerdos. Deseo terminar con estas ideas viciadas
y añejas, rascarme las costras abultadas de evocaciones e imágenes pardas, sin embargo sé que me quedaría una cicatriz inevitable, contundente. Mi camino por la mente es tedioso: las mismas imágenes, la misma mujer, el mismo rechazo dicho de mil formas; transformado, adulterado y amargo. No hay forma de salir del laberinto, tenía una vaga esperanza pero de tan acostumbrado que estoy, siento temor de perder lo que ha sido mi vida durante tantos años. Este sufrimiento se ha transformado en una necesidad, es mi vida misma. Ya no encuentro otro motivo para vivir más que esos recuerdos. La duda y el temor me asaltan cuando pienso en la pérdida de mi adicción, es como el hombre que sabe que puede dejar la bebida o el tabaco pero que prefiere morir a enfrentarse a una existencia vacía, sin causa, porque qué es una existencia sin el objeto del placer sea cual sea, bueno o malo.
También están allí todas esas chucherías que he guardado desde la adolescencia. La foto del grupo del último año de la secundaría, donde yo estoy parado junto a ella mirándola con devoción. Amarillenta y mil veces leída, la única carta que ella me envió posponiendo la decisión a mi propuesta. En una caja de madera, una diadema que se le perdió a Julieta cuando fuimos de excursión al planetario y yo la escondí furtivo, temeroso, culpable. Los dibujos a mano alzada que hice durante los cortos recreos en los que a la distancia delineé con lápiz
su hermoso cuerpo juvenil.
Mis poemas improvisados, guiados por la pasión incontrolable y nunca recibidos, y sus papelitos, sus notas y sus hojas trozadas con su letra gariboleada y grande con esos “No” rotundos, hirientes, casi mortales. No tengo ningún objeto que se relacione con la esperanza, ni uno solo que me produzca un poco de alegría y, no obstante, sigo con la ilusión de ese “Sí”, que nunca llegó.
Acumulado, en capas enormes, endurecido e imposible de quitar, está el nombre de Luis, su voz, su aspecto majadero y altivo, su imagen de triunfador, todo un rompecorazones. Su donjuanismo y su persistencia con Julieta, esa horrible barbita de chivo que tanto detesto y que para ella era como un llamado de seducción, como un signo del sátiro, del pervertido y lujurioso;
y ella, ella como diosa de la fertilidad deseosa de llenar su vientre con todo el deseo y pasión del hombre chivo, del cabrón, que no era otra cosa más que eso.
Por qué ante él, ella, se desmoronaba, enrojecía y perdía el control, por qué se mostraba tan perceptiva tan húmeda y deseosa, ¿y conmigo? Como un claustro, como un monasterio de estricto régimen que no dejaba entrar ni a Dios. ¿Quién era yo?, nada más que un pobre desdichado, enamoradizo, ilusionado y tonto. Por qué, por qué no luché. Bien podía haberla tomado con violencia, obligarla como se obliga a una mula retozona e indomable. También, podría haber actuado contra él, como un loco desaforado, incontrolable y demente. No me hubiera costado nada ahuyentarlo, echarlo para siempre como se debe espantar a una hiena, pero no lo hice y me condené, yo mismo me puse el cerco y lo hice mi prisión. Vi todas las desgracias detrás de una trinchera improvisada, ocasional. En cada momento decisivo me oculté tras un comulgatorio.
Ahora es tan tarde y aunque sé que ella estaría dispuesta para mí, sin reticencias, me estorba la costra, ese bulto de residuos acumulados, disecados, enraizados hasta lo más profundo. Cómo pude ir edificando este insalvable muro, no lo sé. Ni la fuga ni el cambio, ni el pasado ni el futuro, ni la unión ni la separación pueden ayudarme. Condenado a seguir así, seguiré encerrado en mi propio infierno, por haber rechazado la ayuda, la misericordia de otras que con benevolencia trataron de levantarme mientras yo seguía esclavo, víctima de aquel desprecio que en ese momento era mi única vida, mi única savia y redención.
Lo único que me queda es una existencia desvalida, perdida por la obsesión, un hombre frustrado por la necedad, ilusionado por el deseo de conseguir un poco de compasión y cariño. No queda más que una viuda infeliz, torturada eternamente, por las mentiras de su macho caprino.
lunes, 30 de marzo de 2015
TERCERO- último testamento. Novela de ciencia ficción
miércoles, 29 de octubre de 2014
La herencia. Primer capítulo
Ya está a la venta la novela "La herencia" en amazon.com.mx
En enero del 20 al 27 estará a precio de descuento, aprovéchalo.
“No hay otra nobleza que la de la virtud, el saber, el patriotismo y la caridad”
José María Teclo Morelos y Pavón
La herencia
(Novela de ficción)
Juan Cristóbal Espinosa H u d t l e r
I.
La encomienda
Al llegar a la oficina me encontré con la mirada compasiva de Yadira, la secretaria de Don Doroteo Martínez y mi compañera de trabajo, lo que me hizo suponer que el jefe estaba disgustado conmigo; ahora lo importante era saber la razón, pensé.
-Buenos días, Yadira, ¿A qué viene esa mirada de misericordia?- Ella, haciéndome una señal con el dedo apoyado en sus rubicundos y voluminosos labios me indicó que me callara y, agitando la mano, me señaló que siguiera de frente. Entonces me dirigí al despacho del Sr. Martínez para darle los buenos días. Estaba de muy mal humor y echaba humo por la nariz, la causa de lo primero me era desconocida, la segunda era por el cigarro que mantenía muy apretado entre sus opacos dientes mientras bufaba como un toro.
-¿Qué tal está?- le pregunté, aprovechando que tenía la mirada dirigida hacia unos documentos que leía con atención.
-¿Ya se enteró?- me inquirió, sin responder a mi saludo ni levantar la vista.
-¿De qué?- contesté fingiendo inocencia. Simulé que no me imaginaba en absoluto de lo que se trataba porque las últimas semanas había cometido errores garrafales en los trámites y gestiones de documentos oficiales o demandas. Como era lógico, el resultado era que ya le estaba colmando la paciencia a don Doroteo por los disgustos que le habían ocasionado los clientes, al quejarse de mi ineptitud para realizar cosas tan simples como las que se me encomendaban.
