La casa estaba vacía. Era muy extraño porque hacía mucho que no se notaba una tranquilidad tal. Por lo regular, el sonido de la máquina de escribir de mi padre casi nunca dejaba de emitir sus golpetazos secos acompañados por un murmullo bajo, lo que hacía que la orquestación de mi padre nos ambientara con su música hasta el último rincón. Además, mi madre con su molcajete, licuadora, lavadora y extractora de jugos colaboraba con ese constante barullo que solo se apaciguaba por la noche para dejarle su sitio a los ronquidos de papá y el abuelo.
Mi hermano también hacía de las suyas con sus constantes
ensayos. Hacía ejercicios con la guitarra, luego interpretaba las canciones que
se sabía y, al final, se aprendía nuevas composiciones que después tocaba en un
café con su amigo Pepe. Me acostumbré a estudiar y concentrarme en la lectura
en ese mar de sonidos que como pescaditos saltaban por todos lados.
Cuando nos íbamos de vacaciones la casa se quedaba en modo
silencioso porque el único que mantenía esa responsabilidad de llenar la casa
con ruidos era el frigorífico. Solo una vez se nos descompuso y lo cambiamos
por uno que era más prudente y se cimbraba un poco cada cuatro o cinco horas.
Hacía tres semanas que mi padre nos había llevado a hacer
ejercicio al bosque. Tenía un grupo de amigos que nos acompañaban a hacer la
calistenia del sábado. Iban Abel y su esposa, Margarita una secretaria del
banco, Araceli abogada y su secretaria Patricia. Esta última había ido por
primera vez. Era muy bajita, pero con bastante atractivo. Hacía los ejercicios
sin mucho ánimo y hablaba demasiado. No dejaba de comentar cosas habituales del
trabajo o la sociedad.
Desde que la vi, me sentí atraído por ella, pero como
siempre he sido muy tímido con las mujeres atractivas me puse muy nervioso a su
lado. A ella le gustó mi timidez y se esforzó por causarme turbaciones. No se
apartaba de mí y me preguntaba cosas un poco delicadas como si tenía novia, que
tipo de mujeres me gustaba y si ya había experimentado algo inolvidable— lo
preguntó muy burdamente— con una mujer o gracias a la autoestimulación.
Para mí era dificilísimo contestar y más todavía, mantener
conversaciones con ella. Las tres semanas de constante martirio habían logrado
que rehuyera un poco a esa mujercita que no dejaba de acosarme. El caso es que
en su presencia me sentía agradablemente incómodo y en su ausencia
desagradablemente cómodo. En realidad, soñaba con ella. Tenía un atractivo
medio salvaje y era un objeto de deseo para muchos hombres, por ser la contradicción
funcional de la frigidez.
No sabía cómo resolver mi conflicto interior. La deseaba con
locura, pero cuando me la encontraba se me frustraba el cuerpo y se
escamoteaban las palabras. El caso es que la última vez que hicimos ejercicio
ella me abrazó y bajamos de la colina cogidos de la mano. Todo por iniciativa
de ella. La sensación era agridulce y muy dolorosa. Ella era suave y tibia al
tacto, pero dolorosa en su aroma. Seguramente la fertilidad que emanaba de su
sudoración me causaba dolor en el vientre, al grado de llegar con una inflamación
muy fuerte y se me descomponía el humor.
Volviendo al silencio de mi casa. Era viernes, no estaba
nadie. Se habían ido sin avisar. De pronto reconocí una canción. Era “You
are the sunshine of my life” de Stevie Wonder, el sonido salía muy leve de
mi habitación. Me acerqué con curiosidad y miedo, pensé que alguien se había
metido a nuestra vivienda, pero no parecía un ladrón porque ningún delincuente
se pondría a escuchar una melodía romántica. No teníamos muchos objetos de
valor. Subí las escaleras y vi la puerta de mi cuarto cerrada. La empujé con
cuidado y me llevé la sorpresa de mi vida.
Muchos años después, supe que mi padre se había puesto de
acuerdo con ella para que me iniciara en las artes del amor. Lo malo es que la
noticia me llegó demasiado tarde y ahora solo una pequeña sonrisa irónica del
destino me endulza el alma. Me encantaría poderle agradecerle a mi padre tolo
lo que hizo por mí.