-Pues, ¿de qué va a ser? Otra vez metió la pata con los documentos de los Domínguez,- se levantó bruscamente, arrojó su cigarrillo a la papelera con extrema puntería y me cogió por las solapas del saco.- ¿Sabe cuánto dinero vamos a perder por sus tonterías?- me miró y soltó la cifra de quince mil pesos deletreándola con ironía.
-Lo siento de verdad, Señor Martínez, no sé qué me pasa. Eso nunca me había sucedido antes, es que… -No me dejó explicarle que me encontraba un poco turbado emocionalmente y que le había perdido el interés a la abogacía.
-Mire, le voy a dar la última oportunidad de que se reivindique conmigo, pero esto lo hago más por usted que por mí. Hay una gran herencia de muchos terrenos, casas y cuentas de banco que no se pueden cobrar porque el difunto, que en paz descanse, nunca se preocupó de poner los documentos en orden y, claro, ahora no se puede hacer nada. Mejor dicho,-aclaró mirándome con sus pequeños ojos penetrantes-, sí se puede hacer mucho, tanto, que quiero que se ocupe usted del asunto y hasta que no lo resuelva no quiero verlo por la oficina. Yadira le explicara lo que tiene que hacer, vaya y pregúntele por los detalles.-Me miró con los ojos a punto de explotar, sentí su aliento con olor a tabaco fino con aroma de vainilla y su insoportable bilis agria, así que me di la vuelta y fui a ver a Yadira.
Por un cortísimo instante pensé que había llegado el momento de tirar la toalla y echarlo todo por la borda y dedicarme a hacer lo que realmente me interesaba. Tal vez, me había llegado mi hora y lo mejor sería irme dejándole tirado todo el trabajo a don Doroteo y no volver, pero un pequeño chispazo de autoestima y amor propio me obligó a mostrar que tenía agallas. No iba a darme por vencido tan fácilmente, me prometí a mi mismo que esa sería la última tarea que cumpliría antes de renunciar con todas las de la ley. Traté de no dejarme llevar por los recuerdos de mi infancia pero la imagen imperiosa de mi padre apareció de nuevo diciéndome, cuando era un mocoso, que de grande sería abogado y que tenía que cumplir con los requerimientos de la ley para hacer justicia aunque tuviera que morirme en el intento. Sus palabras resonaron como platillos dentro de mi cabeza, retumbaron con crueldad y solo pude librarme de ellos en el momento en que llegué al escritorio de Yadira que levantó la mirada para darme una carpeta de color amarillo.
-Mira,-dijo con su hermoso acento habanero y su voz aguda-, aquí está toda la información. Por desgracia hay muy poca cosa, chico, y todo está patas arriba. Los documentos,- continuó diciendo, mirándome con sus enormes pestañas rizadas y acomodándose el incómodo sostén que contenía el fuerte empuje de su respiración ( dicho hábito era una forma automatizada que repetía varias veces durante el día, algunos clientes adoraban esos movimientos y tardaban más de lo habitual en saludarla o despedirse de ella cuando se aparecían sin motivo alguno por el bufete) -solo muestran.-continuó- el nombre del bisabuelo, el cual, por desgracia, no lleva el apellido de sus descendientes, aunque todos afirman que eso está relacionado con las peripecias que el rico hacendado tuvo que urdir para engañar a sus enemigos durante el paso del Porfiriato a La Revolución y de ésta a La Guerra Cristera, así que ármate de paciencia y empieza a buscar algunas pistas que te lleven al meollo del asunto y no te eche del trabajo el jefe. ¡Ah, perdona que no te lo haya dicho al principio!,-gritó de pronto-, pero es que con tantas prisas una tiene que hacer maravillas, mi amor, ya tú sabes, pues, que se trata de una gran herencia de muchas tierras, ganado y haciendas en Zacatecas y Aguascalientes. Mira y estudia los documentos, si no entiendes algo, llámame y ya te lo investigo, papito. -Le di las gracias a la mulata cubana con la esperanza de que esa no fuera la última vez que la trataba como colega, ella me mandó un beso soplando sobre sus dedos de forma muy sensual y fue cuando entendí por qué nuestro vecino, el señor Pedrito, la adoraba tanto.
Salí del edificio donde se encontraba nuestra oficina y bajé por la calle Cinco de Mayo hasta llegar a la cafetería donde se reunían los abogados para comentar los chismes del día. No sé si exista en otro lugar un sitio tan singular como la cafetería El Águila, que no tiene nada de peculiar, salvo que fue fundada a principios del siglo XX por un comerciante muy rico y poderoso. Con el paso de los años había perdido su opulencia para servir de punto de reunión de los letrados, jubilados y en función, que se daban cita todos los días, incluyendo los fines de semana, para acordar transacciones, decidir juicios, crear conspiraciones y hacer todo tipo de chanchullos para que los jueces en los juzgados decidiera las sentencias a su favor.
Un ser muy característico en este local era el licenciado Chepe, un hombre muy astuto, que se sabía las leyes al derecho y al revés, que usaba el pequeño comercio de café como oficina personal y no le importaba dar consultas a cualquiera que se lo pidiera a cambio de un café con leche o una sabrosa comida; todo dependía de lo complicado del caso que se le planteara. Don Chepe, ni siquiera era abogado pero de oídas habría podido presentar una tesis en cuestiones laborales, civiles o penales y defenderla, sin lugar a dudas, con mención honorífica. Era por eso que las personas que no tenían dinero para pagarse un abogado de renombre se dirigían a él y, en la mayoría de los casos, salían victoriosos de sus disputas legales gracias a la enorme sabiduría y experiencia del simpático anciano.
Entré y le pedí a una camarera baja y fortachona unos huevos fritos bañados con salsa picante, un café con leche y un bísquet, e inmediatamente me fui a sentar a la única mesa que quedaba libre y muy encajonada a un lado de la ventana. En cuanto me senté y levanté la vista para buscar a la mesera, la mujer ya estaba a mi lado, colocó frente a mí un enorme plato llano con los huevos y un platito con el bísquet.
Cualquiera habría pensado que el servicio
del establecimiento era el mejor del país, sin embargo el que me hubieran atendido tan rápido se debía, en primer lugar, a que a esa hora el menú estaba compuesto de tres combinaciones de platos y en la repisa que había a un lado de la cocina surgían las porciones de huevos como las flores en primavera, los preparaban con salsa,
fritos o con jamón,
así
que las camareras solo iban por lo que necesitaban y lo servían al instante.
La ceremonia del café, otro atractivo del establecimiento, iba acompañada de un chorro marrón oscuro vidrioso, semejante a una serpiente liquida de cristal, que dejaba caer la camarera desde lo más alto que le permitía su brazo levantado, el sonido del choque del café con la leche producía unas burbujas deliciosas y excitantes que se agrandaban vistas a través de los vasos, los cuales al semejarse a una lupa, dejaban, también, entre ver la liga aprisionadora en los muslos que cada encargada descubría al estirarse tanto, entonces era imposible comprender qué causaba más deseo, si el muslo regordete aprisionado o la ansiedad de ingerir cafeína lo antes posible. Le di las gracias a la complaciente camarera y se retiró.
En ese momento Don Chepe, quién estaba sentado a dos mesas de distancia debajo del enorme y elevado candil del salón, contaba una de sus famosas anécdotas que le había dado una envidiable popularidad. Había varios practicantes de derecho riéndose a sus costillas, pero en el momento en que el anciano comenzaba a remedar e interpretar las voces de los jueces y abogados que conocía, las cuales le salían casi idénticas, cerraban el pico para disfrutar más de lo cómico del espectáculo. Como me sabía al dedillo las historias de don Chepe decidí echarle una ojeada a los papeles que me habían dado en la oficina.
Al ver unas pocas cartas en manuscrito con mala caligrafía y las viejas copias de documentos oficiales que contenía desistí y me relajé. Oí las divertidas historias de don Chepe, solo para confirmar que el divertido octogenario bonachón gozaba aun de buena salud y sentido común. Don Chepe era muy bajito y llevaba una barba al estilo de Alonso Quijano que en su fino rostro de afilado perfil se tornaba en medieval caballeresco, a pesar de eso cuando se le veía paseando por la calle era muy fácil asociarlo con un gnomo travieso, dado su andar enérgico, rítmico y alegre. Así que escuché por enésima vez la historia del juez que no entendió a don chepe cuando le propuso, en broma, que resolviera un acertijo muy popular en los juzgados, pero que por desgracia, era desconocido por ese ilustre magistrado y el final fue trágico.
-Mire, señor juez,- decía don Chepe con un aire de majestuosidad imitándose a sí mismo- nuestro caso es como el del hombre al que le propusieron salvarse dando únicamente la respuesta correcta a un acertijo cuando fue apresado por una tribu africana. La situación era esta, escuche con atención.
Un explorador cayó en manos de unos aborígenes y para morir con honor se le ofrecieron dos posibilidades,
debía decir una frase que de ser cierta moriría envenenado y de ser mentira moriría en la hoguera,
sin embargo con la frase que dijo el hombre no pudieron condenarlo. ¿Sabe Ud. cuál fue, señoría?
-Don Chepe hizo una pausa para recibir las ovaciones de los presentes, al igual que lo había hecho entonces en aquel juzgado,- Todos disimulaban la risa,-susurró con voz chillona don Chepe, - mientras todo mundo reía por lo bajo, el juez con su actitud heló cualquier intento de burla o escándalo, puesto que estaba muy pensativo. Pasaron unos segundos y toda la gente notó que el juez, en realidad, estaba tratando de resolver el acertijo, con gran sorpresa lo miré,- decía don Chepe como si estuviera contando una historia de terror,- sin poder creer que tan alta autoridad se tomara la molestia de resolver una nimiedad conocida, incluso por los niños, entonces se me escapó la siguiente frase,-agregó aullando como un lobo-
“Vamos, hombre, ¿no se lo estará usted tomando en serio, verdad señor juez? Sí todos saben que…
No pudo terminar porque el juez dijo:
“Moriré envenenado”
-Por un instante, don Chepe sintió que había llegado demasiado lejos proponiéndole ese tonto acertijo al juez, y éste aprovechándose de la ocasión para sacar alguna sorpresa con su característico ingenio, había dado la respuesta incorrecta. No obstante, el temor de don Chepe era infundado porque el juez estaba hablando en serio, completamente convencido de que su respuesta era la correcta. Luego don Chepe, sin pensarlo explicó:
“Señoría, el explorador dijo que moriría en la hoguera y como para morir en la hoguera la frase tenía que ser falsa, no pudieron quemarlo; y para morir envenenado la frase tenía que ser verdad, por lo tanto también se salvó del envenenamiento.
No es posible que sea usted tan tonto
.”
De pronto, el juez advirtiendo que estaba quedando en ridículo, tomó lo primero que tenía a mano, que era un martillo de madera, y se lo lanzó a don Chepe, éste alcanzó a esquivarlo pero se cerró la sesión y después, como era de esperarse, don Chepe perdió el caso. A partir de ese día todos los que se lo encontraban por las salas de los juzgados, en la calle o la cafetería, en lugar de saludarlo, le decían:
“Don Chepe morirás de un martillazo, ¿eh?”
Después de disfrutar del divertido chascarrillo, recordé que ya llevaba casi dos años oyéndolo. Había seguido una línea rutinaria compuesta de los encargos que me daba don Doroteo, encuentros amorosos ocasionales con María, visitas a la facultad de derecho y tardes divertidas ambientadas con las bromas y chistes de abogados que tenían formada aquí su abadía del café El Águila. Me cuestioné nuevamente sobre mi futuro como abogado y no me causó el más mínimo sentimiento de alegría o satisfacción, por el contrario, experimenté el pesar de convertirme en un viejecillo fracasado pidiendo limosnas en un café divirtiendo como humorista a los miembros de la abogacía que eran mucho más sagaces que yo.
Me dieron ganas de irme en seguida, así que pagué la cuenta y me fui hacía el teléfono del local para llamar a María, con quien, unos días antes había quedado para ver una película que nos tenía en ascuas por la publicidad que se le había hecho y, además, porque aparecía en el papel principal Al Pacino, quién tenía según palabras de María, un parecido enorme conmigo. Yo siempre le decía que eran sus figuraciones y que de ser ciertas tendría que compararnos al revés, pues siendo tan famoso Al Pacino, lo normal era que me comparara a mí con él y no a la inversa, pero a ella eso no le importaba nada y seguía irritándome, llamándome Al.
A decir verdad, no éramos muy adictos a ver películas en una sala de cine con olor a palomitas rancias, violada a menudo, por los gritos, las risas, las malas críticas y comentarios soeces de los espectadores. Esta vez no teníamos más remedio que ir porque habían llevado a la pantalla la historia real de un hombre que se metió a robar un banco para hacerle a su amigo la operación de cambio de sexo. Sentíamos el morbo de verla y para satisfacer la curiosidad pensamos que valía la pena dejar nuestros prejuicios. Además habíamos leído una crítica de “
Tarde de perros”
en el suplemento semanal del periódico y creíamos que esa película sería muy reconocida en las premiaciones del Oscar en Hollywood cuando se celebrara dicho evento.
María era diez años mayor que yo y, a pesar de que en ocasiones tenía sus malos ratos, nos compaginábamos muy bien, además salíamos sin ningún compromiso moral o sentimental. Lo que más nos importaba era pasar un rato agradable con ella obteniendo cada uno la ansiada satisfacción y placer que nos podíamos proporcionar mutuamente. Estaba divorciada, no tenía hijos y trabajaba como secretaria en una oficina de venta de electrodomésticos, tenía mucho tiempo libre y le gustaba leer. Fue precisamente ese amor por los libros lo que nos había unido por casualidad porque un día fui a su oficina a entregar unas facturas y, mientras esperaba que me revisaran los documentos, entablé conversación con ella. Unos cinco minutos después ya habíamos hablado de Franz Kafka, Guy de Maupassant y Antón Chejov, habíamos hablado de literatura como si fuera una conversación sobre el estado del tiempo.
Luego supe que esos cuentistas eran sus escritores preferidos y decidí regalarle unos libros de otras historias cortas que consideré adecuadas para su temperamento práctico y realista.
Un día me llamó a la oficina para invitarme a comentar un libro que en especial le había gustado y quedamos de vernos en una cafetería muy popular de la zona rosa. Llegó muy ataviada con un pañuelo blanco con estampados de flores y un vestido rojo entallado que realzaba su esbeltez y lo largo de sus piernas. Llevaba el pelo recogido y el maquillaje modesto que la hacían semejarse a una bailadora de flamenco antes de su participación en el tablado. El libro que me comentó fue el de
los cuentos misóginos
de Patricia Hightsmith, luego tratamos el tema de
El Varón Domado
de Ester Vilar,
La Romana
de Alberto Moravia, después, por el calor de la conversación y alguna palabra erótica que nos hizo remitirnos a Xaviera Hollander, el aire y la luz se tornaron más íntimos y seductores, volaban sobre nuestras cabezas ideas que entibiaban la atmosfera impregnándola de deseo y algunos vecinos de las mesas contiguas comenzaban a sentirlo, fue por eso que decidimos que lo más prudente sería continuar la conversación en un sitio más íntimo, así que María me propuso que la acompañara a su casa.
Ella vivía en una habitación alquilada que era parte de una casa con un estrecho patio y un enorme zaguán rojo, no estaba lejos del centro, según María era una ganga porque el alquiler era ridículo y además, la dueña, una viejita muy modesta la tenía en gran estima y la consideraba su amiga o, tal vez, su propia hija.
Pasamos una noche romántica untándonos de pasión el uno al otro, con quejidos de placer y sudor consagrado, divirtiéndonos con juegos eróticos y risas pícaras. Dormimos unas cuantas horas y a la mañana siguiente, muy amodorrados. Salimos, ella para ir al trabajo y yo para la universidad.
En muchas ocasiones prefería mejor quedarme con María acostado en la cama que ir a escuchar las lecciones de derecho romano que nos impartían en la universidad profesores de segunda. Por desgracia, ese día era imposible proponérselo a María porque las obligaciones que teníamos nos lo impedían. Llevábamos dos años juntos y teníamos una amistad que nos satisfacía en todos nuestros deseos y necesidades, por eso la relación iba avante.
En realidad salíamos poco porque a mí me acomplejaba demasiado que me vieran con una mujer que me sacaba, sin tacones, diez centímetros de altura. María era muy bonita, tenía unas facciones que habrían envidiado las fotomodelos o las actrices de Hollywood, pero no fue tan agraciada en otros aspectos porque tenía más cintura que caderas y los hombros tan anchos como los de una nadadora olímpica alemana. A parte su voz, que era un poco masculina y en muchas ocasiones cuando nos escuchaban conversar nos tomaban por un par de amigos que se habían encontrado para tomar una cerveza y conversar en el bar. Ella era muy femenina en sus maneras, pero por las dimensiones de su cuerpo a algunos hombres les parecía que era un travesti cuando la miraban de espaldas, no obstante, era suficiente que alguien viera su fino rostro de adolescente tardío en el que la tersura servía de prohibición al paso del tiempo para que quedara prendado de su belleza para siempre.
viernes, 15 de agosto de 2014
Porqué no llegué a Berna
Cuando volví a mi casa tenía dos malos recuerdos, un pasaporte repuesto, una visa de entrada a la URSS y una postal de Leónidas Brezhnev besando a Erich Honecker, que se había olvidado en el bar de Berlín junto con algunas hojas arrugadas con dibujos a lápiz y carboncillo,
el demente hereje cubano.
Todo comenzó cuando
mis amigos suizos me invitaron
a pasar unas semanas con ellos en Berna, por eso cuando llegaron las vacaciones de verano me compré un billete de tren y me dispuse a hacer el recorrido de más de 2,500 km en un compartimiento para cuatro personas en un barato y no muy viejo tren soviético. Iba acompañado de una amiga rusa que había conocido en la fiesta del trigésimo aniversario de nuestra universidad y desde entonces manteníamos una relación cordial pero poco determinada porque cuando nos encontrábamos juntos hacíamos el amor como una pareja común y cuando nos acostábamos con otros pensábamos el uno en el otro y guardábamos cierta fidelidad sentimental, lo que nos mantenía como novios; pero sin atavíos o compromisos legales o morales que estorbaran los encuentros ocasionales con otras personas. A pesar de que yo conocía muchas jóvenes guapas, prefería mantenerme fiel a Vlada, quien por su parte no salía con nadie, o al menos trataba de no hacerlo, desde que me había conocido, así que se podría decir que teníamos la intención de unirnos en matrimonio si se daban las condiciones adecuadas en ese difícil sistema soviético que todo lo complicaba.
Salimos de Moscú de la estación de ferrocarriles del noroeste de la ciudad un viernes por la tarde. Al llegar al andén buscamos nuestro vagón y al encontrarlo nos dirigimos a nuestro cupé, nos instalamos en las literas inferiores y sentados en la incómoda cama tabla esperamos con alegría
pensando que viajaríamos solos. Sin embargo, quince minutos después tuve que cambiarle mi cama a una señora rubia mofletuda y rubicunda que nos pidió con una actitud bastante jacarandosa y labriega
que le permitiéramos dormir en la cama de abajo, puesto que le era muy incómodo estar subiendo y bajando de la litera superior para atender las exigencias de su marido, un hombre macizo, moreno y en exceso franco que no nos quitaba de encima su mirada moviendo sus dos canicas verdes atigradas y pícaras, retorciéndose sus largos bigotes y bufando como un toro por efecto del calor. No nos quedó otro remedio que cederles
la litera y marcharnos al vagón restaurante mientras nuestros compañeros de viaje se acomodaban a sus anchas en el estrecho compartimento.
En el bar pedimos unas cervezas y ensaladillas rusas auténticas con pan negro, después nos pusimos a revisar la ruta de nuestro viaje en un mapa que nos habían prestado unos compañeros de curso. Primero teníamos que llegar a Minsk, luego a Varsovia, después a Berlín, un poco más tarde a Baden y por último a Berna. Era la primera vez que viajábamos a Europa en tren y por eso no sabíamos que nos esperaban algunas sorpresas al traspasar
la cortina de hierro del socialismo rumbo al mundo “civilizado” occidental. La
primera eventualidad, fue un bofetón propinado por el
aroma mezclado de pollo asado, vodka, pepinos marinados y olores segregados por los cuerpos de nuestros compañeros de viaje que ya roncaban al unísono cuando entramos en la cabina dormitorio. Fue una mala noche y la mayor parte del tiempo la pasamos dando vueltas en la estrecha litera y saliendo a conversar en el angosto y concurrido pasillo del vagón.
La segunda calamidad, fue una larga espera que tuvimos que hacer en el taller de trenes en Varsovia porque, como nos enteramos allí, las carretillas de los vagones tenían otra medida y había que esperar varias horas hasta que se adaptaran todos los coches cambiándoles las carretillas para seguir el trayecto hacia Berlín. Por suerte, la pareja de campesinos nos había dejado en Minsk y ahora gozábamos Vlada y yo del espacio, comodidad, aíre limpio y discreción que necesitábamos para descansar a nuestras anchas. El silencio y la tranquilidad que nos rodeaban nos sumieron en un diálogo silencioso de miradas glaucas, luego, el roce de unos rizos castaños, la provocación de una sonrisa pícara y un tibio muslo al descubierto, después, el calor de su pecho y la impaciencia de mis labios. Pasamos de los abrazos y caricias a los gemidos y palabras cariñosas que parecían cada vez más ardientes, de pronto, una sacudida violenta del vagón nos indicó que nos poníamos en marcha. La peor sorpresa nos esperaba en Berlín.
Llegamos el domingo por la tarde a la capital democrática germana y teníamos que buscar un lugar para dormir porque a la mañana siguiente saldríamos a Baden. Unos jóvenes me habían recomendado una residencia estudiantil donde se podía alquilar, por unos cuantos marcos, una habitación sencilla. Subimos al metro con nuestras enormes maletas y nos dirigimos hacia la estación que me habían indicado. Vlada, que nunca había viajado al extranjero pero que iba muy ilusionada y sorprendida por ver un país socialista pero europeo, me seguía con rapidez y no perdía la ocasión para analizar y comparar con curiosidad las diferencias entre los alemanes democráticos que entraban al vagón y sus paisanos rusos. No fue muy difícil encontrar el albergue estudiantil porque no se encontraba muy lejos de la estación del metro. Solicité una habitación y saqué cien dólares para pagar por nuestra estancia que sería solo una noche. Me llevé un chasco enorme cuando la encargada me dijo que no se aceptaba ningún tipo de divisa que no fuera el marco democrático alemán. Me puse de muy mal humor y empecé a rabiar y decir una retahíla de sandeces y ofensas contra todos los que me rodeaban.
Que me pidieran en Moscú rublos y nadie cogiera otras divisas me parecía natural porque Rusia estaba lejísimos de la cultura económica occidental, pero se suponía que la RDA estaba en Europa junto a la Alemania Federal y debía, me parecía evidente, aceptar otro tipo de transacciones monetarias, o al menos debían ser más condescendientes con los turistas despistados. Fue inútil tratar de convencer a la administradora, solo llevaba unos cinco marcos en monedas y dos billetes del metro en el bolsillo y por más que le expliqué a la encargada en ruso, inglés y español mi situación, la mujer no cedió. También traté de encontrar a algún estudiante que me cambiara de forma clandestina los malditos billetes verdes, pero me dijeron que estaba penado ese tipo de operaciones, así que tuve que ir a buscar una casa de cambio. Le dejé mis documentos y el equipaje a Vlada y me salí corriendo en busca de los marcos.
Tomé el metro y bajé en la estación de Alexandrplatz
donde pasé casi dos horas dando vueltas sin encontrar un lugar donde pudiera cambiar el dinero porque todo estaba cerrado. Tenía un humor de los mil demonios y maldecía en voz alta a la odiosa burocracia de los países socialistas que tenían reglas tan claras de conducta para ellos mismos, pero por desgracia, resultaban crueles y absurdas para los extranjeros. Recordé lo que siempre me decían los policías en Moscú cuando me multaban por alguna infracción:
“Que no conozca las leyes no le exime de culpabilidad”
Muy decepcionado me disponía a volver al albergue para darle a Vlada la penosa noticia de que no había logrado resolver nada y que tendríamos que pasar la noche en blanco sentados a un lado de la portería del albergue o en una banquilla en algún parque cercano, pero oí unas palabras en español que me obligaron a detenerme en seco frente a un famoso mural callejero en el que dos presidentes se besaban.
Volteé para saber quien había hablado y vi a un hombre de aspecto ajado, su barba estaba descuidada, era muy moreno y canoso. Llevaba el pelo muy largo y desordenado. Tendría unos cuarenta años pero se veía muy cansado y maltratado, tenía aspecto de demente y me imaginé que la causa sería su forma de vida o algún desequilibrio mental. Me dijo que era de Santiago de Cuba y que había estudiado pintura y escultura en una academia de arte de Berlín. Le conté mi problema explicándole las peripecias que había hecho hasta aquel momento sin éxito alguno. Me miró con calma y me dijo que no me preocupara, que él me los cambiaba. Sorprendido y loco de alegría le extendí el billete de cien dólares. El santiaguero cogió el billete y acarició la calva y los labios firmes de Benjamín Franklin. Parecía que el presidente americano con su mirada firme reprobaba la actitud del desconfiado isleño quien por último, satisfecho de haber comprobado la autenticidad del billete, me dio unas monedas de aluminio y latón, dos billetes con el rostro de Clara Zetkin y tres con la cara de Goethe. Me guardé el dinero en el bolsillo y tratando de ser un poco generoso con mi salvador le sugerí que tomáramos algo en un bar.
-¿Por qué no nos tomamos una cerveza y me cuentas algo bueno de esta ciudad?- Le dije
rebosante de alegría.
-Conozco un bar cerca de aquí, no es muy caro y se come bien.- exclamó, dándose la vuelta para que lo siguiera.
El lugar era muy modesto, había carteles pegados por todos lados con leyendas y consignas comunistas escritas en ruso y una nube de humo le daba al lugar un aspecto de catacumba. Había una luz amarilla muy opaca y los camareros aparecían y desaparecían atravesando la espesa nube gris.
-Y ¿Cómo es que tú te llamas?- le pregunté, imitando el acento cubano, para ganarme su simpatía.
- Yeiskel, Yeisker- corrigió con acento más claro.-Luego, agregó,- Soy del boom de la Ye, o, i griega como la llaman oficialmente.
Sonreí y levanté mi cerveza para brindar. Él se tomó de un trago todo el tarro que le habían servido. Pidió una nueva ronda y empezó a hablar de pintura, música clásica, cine de autor, literatura prohibida, monumentos de la ciudad y finalmente de las mujeres y la teología. Entre tema y tema se bebía los tarros como si fueran de
agua. Comenzó a llamarme Yoan Carlos en lugar de Juan Carlos como le había dicho que me llamaba. Pensé que lo hacía como una forma de manifestarme su aprecio, por eso me reía cada vez que él pronunciaba muy alto y alargando mi nuevo nombre por el efecto del alcohol.
Después de una hora y media de mantener su monólogo acompañado de mis exclamaciones y gestos de aprobación dejó de hablar, bajó la mirada y permaneció un instante meditabundo. Luego, levantó la vista y al verme, o más bien dicho, al reconocerme
me dijo:
Yoan Carlo, hay una historia que te quiero contar. ¿Sabes quién era Lilith?-Inquirió, sonriendo de forma muy pícara.
-Sí, es la mujer de aquella historia judía sobre la primera esposa de Adán.- Contesté y él comenzó a reírse, se puso el índice sobre los labios, me dirigió una dura mirada con sus ojos desorbitados
y me prohibió interrumpirlo.
-Hace mucho tiempo, antes de la existencia del hombre, Dios creó a Eva para deleitarse con su belleza. Luego, tuvieron al que llamaron Adán, los tres vivieron felices hasta que el primogénito comenzó a reparar mucho la atención en las hermosas proporciones de su madre y Dios lo notó. Con su gran sabiduría, el todopoderoso se dirigió a Eva para comunicarle que crearía a otra mujer que sería diferente a ella y que tendría como objeto complacer las necesidades de su hijo. Eva se alegró mucho por la noticia. Entonces, Dios, creó a una mujer muy atractiva, pelirroja, de carnes firmes y carácter dócil y la llamó Lilith. Cuando Adán la vio se quedó mudo de alegría y empezó a embriagarse cada noche en los placeres que le brindaba su nueva compañera.
Yo no podía dar crédito a lo que estaba escuchando y me levanté para irme, no es que viera herida mi integridad cristiana, sino que aquello me parecía una blasfemia de locos, además mi sentido común me persuadía a retirarme antes de empezar a golpearle por sus blasfemias. Llamé al camarero y saqué unos marcos para liquidar la cuenta.
-¿Qué te pasa, chico? ¿Acaso estoy hiriendo tu sensibilidad? ¿Eres muy creyente?- Me inquirió cogiéndome del brazo, luego me balbuceo al oído,-Al menos quédate hasta el final de la historia, recuerda que te he hecho un favor.
No sabía qué hacer porque por un lado era cierto que estaba en deuda con él, pero por otro no tenía ninguna necesidad de soportar su impertinencia. Al final, me obligó a sentarme y, como no quería armar un borlote en tierra ajena, decidí escucharlo hasta el final y marcharme en cuanto terminara su ridícula historia.
-Bien, bien, así está mejor. ¿Puedo continuar?- dijo arrastrando las palabras por el efecto de los tarros bebidos como agua. Bajé la mirada y esperé pacientemente.
-¿En qué estaba? Ah, sí, en lo de Adán.- Se lamió los labios, se limpió con el dorso del brazo la espuma de sus bigotes, vi sus grasientas y largas uñas mal cuidadas y sentí repulsión. Pidió otro tarro de cerveza y continuó.
-Pues, a Adán le comenzó a gustar eso del sexo, pero por la práctica constante y su habitual postura del misionero las relaciones sexuales comenzaron a aburrirle. Como no tenía responsabilidades, más que las de honrar a su padre y, cómo no lo iba a honrar si le había dado tan hermosa mujer para satisfacción propia, no tenía falta alguna, era el hijo ideal. Sin embargo, un día se le metió una idea a Adán en la cabeza, (He de recordarte antes de seguir, que Adán era inocente y no sabía de la perversión y del mal que gobernaría muchos siglos después nuestro hermoso planeta)-Masculló y luego siguió- y quiso experimentarla. En el momento en que se durmió Lilith, Adán trató de penetrarla dormida para derramar las últimas ansias que se le habían quedado frustradas y experimentar una nueva posición, entonces ocurrió que se equivocó de entrada y se la metió a su pareja por donde no debía.
En ese momento ya estaba decidido a marcharme, pero el efecto del alcohol y el humo del tugurio me habían mermado el cuerpo y no me mantenía muy bien en equilibrio. Me volví a sentar sometido por la presión de sus dos manazas negras. Pensé que si el mulato era ateo y no tenía dios, entonces lo que decía tenía que resultar absurdo y sus palabras eran necedades, sin embargo me sentía muy enfadado con él y la conciencia, cada vez con más fuerza, me incitaba a los golpes.
-No te preocupes, que ya voy a terminar.-dijo con su cara desfigurada por el alcohol y, seguramente, por la maldad y enajenación que lo habían hecho perder la razón con tantas historias locas.
-Lilith no sospechaba nada de las prácticas secretas de Adán y seguía siendo buena esposa, no obstante, un día Adán, habituado a su costumbre de penetrar a su esposa cuando estaba profundamente dormida, no se cercioró de que Lilith se había despertado y cuando Adán la
arremetió dominado por el deseo, Lilith pegó un grito furioso, se levantó de un salto y se fue directamente a ver a Dios para quejarse de la mala conducta de su hijo. Se armó una trifulca en la que Eva defendió a su primogénito sobre todas las cosas, Adán reconoció su culpa y prometió no volver a lastimar la integridad de su mujer.
Dios se complació con el arrepentimiento de su hijo y le ordenó a Lilith que regresara a su casa con su marido. Lilith aceptó volver a su casa con su cónyuge
pero las embestidas nocturnas de Adán, que ya era víctima del pecado, se repitieron varias ocasiones, eso no le gustó nada a Lilith y abandonó a Adán, yéndose a vivir al océano con los demonios. Luego, Dios quiso convencerla de volver pero ella prefirió quedarse sola a la orilla del mar que seguir soportando los abusos de su marido. Dios volvió al lado de Eva para comunicarle los acontecimientos pero al llegar la vio fornicando con su propio hijo y los echó de su reino, los condenó al pecado perpetuo. Esa, amigo, es toda la verdad, no lo que nos cuentan en la iglesia.
Iba a estrellarle el primer puñetazo en la cara cuando para mi sorpresa y la de todos los clientes que estaban en el bar Yeisker empezó a gritar:
“!Bluschande, bluschande, incesto, mezcla de sangre, asesinato del alma, muerte, asesino, asesino!
” -Estaba fuera de sí y temblaba como si efectuara una danza salvaje. De inmediato, unos alemanes fornidos salieron para apaciguar a punta de patadas y puñetazos al escandaloso briago que no paraba de maldecir.
Pagué la cuenta de la consumición y me fui en busca del ateo cubano que había quedado como santo Cristo después de la golpiza, pero no lo encontré, ni siquiera los rastros de su sangre habían quedado sobre el hormigón de la acera. Parecía que se lo había tragado la tierra.
Alcancé a subirme al último tren que iba en dirección a
Friedrichsfelde
donde se encontraba la residencia estudiantil. Cuando entré al edificio la encargada cogió los marcos que le di y me entregó una llave. Le pregunté por Vlada y me dijo que hacía dos horas que se había cambiado el turno y que cuando ella había llegado no vio a nadie que se pareciera a Vladislava. Me pareció normal que Vlada hubiera buscado la forma de convencer a la empleada anterior y hubiera encontrado, finalmente, un lugar para dormir, lo único malo era que yo no sabía en qué habitación estaba y no me iba a poner a gritar su nombre a lo largo de los corredores, ni mucho menos ir tocando de puerta en puerta hasta encontrarla. Por si las dudas, hice un recorrido por todas las plantas del edificio para cerciorarme de que no estuviera mi amiga esperándome sentada por algún rincón. No la encontré ni esa noche ni mucho después. Reporté su desaparición a la policía con ayuda de unos estudiantes latinos, llamé en varias ocasiones a mis amigos de Berna preguntándoles por el paradero de Vlada, pero nadie supo decirme nada. En la ciudad de San Petersburgo, dónde radicaba Vladislava, ninguna de sus amigas ni sus familiares pudieron darme razón de ella.
¡Dios! Ayúdame a sobrevivir en medio de este amor mortal.- Traducción del ruso.
lunes, 4 de agosto de 2014
Una llamada divina.
Si me preguntaran cuál es la característica que más me sorprende de los rusos de la era soviética, respondería a nombre del narrador y no del autor ni el personaje de esta historia, que es el fin idealista que les arrebata la decisión a los hombres y los obliga a hacer cosas que nadie haría jamás en su sano juicio.
Para ser más claro pondré el ejemplo de Slava, nombre corto de Viacheslav, que un día oyó la llamada de Dios y se fue a restaurar iglesias derruidas en el norte de Rusia. Como soy yo quien debe llevar la batuta en este embrollo y el encargado de contarlo, empezaré diciendo que Slav estaba casado y llevaba quince años de feliz matrimonio, su mujer era una trabajadora ejemplar, no faltaba al empleo y dedicaba su tiempo libre a inculcarle, con excelentes resultados, los buenos principios a sus hijos Alexei y Guenady, los cuales sacaban buenas notas en el colegio, practicaban deportes , asistían a círculos literarios, de actuación y baile, eran unos chicos muy responsables y respetuosos, y pronto serían unos universitarios destacados. Slava era ingeniero en construcción y, a diferencia de lo que yo y el autor pensábamos, no era adicto al alcohol como podrían corroborarlo las palabras pronunciadas en una fiesta de cumpleaños por el mismo Slava:
“No es necesario que me tome un litro de vodka para desearle a mi mejor amigo lo mejor del mundo”.-Sí, efectivamente eso dije ese día, en la fiesta de Boris, claro que era un sacrilegio no beber y fumar en compañía de los camaradas, pero es que a mí nunca me ha entrado el alcohol y odio el tabaco. A pesar de todo, mis compañeros lo entendieron, aunque estoy seguro de que mi actitud estropeó la relación con ellos. En fin, no lo pude evitar.
El autor cree que dicha actitud si influyó en la vida de Slava y que precisamente a partir de ese momento la vida del personaje cambió.
Pues, como decía, Slava estaba casado con Nastia, una mujer, desde mi punto de vista muy personal, hermosa, apasionada y con un carácter férreo forjado en los trabajos encomendados por el partido comunista que imponía la recolección de patatas en la temporada de cosecha, la limpieza de los barrios en cuanto llegaba la primavera, la realización de todo tipo de obras de mantenimiento y la participación en las marchas del uno y nueve de mayo. Él estaba enamorado de ella. Llevaba siempre el sueldo a casa y aprovechaba cualquier ocasión para salir al cine, al teatro u otro lugar con el fin de estrechar la relación con su amada y sensual mujer.
Según el autor el hombre soviético tenía una forma de vida muy sencilla y sin preocupaciones económicas porque el partido le proporcionaba todo al ciudadano, además nadie tenía que comprar viviendas ni coches porque el único requisito era apuntarse en la lista y esperar que el plan de construcción de pisos y la fabricación de automóviles siguieran hasta que la espera terminara cuando les llegaba su turno para obtener vivienda o transporte personal. Entonces se iban a vivir al nuevo sitio, se llevaban, según palabras de Slava, un gato para que espantara las malas vibraciones y encontrara el lugar más cómodo y adecuado para encontrar la armonía y la paz.
Sucedió que un día, Slav entró en una iglesia por encargo de su prima hermana para comprar unos pequeños iconos benditos que pondrían en el nuevo coche que había recibido la familia Stepanov. Al entrar en el ortodoxo aposento sagrado, sintió un pequeño escalofrió provocado por el presentimiento de que algo importante pasaría, fue como si ese lugar le hubiera estado esperando por mucho tiempo y él hubiera llegado finalmente para cumplir una gran misión. Por palabras del autor, sabremos que el suceso es real, aunque un poco exagerado en la descripción, puesto que el creador de esta historia es un hombre perteneciente a una secta religiosa americana y, Slav y yo, pensamos que se ha enaltecido ese momento de la concepción del objetivo religioso al que estaba destinado. Quizás un poco más tarde se vio que realmente era muy significativo para Vladislav, pero exactamente en el momento de la misa en la iglesia ortodoxa no sintió gran cosa.
“Recuerdo que realmente fue en el jardín de la iglesia donde sentí ese deseo de colaborar religiosamente, además ya he comentado que fue el sacerdote Iván quien me convenció de integrarme a un grupo de restauradores para mejorar el estado de algunos templos desperdigados por nuestro gran país y que se encontraban abandonados o en condiciones paupérrimas."
Como muchos hombres rusos, Slava era un manitas muy capaz. Tenía facilidad para el bricolaje, por su origen, ya que su padre había sido obrero calificado, y podía entender el funcionamiento de muchos aparatos y componerlos o adaptarlos para hacer otras tareas con ellos.
La primera vez que se lo comentó a su esposa, Vlad lo dijo como si se dispusiera a hacer un pequeño viaje de esparcimiento a la casa de campo, fue por eso que Nastia no dijo nada al escucharlo y asintió balanceando la cabeza. Uno de nosotros tres, que no es el personaje de nuestra historia, dice que Nastia, sospechaba de lo que ocasionaría esa salida de su marido y que por eso fue el broncón que la mujer, poco afecta a los principios religiosos, armó esa noche durante la cena. Desconozco realmente las condiciones bajo las cuales vivía Slava con su esposa, pero estuve unos años en la URSS y pude darme cuenta del tipo de relaciones que había en ese tiempo en las familias soviéticas y puedo asegurar que Nastia lo tomó como algo habitual y sin importancia.
El caso es que Slava se fue a Suzdal a asistir a un pequeño curso de restauración y hacer sus primeras prácticas. Al ver los especialistas que Slava tenía mucha capacidad para pintar le propusieron trabajar en la restauración en todas las áreas posibles. Su primer destino fue la ciudad de Tula donde estuvo restaurando por tres meses el interior de la iglesia los mártires Frol y Lavr, en donde cumplió con la tarea de resanador de la fachada y luego de las cúpulas de la bóveda central.
“El trabajo era en realidad muy arduo y comía poco pero sentí satisfacción de poder colaborar en el restablecimiento de edificios tan bonitos, era muy placentero compararlos, después de restaurados, con la imagen guardada inconscientemente en la memoria o una fotografía del lugar derruido con el reparado”.
El autor, que debería dejar que la historia se desarrollara por sí misma, me obliga a comentar que este arduo trabajo iba santificando el alma de Slava, que al poder tener contacto con la casa de Dios, se fue ennobleciendo para realizar una gran tarea. A pesar de que no puedo negarme a cumplir con la misión que se me ha encomendado, tendré que comentar algunas cosas con las que no estoy de acuerdo con el autor,
El mismo Slava lo dijo posteriormente y se rectificó a sí mismo el autor, después:
“Al principio era solamente el trabajo lo que me llamaba la atención, no gozaba de un sueldo pero el alojamiento y la comida estaban asegurados y esa era la causa de mi despreocupación, sin embargo un día sentí algo muy poco habitual. De pronto, el peso que había llevado sobre la espalda se desvaneció, en ese momento me di cuenta de que Iván me miraba con mucha curiosidad, se acercó a mí y me preguntó:
-¿Te pasa algo, Slav?
-No, ¿por qué me lo preguntas?
-Es que tienes una mirada diferente, cómo decirte, más tranquila, noble; casi infantil.
-Será que he terminado de cubrir con yeso toda la fachada y, como no veía el final, ahora me siento como si hubiera cumplido una gran misión.
Está última frase le fue expresada al autor de la presente historia, pero siendo Iván religioso y el autor de este cuento también, la frase tomó otro matiz y cambió su significado.
Ahora mismo, como narrador me es imposible saber la verdad, puesto que el padre Iván, después de la conversación con Slava, desapareció y se le encontró un año después en Grecia pero ya había olvidado las palabras precisas que le transmitió al autor y por eso resulto que había que contraponer lo que decía Slava con lo que decía el autor.
Como el autor es imparcial desde este momento tendré que darle un aspecto religioso y fantástico a la historia y, en lugar de decir que Slav encontró su vocación a una edad apropiada pero en un tiempo poco factible para el desarrollo espiritual; que dejó a su familia en vísperas de la perestroika y la glasnost; que se negó a participar en las revueltas organizadas por los oponentes al partido comunista; que dejó morir de hambre a su familia y no movió un solo dedo para procurarles sustento, aun teniendo la posibilidad de hacerlo y ; que, finalmente, le importó un pimiento que su mujer tuviera que enfrentarse a la ola de violencia, corrupción y engaño del período de transición hacía la era de la globalización e incluso que tuvo un amante vividor y chantajista. Además, no seré muy especifico en la descripción de los sentimientos de los hijos que llegaron a odiar a su padre y no lo perdonaron el día que volvió, cuando ellos habían formado su familia y gozaban de riqueza y una posición social envidiable, para decirles que se quería quedar con ellos para cuidar a sus nietos y mostrarles el camino del bien. Por último, no tocaré en absoluto la forma real en que murió Vladislav y, por el contrario, describiré con un punto de vista muy tendencioso el momento en que, llegada su muerte, vio un arcángel que bajaba del cielo que lo aliviaba de todos sus sufrimientos y lo conducía suavemente por los aires para reunirse con los ángeles de la bóveda celeste, mientras veía, al alejarse de la tierra, los templos reconstruidos y las miradas de los santos de los íconos por él retocados que con un coro de voces divinas le acompañaban en su trayecto.
Entonces, he de empezar como lo hacen en las grandes historias:
Erase una vez un hombre que…
JCEH
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